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Empleo precario: la difícil situación de trabajar indocumentado en Nueva York

Se estima que hay medio millón de inmigrantes indocumentados en la ciudad de Nueva York y 11 millones a nivel nacional. Este es un relato de una jornada laboral bajo esas condiciones.

Lunes 21 de mayo | 11:22

Reproducimos el artículo publicado originalmente en Left Voice que relata en primera persona la vida de un trabajador migrante en Estados Unidos.

Viajar en el subte desde Brooklyn hacia Manhattan a las 6 AM es otra cosa. Los vagones están poblados principalmente por afroamericanos y latinos. No se viaja en grupo, no hay charlas y nadie lleva bolsas de algunas compras. La mayoría están entredormidos, tratando de ganarle al tiempo una hora más de sueño. Pero ya sea con los ojos abiertos o cerrados, los oídos están atentos a la voz del trabajador o trabajadora del subte que usualmente comunica los retrasos, las estaciones en las que no se va a parar o la necesidad de cambiar de líneas y combinar con los micros gratuitos que reemplazan los recorridos incompletos.

Hay un pedido particular que da cuenta de esto. “Por favor, no traben las puertas. Si demoran este tren, se retrasa el tren que viene atrás y así todos llegan más tarde a su trabajo. Por favor, tomen el siguiente tren”. La idealización del gran subte de la gran manzana se cae rápidamente al ver como los trabajadores tienen que lidiar con un servicio caro y que cada vez está más venido abajo.

En la estación Canal Street, la gente se entremezcla en el cambio de línea a línea. En mi caso, hago una combinación para ahorrarme 6 cuadras, el frío de las mañanas neoyorquinas es poco amigable. De algunos carteles en español en el subterráneo, salgo a la superficie para encontrarme en un barrio repleto de logogramas en el que los negocios ya empiezan a abrirse a la par de que se instalan los puestos en las calles para vender productos y alimentos típicos de la cultura china. Los diarios que se ofrecen, sólo puedo entenderlos por la imagen: Trump bombardeando Syria o siendo hostil hacia la otra de las principales economías del mundo, China. Comprar algo puede ser toda una aventura y hay que ingeniarselas con señas y alguna que otra palabra en inglés.

La apertura del negocio está a cargo nuestro, de mi compañera ecuatoriana y de mi que vengo de Argentina. Las primeras charlas parten de como estuvo el servicio en el subte y cuando se va a acabar el frío. Pero principalmente nos tenemos que concentrar en producir para que no haya errores y todo esté listo puntualmente para la apertura al público. Entre hornos, mesas y heladeras me cuenta su historia: “Hace más de un año que estoy en este trabajo, con un solo franco que no me alcanza para nada. Con esto ayudo a mi familia que está en mi país y lo cuido porque me costó mucho, tuve que pasar un mes en un centro de detención. ¡Justo cuando asumia Trump!”

Algunas horas más tarde irán llegando el resto de los trabajadores. La mayoría de ellos jóvenes, incluyendo a un chico de 17 años que tiene dos trabajos, y otro de apenas 20 año que pasó la frontera luego de siete días cruzando el desierto. Los que se suman a mi sector son todos de Guatemala, y los que atienden al frente nacieron en China, Corea y Venezuela.

En un principio pensé que habían tres idiomas tratando de congeniar durante la jornada laboral, pero varios son de origen campesino y tienen sus propios dialectos que utilizan en su descanso mientras hablan con familiares y amigos que extrañan. “Árbol!”, me gritó un compañero. Ante mi cara de no desconcertado me dijo que eso significa “Che” en su dialecto. En lo que pude descubrir hasta ahora en menos de 10 personas cohabitan 9 idiomas al que podría sumarse una suerte de espanglish con el que tratamos de comunicarnos.

Una pregunta que es inevitable hacerse es cómo organizar y discutir política entre tanta diversidad y que nuestros jefes están observando constantemente cómo trabajamos. Una primer cosa que nos une, es que concurrimos al mismo lugar de trabajo para poder pagar el alquiler, comer, querer estudiar y tratar de tener algo de ocio recreativo en nuestro tiempo libre. En NYC hay una especie de “aceptación del trabajo sin papeles” ya que somos millones en esta situación y son centenares de miles las empresas que se aprovechan de esto. Nos utilizan como mano de obra barata y sacan una tajada mayor de ganancia a costa nuestra. El ahorro de los empresarios, no se basa solamente en pagarnos por debajo de la media sino que a su vez nos arrancan muchos otros derechos: No tenemos vacaciones, no existe la licencia por enfermedad, no hay aguinaldo, los feriados no se pagan doble, no hay aportes a la jubilación y despedirnos es totalmente gratis. Un mal día de los superiores, después de un par de gritos, te puede dejar en la calle de un segundo al otro.

Entra, va a su oficina, a las horas sale. No sé si es el dueño o el gerente, pero ni nos saluda. “A veces siento que somos como animales. . ni nos hablan” le contestó mi compañero a mi mirada de indignación. El ser tratados como material descartable y tener que venir a trabajar aún estando enfermos, se combinada con la preocupación que atañe a la gran mayoría de la clase trabajadora que vive en los Estados Unidos: la imposibilidad de tener cobertura médica. Aunque carece de sentido para un razonamiento basado en la coherencia y la lógica básica, en la primer potencia del mundo la salud y la educación son servicios de lujo.

En las charlas se entre mezclan las novedades de la situación de sus familiares: quienes fueron deportados por la ICE (“La migra”), quienes no aguantaron y volvieron a sus países sabiendo que ya no van a poder entrar a Estados Unidos y quienes fueron encontrando oportunidades para avanzar en su situación legal.

Entre esas conversaciones cotidianas también surgen las comparaciones entre los trabajos que consiguen sus amigos, vecinos y familiares, la diferencia entre aquellos que tiene algún tipo de permiso legal y quienes no. Además de compartir que hay lugares mucho pero mucho más duros que el nuestro.

A pesar de las dificultades, la decisión es la de quedarse. Por más que cueste, la prioridad número uno es poder ayudar a sus hijos y familiares de sus países de origen, y que aún con todos los límites que tienen soportar, sienten que tienen una mejor calidad de vida en comparación con la situación que se vive en sus ciudades.

Somos parte de la clase de trabajadora que hacer funcionar día a día ésta ciudad y está en nuestras manos organizarnos para conquistar los derechos que nos son diariamente negados. En un momento en el que socialismo ya no es más visto como una mala palabra en amplios sectores de la sociedad, en el que la “primavera docente” puso en primera plana la huelga como herramienta de lucha y la urgencia de mejorar al educación y la salud pública, y en la que decenas de miles de jóvenes se incorporan a la vida política, nosotros tenemos que sumar nuestro grano de arena a esta batalla que tenemos que dar juntos, nativos y extranjeros, contra el mismo enemigo.







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