SEMANARIO

En busca del futuro perdido

Ariane Díaz

markfisher
Fotomontaje: Juan Atacho

Los soldados se persuadían de vivir en un futuro en donde habían ganado. Experimentaban cada segundo como recuerdo, anticipadamente. En cambio los ratas, los londinenses agusanados, vivían nada más que en un presente que los aterrorizaba. Sholl no sabía en qué momento de la historia vivían él y unos pocos parecidos. Se sentía desapareado del tiempo (China Miéville, El azogue).

Los fantasmas de mi vida de Mark Fisher, recientemente traducido al castellano [1], llega aquí un año después de que su autor se suicidara, dando al libro un sesgo de testamento que no tenía cuando se editó en inglés en 2014. La versión local es una compilación de artículos escritos entre 2005 y 2017, tomados de revistas, de su blog o especialmente escritos para la edición original, que construyen un muestrario de los intereses y materiales diversos que trabajó Fisher –mayormente la música postpunk inglesa pero también el cine y la TV–, y a la vez un diario de las experiencias culturales que marcaron a su generación (había nacido en 1968). Según señalan sus editores en castellano, en esta versión se eliminaron textos cuyos objetos aquí hubieran resultado desconocidos, pero se agregaron otros que dan cuenta de algunas de sus preocupaciones más persistentes.

Probablemente la muerte del autor resalte elementos donde resuenen ecos de su última irreversible definición. Pero también es probable que nos lleve a reconstruir una teleología que no estaba dada cuando los escribió. De hecho, Fisher analizó el carácter social de la depresión –que a él mismo lo acompañaba hacía años– como característica del período de restauración posneoliberal que dio en llamar “realismo capitalista”, cuya maniobra era justamente cargar en la cuenta particular de cada quien lo que eran sus efectos devastadores, patologizando a los individuos con la misma implacable lógica meritocrática con la que culpa a quienes desahucia por no “esmerarse” lo suficiente para triunfar por sus propios medios. Si no es posible deshacerse del fantasma de las circunstancias en que llega este libro, ¿será posible criticarlo en lo que nos dice sobre la sociedad que habitamos? Con ese objetivo, después de todo, lo pensó su autor.

No fun

El nuevo libro sigue los lineamientos de Realismo capitalista, que ya reseñamos: la naturalización del neoliberalismo bajo la premisa del “no hay alternativa”. Pero de carácter menos programático que aquel, esta compilación de artículos da cuenta de sus influencias culturales e intelectuales, cuyo resultado no es menos contradictorio que en el libro previo, pero sí quizás más esclarecedor de su particular forma de combinar tradiciones de pensamiento y el análisis de los fenómenos que constituirían la fisonomía cultural actual, producto de un neoliberalismo arrollador –aunque puesto en cuestión tras la crisis de 2008– y que han constituido en los últimos años un campo de debate donde teorías posestructuralistas y autonomistas se mezclan con definiciones nuevas como hauntología, aceleracionismo y retropía.

En la tradición de crítica musical (y social) de Greil Marcus y Simon Reynolds, Fisher caracteriza –a través del análisis de bandas de los ochenta y noventa o las raves de principios de siglo– la transición a un siglo XXI donde la tendencia retro imita estilos del pasado pero sustrayéndoles sus marcas históricas. En medio de lo que parecen “eternos sesenta” o “eternos ochenta”, el nuevo siglo arrancó deflacionado de expectativas: ya no esperamos fenómenos culturales que disputen y renueven el statu quo, estancados en un lugar donde “la vida continúa, pero el tiempo de algún modo se ha detenido” [30]. No es que nada haya cambiado durante este período “desolador”; el thatcherismo que le es constitutivo surge en esos años, así como también internet, que en la mirada del autor puede representar, eventualmente, una herramienta de cambio cultural. Pero Fisher trata de definir una “sensación” experimentaba por quienes habitamos el siglo XXI: que “la cultura ha perdido la capacidad de asir y articular el presente” [33].

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Uno de los fundamentos teóricos de esta mirada son los escritos sobre el posmodernismo como lógica cultural del capitalismo tardío de Frederic Jameson, aunque para Fisher el montaje de épocas pasadas es tan extendido que ya ni siquiera lo notamos. A partir de allí va a tratar de sumar argumentos que expliquen la retrospección de las últimas décadas: la falta de tiempo y el déficit de atención que retoma de Franco “Bifo” Berardi (el filósofo autonomista italiano), la vida precaria legada por el neoliberalismo que lleva a buscar refugio en las “seguridades del pasado” (argumento retomado por Zygmunt Bauman en su póstumo Retrotopía) y las políticas neoliberales que minaron las condiciones materiales para el desarrollo artístico.

Si el intercambio fructífero entre la cultura popular y la experimentación modernista habría caracterizado a las décadas del setenta y ochenta (Joy Division convocaba a Conrad, Kafka o el cine arte; The Jam a Orwell o Shelley, por ejemplo), el neoliberalismo habría impuesto a los eventos culturales el exorcismo cultural (conjurando un espectro de un mundo que podría ser libre), la purificación comercial (separando el aspecto festivo del aspecto comercial) y la individualización forzosa (eliminando el sentido de colectividad). Las tecnologías que permiten el consumo hogareño de la cultura prepararon el terreno de la “denigración del espacio público” [119]. Este proceso implicó un ataque no solo a los fenómenos más abiertamente críticos, sino también a aquellos no comprometidos: las raves (limitadas por ley en Gran Bretaña en 1994) o el fútbol (con tribunas populares cerradas a cambio de plateas individuales). ¿El resultado musical? Un rock de gestos políticos “reducidos a un sentimentalismo ingenuo” [262] y un pop entusiasta demasiado parecido a una “señora de alta sociedad que se permite disfrutar de placeres prohibidos” [276].

Anarchy in the UK

Para Fisher, los puntos muertos de la música popular (la falta de fenómenos contraculturales como los que recorrieron la Londres de la segunda mitad del siglo pasado) son los mismos que los de la política neoliberal. Una vez más, uno de los fuertes de Fisher es cuestionar esa ideología, que despolitiza la cultura entendiéndola como un “uso meramente convaleciente del ocio, en el que las funciones pacificadoras del entretenimiento son el anverso del trabajo alienado”, paralelo al discurso de millonarios herederos que promueven el “trabajo duro” como garantía del éxito, falsas esperanzas que son en definitiva una forma de bajar las expectativas de los que sí tienen que trabajar [116/7].

Por esta vía ingresa Derrida, quien en 1993 publicara Los espectros de Marx contestando los intentos posmodernos de poner fines a la historia y certificar la muerte del marxismo para conjurar el peligroso espectro del comunismo. Fustigando las lecturas académicas que han convertido a Derrida en un “culto piadoso a la indeterminación”, Fisher lo rescata como el fundador de la hauntología, el estudio de los espectros que en su presencia-ausencia dislocan la linealidad temporal “embrujando” al presente y al futuro. En el período del realismo capitalista, la hauntología entendida como duelo fallido, como negación a dejar ir al fantasma, es una forma de resistencia a la desaparición de esta tendencia del “modernismo popular”. Con ella busca “futuros perdidos” que escapen al presente como eternidad fatalista, espectros de un mundo donde no se trate de “elegir entre internet o la seguridad social”, sino donde estos nuevos medios puedan ser combinados con un sentido de solidaridad (una reformulación de izquierda de su pasado aceleracionista que supo entrever demasiado entusiasta con los “avances revolucionarios” del capital que habría que radicalizar para que este acabe consigo mismo [2]).

Pero hay otro fantasma teórico que recorre el libro de Fisher: el de la llamada Escuela de Birmingham, marcado por el estudio de la clase obrera; Fisher mismo estudió en el departamento de Estudios Culturales de esa Universidad, hoy cerrado. Y en esta veta es donde se enmarcan sus planteos más radicales y esperanzadores, esbozando un terreno de lucha entre un “ellos” y un “nosotros” que persiste a pesar de los intentos neoliberales de hacer de la clase obrera un fantasma más.

“Lo que se ha perdido es la prometeica ambición de la clase trabajadora de producir un mundo que exceda –existencial, estética y también políticamente– los miserables confines de la cultura burguesa” [117], alega Fisher, lo que era la fuente de esa autonomía creativa de la clase trabajadora que el realismo capitalista ha desgastado, seguro, pero sin eliminar la posibilidad de que sus condiciones vuelvan a plantearse. Fue la radicalidad de la clase obrera y de la contracultura que la acompañó lo que habría llevado a la brutalidad de la salida neoliberal, y es por ello mismo que sus ideólogos han intentado denodadamente erradicar la noción misma de la existencia de la clase obrera, incluso presentando al neoliberalismo como el garante de derechos sexuales, raciales, etc., obtenidas durante el período, recapturando para sí triunfos que fueron arrancados en luchas donde clase, raza y sexo no habían sido aún disociadas.

Fotomontaje: Juan Atacho

Convencido como Hoggart de que “cada década declaramos furtivamente que hemos enterrado a las clases; cada década el féretro está vacío” [3], esa sensibilidad es la que le permite a Fisher observar, por ejemplo, que el avance de formas de trabajo en redes de los millenials es más bien un nombre marketinero para el trabajo precario; o que el debilitamiento de los sindicatos sea quizás también el debilitamiento de las obstrucciones que ellas pusieron al accionar del movimiento obrero; o que el resentimiento y el descontento puede ser el comienzo de resistencia contra la “positividad obligatoria del realismo capitalista” [277].

God save the Queen

Para el autor, la melancolía hauntológica podría ser una forma de resistencia, pero debe diferenciarse de la “melancolía de izquierda” que añora el Estado de bienestar y las instituciones de la socialdemocracia. La tarea entonces sería construir una política de izquierda para nuevos tiempos. Y con este precepto comienzan sus gruesas contradicciones, muchas probablemente atribuibles a cambios de enfoque a lo largo de los años, pero que están presentes también entre artículos del mismo período.

Fisher fustiga a la izquierda por un excesivo tradicionalismo que no le permitió captar los mensajes que emanaba la contracultura de los setenta-ochenta, así como el “militarismo” que dejaba a la revolución en manos de una vanguardia. Pero también critica a los más recientes “modelos horizontalistas” de acción política –tipo Occupy– por asumir que lo que pensamos y queremos es simplemente censurado por el sistema, y no como algo también intervenido por él y que amerita ser discutido. Pero si debatir estrategias en la izquierda sería atendible, reconocer que fueron las grandes luchas las que arrancaron eventuales avances en derechos parciales no parece poder conducirnos a que la cuestión pasa… por la revolución de la vida cotidiana mediante la autoconciencia, que es lo que contrapone Fisher. Y para darle un empujón a esa conciencia –aun cuando critica la nostalgia socialdemócrata–, se suman propuestas como una BBC pública con una programación menos comercial (a tono con la postulación en Realismo capitalista de una “Supernanny marxista”). Es decir, una nueva contracultura postpunk –que había identificado como la versión inglesa del Mayo Francés–, sin huelga general ni cuestionamiento al Estado.

Pero no crea el lector que Fisher se queda allí; aunque no esté explicitado en el libro, algo más parece hilvanar lo que va dejando asentado. Aunque salpican el libro diatribas contra el parlamentarismo y la socialdemocracia, la salida parece ser ir una especie de Partido Laborista “de los orígenes” a refundar. Para ello escribió con Jeremy Gilbert, en 2014, Reclaim Modernity, una propuesta para la “renovación democrática y reforma progresiva” del partido, si este tiene “el coraje de presentarse a sí mismo como un partido moderno para el siglo XXI”. Ni siquiera es muy duro con el New Labour –la renovación del partido con Blair a la cabeza que abrazó la “tercera vía” y fue medio también para pasar políticas neoliberales–: considera que políticas como las de regular el “inevitable proceso de las privatizaciones” fueron “necesarias para sobrevivir” en un medio hostil. Ese fantasma sí debería asustarnos.

Las medidas que propone –un nuevo paradigma para los servicios públicos que cuente con el consejo de los usuarios, un nuevo modelo financiero que apoye a las cooperativas y la democratización de los medios de comunicación públicos– tampoco pretenden cuestionar al Estado británico, sino más bien requerir su apoyo, bajo la premisa de que cualquier espacio vacío “abandonado” será ocupado por la derecha. Y a los sindicatos les exige “no defender privilegios sectoriales sino liderar una campaña popular por un trabajo mejor y más significativo” –¿por qué todo esto nos suena?–. Las propuestas son tan estrechas que quedaron a la derecha, incluso, del fenómeno surgido un año después alrededor de Corbyn. De estas ilusiones en la reforma del Labour deriven probablemente también las caricaturas que construye de la izquierda radical en entrevistas y declaraciones, o la desconfianza a cierto “anarquismo” de los nuevos movimientos juveniles: “Parte del problema es que ha habido una tendencia en ciertas áreas de la izquierda ‘radical’ de conceder el Estado a la derecha” [4].

Rock around the clock

Las conceptualizaciones “novedosas” de Fisher son difíciles de discernir. Probablemente para no ser acusado él mismo de nostálgico de izquierda, insiste en acotar pequeñas diferencias que actualizarían a Jameson, Derrida, Deleuze o Negri, pero que nunca terminan de definirse precisamente. Pero de pronto tienen además ese tufo la vieja y conocida realpolitik reformista: no es el primero que anunciando “cambios de época” y proponiendo “nuevas formas de pensar y organizarse” readaptan su estrategia a conformarse con lo que le den. Incluso cuando a lo que se aspira parece ir reduciéndose a algunas reformas en el terreno de la cultura –que no pueden sino ser escuetas, porque como demuestran los últimos escándalos, sin expropiar esos medios de producción no es posible ninguna verdadera democratización de la cultura por más potencialidades que tengan las redes–.

Tenemos entonces un diagnóstico por momentos radicalizado contra el neoliberalismo, pero un tratamiento con emparches que, más que una salida al capitalismo, hurga en alternativas mejores dentro del mismo régimen capitalista británico, justo cuando este parece estar buscando ponerse a tono con la ola trumpista.

Seguramente esto sea parte del encanto que encontraron allí los desilusionados filoperonistas opositores a Macri [5]. Si la mezcla de optimismo new age –como el pop según lo caracteriza Fisher– y lógica meritocrática del esfuerzo personal –que se pide a los trabajadores y no a los empresarios amigos, claro– sin duda le calza al gobierno de Cambiemos y les da una leve pátina anticapitalista a las denuncias de este sector, las ilusiones en un “Estado presente” y en la reconstitución del laborismo del crítico inglés también les consienten guardar esperanzas en un milagro similar de este lado del Atlántico. Pero que las bases estructurales del decadente capitalismo semicolonial –que el neoliberalismo instituyó por estos pagos sin que la “década ganada” los haya tocado– se pueda combatir con un “frente antimacrista” con el PJ o reconstituyendo al kirchnerismo, es ciertamente una vía sin salida plagada de fantasmas autoincriminatorios. ¿Y si probáramos con un poco más de realismo y un poco menos de capitalismo?

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NOTAS AL PIE

[1Buenos Aires, Caja Negra, 2017. Las referencias a esta edición se harán entre corchetes al final de cada cita.

[2Para ver distintas posiciones sobre esta tendencia, y la de Fisher mismo, se puede consultar la compilación Aceleracionismo. Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo, Buenos Aires, Caja Negra, 2017.

[3Introducción a The road to Wigan Pier de George Orwell (Londres, Penguin, 2001).

[4Entrevista con Mike Watson de 2010.
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Ariane Díaz

@arianediaztwt
Nació en Pcia. de Buenos Aires en 1977. Es licenciada en Letras (UBA) y militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS).
Compiló y prologó los libros Escritos filosóficos, de León Trotsky (2004), y El encuentro de Breton y Trotsky en México (2016). Escribió en el libro Constelaciones dialécticas. Tentativas sobre Walter Benjamin (2008), y es autora de diversos artículos sobre teoría marxista y cultura.
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