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Endeavor, el joven Morse

Nacida como una precuela de la genial y eterna Inspector Morse, esta serie inglesa de la ITV, creada por Colin Dexter, es quizá uno de los mejores homenajes a su antecesora. Con una excelente reconstrucción de época, la esencia de aquel policial clásico se conservó inalterable

Jueves 8 de agosto | 16:17

Pocas series han sido tan prolíficas en descendencias como Inspector Morse. Con precuelas y secuelas (Lewis), esta ficción inglesa ha logrado traspasar el tiempo del protagonista, incluso la propia genealogía. Aunque en sus inicios adoleciera de cierta calidad técnica y, en cierta forma, argumental, este policial clásico de seco corte inglés, mezclaba una deducción impiadosa en un entorno donde los linajes y abolengos no provenían de acomodadas familias sino del prestigio ganado en uno de los centros de conocimientos más afamados del mundo capitalista, Oxford. Se lo reconocemos. Nos gustaba escuchar las verdades que Morse escupía en los rostros de los elitistas criminales, habitantes aristocráticos de esta villa casi medieval. Nos simpatizaba la honestidad e ingenuidad de su ayudante Lewis que venía a completar la dupla clásica de este tipo de policiales: el iluso compañero que, en su infinita candidez, no hace otra cosa que realzar la inteligencia deductiva del protagonista. No decimos nada nuevo. La vieja fórmula de Dupin, la criatura de Poe, reavivada una y otra vez en la mesa de la alquimia literaria. Pero funcionó. El tiempo la aceitó. La hizo delicada y tersa como piel de bebé. Y su muerte ficcional (anticipando en muy poco tiempo a la de John Thaw, su protagonista), besado tiernamente en la frente por su fiel compañero en una morgue oscura, significó una despedida afectuosa y simple, con la infaltable sobriedad del espíritu británico.

Pensamos que no volveríamos a toparnos con la mesura y los principios de Morse, hasta que resurgió, como un recuerdo desde el vaho, el joven y tímido Endeavor Morse. El viejo, el original, era ya un hombre formado, de carácter seguro y decisiones maceradas. Éste, joven e inexperto, criptógrafo del ejército, es tímido y casi dócil a la hora de encarar la intriga. Él llega a este centro de erudición con la firme intención de convertirse en detective inspector. Desde el inicio, es tutelado por un viejo policía de pueblo, de modales calmos y rutina familiar. Su espíritu tolerante significará un paraguas protector para Morse, dada su inclinación natural al razonamiento refinado y manías excéntricas: hasta que el tiempo destile al viejo Morse, hasta que su carácter se temple en la forja de la experiencia, este hombre lo amparará de la incomprensión de sus superiores, tolerará sus caprichos y lo cubrirá con su amistad patriarcal.

Endeavor, la serie, nunca se apartó del formato que propuso desde el inicio: el crimen, la investigación, la resolución sorprendente con lógica propuesta por Morse. Excepto por algunos detalles que Endeavor incorpora a su rutina, costumbres que el viejo Morse ya había mostrado años atrás, y por algún devenir superficial del resto de los personajes, la ficción discurrió esquemática y previsible. Y, tal vez, éste haya sido su perfil más flaco. Es sabido: la rutina corroe la emoción y adosa el desinterés.

Pero, aún así, Endeavor persistió. La serie y el personaje. Porque su esencia nunca fue el intelecto sino la tozudez. Su capacidad de observación y la perspicacia para unir las hebras sueltas que la madeja del crimen dejaba regadas siempre fueron “el extra” en su personalidad; un don del destino. Porque él no era un Poirot, un ser sedentario y pensante: era, es y será, por sobre todo, un sabueso.

El actor que prestó sus carnes a Endeavor, Shaun Evans, siempre se destacó por su mesura y constancia a la hora de mostrar la soledad y la timidez de un hombre que era, a la vez, determinado e insolente. Si hay algo en lo que los sucesivos guiones de la serie se destacaron fue en consignar con claridad la perseverancia de carácter del protagonista: sin importar cuánto pudiera sufrir, cuán grandes fueran las dudas o que tan primitivos los miedos, la brillantez y la decisión de Morse siempre prevalecieron.

Por supuesto, la estampa victoriana de Oxford le agregó a la serie un perfil más que distinguible. Esto, por supuesto, era una condición previa que ya había impuesto Inspector Morse y que no sólo Endeavor respetó, sino también Lewis. No obstante, este caldero de intelectualidad y egocentrismo, típico del elitismo cultural capitalista, habitando la bella arquitectura clásica de la villa oxforiana, no está (nunca lo estuvo) exento de las miserias y el arrebato que rebalsa cualquier estrato social. Estos eruditos son despectivos, afectados, prejuiciosos, aristocráticos, reaccionarios, conservadores. Sus rancios abolengos les hacen creer que sus antojos y arrebatos tienen inmunidad. Que sus tradiciones tienen un valor agregado. Que su moral es dominante. Ellos son una casta y ésta es su religión. Pero no Morse. Él los lleva ante la ley (nos agrada esta simpática ingenuidad) pero sobre todo les demuestra su calidad intelectual.

A pesar de haber finalizado abruptamente y sin aviso previo, Endeavor Morse parece haber revivido en un par de temporadas más, la última de muy reciente tirada. Tiene el mérito de haber superado las escépticas expectativas a su llegada, visto que venía a ocupar el trono de una serie magnífica como lo fue, sin lugar a dudas, Inspector Morse. Su propia existencia, la calidad de sus guiones y su aún refrescante vigencia la han convertido en una serie clásica de neto corte inglés, lo que sabemos, no es poca cosa.

Endeavour - Tráiler







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