Cultura

ENTREVISTA AL ACTOR ALEXIS MUIÑOS WOODWARD

“Entiendo al teatro como un arma revolucionaria para conquistarle al poder económico su hegemonía”

Alexis Muiños Woodward nace en 1981 en Rosario, Argentina. Desde muy joven se acerca a la actuación. Actúa en varias obras en Rosario para luego volcarse a la música, la performance y las artes visuales. Más tarde retoma su interés por el teatro y escribe y dirige su primera obra, “Fuegos”. Luego escribe su segunda pieza teatral, “5to. Tarde”, que es dirigida por una reconocida directora local y aún sigue en cartel. Actualmente actúa en la obra “Desmonte” que es parte de la programación del Teatro Nacional Cervantes.

Miércoles 10 de mayo | 18:34

Hola Alexis. ¿Nos puedes contar algo de tu recorrido como actor en diferentes medios hasta llegar a “Desmonte” que ya podemos ver en el Teatro Nacional Cervantes?

De chico solía actuar solo en el living de mi casa, improvisaba situaciones y actuaba muchos personajes incluso de diferentes géneros. Me gustaba armar historias y generalmente eran bastante dramáticas, pero me resultaban muy divertidas de representar aunque claro que el público en ese momento no existía, era todo puro juego… Después, a los 15 años comencé a tomar clases de teatro y realicé varias muestras hasta que a los 24 actué en mi primera obra de teatro, “De nuevo la furia”. Seguido a eso actué en otra obra llamada “Fingido” con el mismo director de “Desmonte” pero hace diez años… Luego de esa obra me alejé un tiempo del teatro y exploré la performance, el canto y el video, escribía mis propias canciones, las grababa y las interpretaba en vivo en espacios nocturnos o artísticos. Incluso Bruce LaBruce llegó a compartir y recomendar dos de mis videoclips en sus redes sociales, lo cual fue muy excitante para mí porque es uno de mis cineastas favoritos. Participé de una muestra de arte muy importante en mi ciudad con una video-instalación bastante provocadora y radical que me valió muy buenas críticas pero, así y todo, no me terminaba de entusiasmar el medio de las artes visuales. Así que decidí volver al teatro como quien vuelve a un hogar que abandonó para irse de viaje por un tiempo, retornando a ese lugar que sentía me era mucho más propio. Fue entonces que decidí realizar un taller de dramaturgia y escribí y monté mi primera obra llamada “Fuegos”. Uno de los actores dejó la obra y opté por reemplazarlo yo mismo. Después una reconocida directora local (Romina Mazzadi) me ofreció la posibilidad de escribir un texto para su clínica de teatro y fue así que surgió mi segunda obra que aún sigue en cartel y se llama “5to. Tarde”. A partir de un reencuentro con Leonel Giacometto que es el director de “Desmonte” surgió la idea de sumar a otro actor (Juan Manuel Medina) para armar un nuevo espectáculo. Comenzamos a reunirnos semanalmente para improvisar y encontrar situaciones que puedan ir tramando una historia. Así se fue gestando esta obra que también se fue escribiendo más en los cuerpos y las actuaciones que en el papel ya que no hay un texto definitivo, aunque la historia si lo es.

Has combinado diferentes facetas de la creación como actor, director, dramaturgo… ¿Dónde te sientes más a gusto y que facetas te gustaría explorar más?

Todas tienen algo maravilloso, pero sin lugar a dudas la actuación es la más excitante ya que uno pone el cuerpo en escena y es un lugar de mucha exposición y responsabilidad. Se experimentan muchas emociones y no es algo tan mental como la dramaturgia y la dirección, sino más bien físico. Hay una transformación constante del cuerpo y la energía que se repite con cada nueva función. Es también más un trabajo de grupo, mientras que el procedimiento de la dramaturgia se vive en soledad y la dirección implica cierta distancia con los actores como para poder lograr ese lugar de autoridad que necesita imponer el director para llevar adelante un proyecto. Me interesa mucho seguir explorando en todas ellas, aunque al momento de actuar siento que lo ideal es ser observado y dirigido por un tercero ya que es muy difícil poder tener una mirada crítica y aguda para consigo mismo desde adentro de la propia escena. De todas maneras, me siento muy a gusto en cualquiera de esos roles y los disfruto mucho, aunque a veces cuando algo no sale como espero también me obsesiono y me angustio, pero es parte del proceso creativo sea cual fuere la actividad que uno desarrolla.

¿Cuándo preparáis una obra como “Desmonte”, con temática gay o no, sabéis más o menos el público que puede asistir a vuestras representaciones? Es decir ¿tenéis un público fiel? Háblanos de la compañía de la que formas parte y también de la complejidad de este espectáculo de dos actores.

La temática gay fue apareciendo sola con el correr de los encuentros y ensayos, pero igualmente lo gay es algo que atraviesa a la obra, no tanto como finalidad sino como color que va tiñendo junto con otros las escenas. No es una obra militante sino más bien crítica, intentamos corrernos de una mirada unívoca de la “homosexualidad” para estallar los posibles sentidos y construir un relato sincero pero a la vez crudo y visceral, alejado de cierta moralidad y conservadurismo que abundan hoy en día en los diferentes modos de representar lo “gay”. Con respecto al público no lo definimos de antemano, creemos que haciendo la obra de la forma más personal posible irá encontrando así el propio público que se identifique con esa mirada. No somos una compañía sino un grupo que se reunió específicamente para montar esta obra. Juan Manuel Medina y yo fuimos aceitando el vínculo en escena con el correr de las improvisaciones y ensayos bajo la atenta y aguda mirada de Leonel hasta lograr una química muy intensa que nos permitió abordar las escenas más increíbles y complejas con absoluta seriedad y dramatismo. Evitamos así caer en un registro paródico que se prestaba para este tipo de material en el que cada uno de nosotros interpreta a dos personajes totalmente disímiles entre sí, tanto por su clase social como por su lenguaje corporal y oral. Por otro lado, también era un desafío tejer una historia a partir de dos hombres en un espacio vacío, sin escenografía, sin otros recursos más que la actuación y el vestuario. La idea era además abordar el universo masculino desde la mayor cantidad de posibilidades que se nos ocurran, siendo que generalmente se lo entiende como un territorio más yermo en emocionalidad que el de lo que se considera como “lo femenino”.

Tú hablas de escribir las obras según se crean. Es una forma muy lógica de pensar lo escénico, pero supongo que al mismo tiempo supone un esfuerzo distinto a representar una obra ya escrita o el guion de un cortometraje.

Sí, como explicaba recién, el proceso parte en ese caso de la acción como precursora de la palabra, es el cuerpo el que va escribiendo hacia afuera y hacia adentro los signos que van organizando el sentido de lo que en un principio aparece muy caótico y anárquico pero que con el transcurrir de los encuentros se va ajustando sobre sí mismo y encontrando un cauce natural por el cual discurrir y generar algún tipo de sentido o relato desde la fragmentación y el rejunte de las partes que conforman esa suerte de espejo estallado. Si bien valoro la forma tradicional de representación a partir de un texto que la precede encuentro a esta manera de crear más libre, desafiante y estimulante al no estar condicionada ni guiada por una pieza escrita que marque un rumbo o lectura determinada sobre el accionar de los actores en el espacio escénico.

¿Crees en la dimensión sociopolítica del teatro en el que participas? Y ¿Cómo ves el futuro de tu país en este sentido?

Totalmente, no concibo la idea de hacer teatro si no es como medio para manifestar algún tipo de crítica o mirada incisiva sobre el mundo contemporáneo, y dado que el capitalismo y sus modos de crear subjetividades se ha expandido por todo el planeta, cualquier expresión local terminará siendo de carácter universal. En ese caso “Desmonte” aborda la cuestión del dinero y su feroz intromisión en todos los órdenes de la vida, atravesando todas las clases sociales que se ven enfrentadas en la escena y reunidas a su vez en el mismo cuerpo de cada uno de los actores que interpreta dos personajes opuestos desde lo social pero que claramente se ven igual de sometidos y contaminados por la lógica del capital. Es una obra profundamente crítica y política, pero sin maniqueísmos o miradas redentoras, sino más bien con una impronta que intenta visibilizar el extremo grado de penetración que el sistema económico-cultural ha perpetrado sobre todos los cuerpos. El futuro del teatro debe seguir forjándose en ese campo de batalla, luchando contra la lógica imperante y unidimensional que niega justamente la dimensión espiritual y potencialmente transformadora del ser humano. En ese sentido, tanto en mi país como en el mundo entero entiendo al teatro como un arma revolucionaria para crear nuevas subjetividades que pugnen por conquistarle al poder económico su actual y brutal hegemonía. Cuánto más se profundicen y sofistiquen los modos de represión y dominación más deberá radicalizarse el teatro en su capacidad e intención de revelar esos mecanismos perversos de la realidad a través de sus ficciones que deben irradiar de forma seductora y casi mística la potencialidad de una real transformación total de la humanidad.






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