78 ANIVERSARIO DEL ASESINATO DE TROTSKY

En defensa del marxismo: los últimos combates de León Trotsky

Un libro imprescindible para los luchadores revolucionarios de cualquier generación. La pasión, la inteligencia y la agudeza política puestas al servicio de defender las posiciones conquistadas.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Lunes 20 de agosto de 2018 | Edición del día

Volver a leer En defensa del marxismo presenta, siempre, una combinación extraña entre lo placentero y lo agobiante.

Lo placentero nace del estilo, la fina ironía, la forma sencilla y gráfica de exponer las ideas. Trotsky polemiza duramente con sus adversarios. Lo hace demostrando un manejo del marxismo revolucionario sencillamente brillante. Cualquier trabajador que recorra esas páginas puede entender qué se discute. El gran revolucionario ruso evidencia, en el último tramo de su vida, saber combinar profundidad, sencillez y belleza en un texto polémico.

El agobio nace de la urgencia. Trotsky escribe cuando la Segunda Guerra Mundial se ha desatado sobre Europa. Hace un llamado a la cordura y también a la seriedad. Pide debatir con argumentos fundados, parece enervarse ante las pequeñas “trampas” que se utilizan para negarse a una discusión seria sobre problemas de carácter estratégico. Lo que está en juego es, nada más ni nada menos, que el destino de la URSS, el primer Estado Obrero de la historia. No es poco.

Los textos tienen a los acontecimientos como trasfondo: la invasión de Polonia y su división, la lucha en Finlandia, las secuelas del pacto Molotov-Ribbentrop. Un mundo convulsionado se refracta en cada palabra que Trotsky escribe o dicta.

Dos batallas

El “viejo” desarrollará una dura lucha contra la fracción del SWP norteamericano que negaba la defensa de la URSS. La defensa de las bases sociales del primer Estado Obrero de la historia, no admitía condiciones.

A pesar de la burocracia stalinista y sus espantosos crímenes, la URSS sigue siendo una trinchera de la lucha de clases a nivel mundial. La continuidad de las relaciones sociales de producción heredadas de la Revolución de octubre así lo determina.

El 12 septiembre de 1939 escribirá que “nuestra definición de la URSS puede ser correcta o no, pero no veo ninguna razón para que esa definición dependa del pacto germano-soviético (…) El carácter social de la URSS no está determinado por su amistad hacia las democracias o el fascismo. El que adopte este punto de vista está atrapado por la concepción stalinista del Frente Popular”.

Trotsky es explícito: “la derrota de la URSS proporcionaría al imperialismo nuevos y colosales recursos y prolongaría por muchos años la agonía mortal de la sociedad capitalista (…) las bases sociales de la URSS, liberadas de la burocracia parasitaria pueden tener un progreso económico y cultural ilimitado, mientras que las bases capitalistas no ofrecen otra posibilidad que una mayor decadencia”.

En estas páginas, la segunda gran pelea de Trotsky está estrechamente ligada a la primera. El dirigente revolucionario pugna por evitar la degeneración y crisis del único grupo que -dentro de la joven IV Internacional- tiene fisonomía cercana a un partido político.

Trotsky escribe en el marco de la derrota de la revolución española por la traición stalinista; en el marco del freno que significó el Frente Popular al proceso revolucionario francés; en el marco de una guerra en desarrollo. Mientras Europa ve crecer la cifra de muertes, los ojos del creador del Ejército Rojo, desde México, parecen volverse hacia EE.UU.

La guerra traerá revolución. Trotsky lo sabe. Pero la revolución no es un proceso automático. Se precisan partidos, cuadros, dirigentes, fuerzas materiales, una teoría para guiar a la acción. La revolución solo puede triunfar bajo esas condiciones.

EE.UU y la opinión pública burguesa

“A algunos camaradas el tono de esta carta tal vez les parezca un poco rudo. Sin embargo, confieso que he hecho todo lo posible por contenerme. Porque, después de todo, se trata ni más ni menos que de una tentativa de destruir los fundamentos teóricos, los principios políticos y los métodos organizativos de nuestro movimiento”.

Así termina la carta al camarada Burnham. La urgencia justifica la dureza. Los motivos en polémica justifican la urgencia.

En diciembre de 1939, en el marco de la polémica, dirá “que la tendencia minoritaria del Comité Nacional está realizando una política típicamente pequeño-burguesa. Como todos los grupos pequeño-burgueses dentro de los movimientos socialistas, esta oposición actual se caracteriza por: una actitud desdeñosa hacia la teoría y una tendencia al eclecticismo: falta de respeto por la tradición de su propia organización; inquietud por la "independencia" personal a costa de la verdad objetiva; nerviosismo en lugar de coherencia; presteza a saltar de una posición a otra; falta de comprensión del centralismo revolucionario y hostilidad hacia él, y, por último, inclinación a sustituir la disciplina del partido por relaciones personales y de pandilla”.

La dura crítica no puede ser descontextualizada. No han faltado -en la historia de las luchas fraccionales- quienes han apelado a la acusación de “fracción pequeño-burguesa” contra sus adversarios sin más fundamentos que la cita misma.

Pero la historia es más compleja. Trotsky no es un escritor de frases generales o refranes. Es un dirigente político que piensa los problemas de un partido que se construye en el marco de la guerra mundial, al interior de la principal potencia imperialista.

La presión social y política de la llamada opinión pública se ejerce como miles de atmosferas superpuestas. El 27 de diciembre de 1939 escribirá a la mayoría del Comité Nacional que “debo confesar que, en el primer momento, me sorprendió vuestra comunicación sobre la insistencia de los camaradas Burnham y Schatman de publicar sus artículos polémicos en el New International y el Socialist Appeal (…) ¿por qué ese ansia de publicidad? La explicación es muy sencilla: están impacientes por justificarse ante la opinión pública demócrata; de gritarles de todos los Eastman, Hook y su pandilla que ellos (la oposición) no son tan malos como nosotros”.

Burnham, Schatman y Martin Abern se convertirán en los líderes de la fracción que cede ante la presión de la opinión pública. Esta tendencia tomará contornos políticos, ideológicos y teóricos. El rechazo a la dialéctica y al método de pensamiento marxista ocupará parte esencial de la disputa. No resulta extraño. El mismo Trotsky revelará “el secreto”. Dirá que “en ningún otro país ha habido un rechazo tal de la lucha de clases como en la tierra de las “oportunidades sin límites””.

La razón estará del lado de Trotsky. El bloque de Burnham, Schatman y Abern se desgranará a velocidad luz. Burnham, después de renegar de la dialéctica, dejará de ser parte del SWP. Solo un mes después, abandonará la izquierda para empezar a revistar como parte encubierta de la Oficina de Servicios Estratégicos, antecesora de la CIA. Schatman “evolucionará”, varios años después, hacia posiciones abiertamente macartistas.

En esta pelea, paciencia es lo que sobrará en el viejo dirigente. En una carta escrita a Max Schatman, lo llamará “querido camarada” al tiempo que le propondrá un encuentro. “Creo que estás en el lado erróneo de las barricadas, querido amigo. Con tu postura, estás impulsando a todos los elementos pequeñoburgueses y antimarxistas a oponerse a nuestra doctrina, nuestro programa y nuestra tradición. No espero convencerte con estas pocas líneas (…) Si pudiera tomaría un avión para Nueva York y discutiría personalmente contigo durante cuarenta y ocho o setenta y dos horas seguidas. Siento mucho que, en estas circunstancias, no sientas la necesidad de venir aquí a discutir el problema conmigo. ¿O sí la sientes? Me alegraría tanto...”

El planeta sin visado le niega a Trotsky la entrada en casi todo el mundo y aparece como la traba para que el viejo dirigente ruso pueda intentar convencer en persona al norteamericano. A las cientos de diferencias se suman miles de kilómetros.

Carece de sentido especular de manera contra fáctica sobre un eventual encuentro. Más allá de eso, Schatman no es él mismo. Como una suerte de imagen icónica expresaba la presión política de las clases medias al interior del SWP. Trotsky lo dirá abiertamente: “el mayor crimen de Schatman y Abern es precisamente el haber provocado semejante explosión de autosuficiencia pequeñoburgués”. En otra carta, a modo de post scríptum, añadirá que “las principales causas del problema son: a) mala composición, especialmente de la rama de Nueva York; b) falta de experiencia, sobre todo, de los miembros provenientes del Partido Socialista (juventudes)”.

Defender las posiciones conquistadas

La última de las cartas que se incluyen en las compilaciones conocidas, tiene fecha del 25 de abril de 1940. Trotsky discute el “balance de los acontecimientos fineses”. Demuestra los errores de la ex oposición, crítica sus métodos y ratifica la superioridad del marxismo.

No hay en su pluma una simple búsqueda analítica. Lo guía la política y la estrategia. Afirma, ya en el final del libro, que “el deber de los revolucionarios es defender toda conquista de la clase trabajadora aunque haya sido desfigurada por la presión de las fuerzas hostiles. Aquellos que son incapaces de defender las posiciones tomadas, nunca conquistarán otras nuevas”.

A 78 años de su asesinato, el pensamiento de Trotsky -a pesar de las acciones de muchos que han hablado y escrito en su nombre-, es una de esas “posiciones” que deben ser defendidas con tesón. Ahí, en ese programa y esa estrategia se hallan las semillas que los explotados y oprimidos de todo el mundo deben tener a su disposición para las grandes batallas que, inevitablemente, se aproximan. Desde ese espíritu, si se nos permite el concepto, están escritas estas líneas.

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Recomendamos la lectura de En defensa del marxismo, de León Trotsky.







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