Cultura

GRANDES ARTISTAS DEL PARAGUAY (II)

Elvio Romero: poesía en madera y jazmín

Uno de los grandes olvidados de la literatura latinoamericana. “Pocas veces he sentido la tierra como acostada sobre un libro”, dijo sobre él Gabriela Mistral.

Sábado 22 de julio | Edición del día

Y mientras que sin luz
penando va el enemigo
la libertad contigo
regresará cantando
RAFAEL ALBERTI A ELVIO ROMERO

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Una canción de flauta misteriosa

Acaso llovía en Yegros cuando nació Elvio Romero hacia 1926. Su infancia fue la de un hijo de campesinos pobres en el Paraguay de entreguerras. El ferrocarril todavía rodaba y formaba un compás con las herramientas de hombres y mujeres que trabajaban la tierra, el cuero, la madera y la caña. Aquel paisaje rojo y verde, su gente, constituyeron para el poeta una inspiración ineludible. Su primer contacto literario fue a través de la oralidad, dominada por el guaraní. Y gracias a recortes de diarios que guardaba su madre conoció el mundo de Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera y Adolfo Bécquer.

Soy un hombre del Sur; Yegros, mi pueblo,
ocupa un corazón central y verde,
deshace el sol, lo suelta en la comarca
donde baja y se pierde.

Cuando el pan no alcanzó, Elvio se mudó con su abuela a Encarnación. Fue por un breve período: al estallar el conflicto con Bolivia en 1932, la familia partió tentativamente a Ñu-Porá y luego se asentó en Asunción.

Militó en el centro de estudiantes del colegio secundario hasta que una pelea con su maestra lo llevó a abandonar los estudios formales. Por esos años, se embarcó en un viaje comprometido y furioso con la escritura. Romero consiguió su primer trabajo como redactor de una revista y fue parte del giro estilístico de las letras paraguayas a comienzos de los 40’. Integró el grupo Vi’a Raity (o Nido de la alegría), donde trabó relación con importantes autores como Hérib Campos Cervera, Josefina Plá y Augusto Roa Bastos. Tenía apenas veinte años cuando una guerra civil consagró la hegemonía del derechista ANR-Partido Colorado. Su destino fue el exilio.

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Ya en el camino

Como miles de compatriotas que escapaban las torturas y los calabozos, Elvio fue a Buenos Aires. Esos primeros días como expatriado, sin una moneda, le sirvieron como escuela. Confesaba que entonces aprendió “las tres o cuatro cosas fundamentales que pueden sostener hasta el fin una existencia a la intemperie”. En la capital argentina estableció nuevos lazos culturales y políticos. Se hizo amigo del músico paraguayo José Asunción Flores –con quien compartió trabajo, camaradería y una fuerte amistad- a la vez que conoció a otros inmigrantes y artistas locales.

Y solo el paraguayo
con un par de guitarras sobre el hombro
−sacudiéndose el polvo de todos los desvelos-,
camina oliendo a tierra,
a selva todavía;
En una pulsará su tristeza profunda,
en la otra, una rebeldía antigua como su tierra.

Desde una pensión oscura y fría, el joven escribió su primer libro. Una noche recibió un llamado inesperado. Era el poeta español Rafael Alberti, quien halagó su obra y ofreció prologarla. Romero entraba definitivamente al círculo de poetas latinoamericanos errantes que definieron una época.

En cada estrofa del paraguayo podía intuirse un pacto con los asuntos del mundo. Admirador de Miguel Hernández, también penaba junto al niño yuntero, también le daba “su arado en el pecho” y “su vida en la garganta”. Por respeto al idioma cuyo uso cotidiano había perdido, sólo dejó una poesía en guaraní llamada Che ropea Guypé.

A lo largo de sus travesías –que involucraron viajes, reuniones y mudanzas- trató con Oliverio Girondo, Pablo Neruda, Ernesto Sábato y Juan Rulfo. Supo ser admirado por Gabriela Mistral así como por José Saramago. El Premio Nobel de Literatura, Miguel Ángel Asturias, celebró su “poesía invadida por la vida, por el juego y el fuego de la vida”.

La estética de Elvio Romero estuvo atravesada –en sus propias palabras- por “el justo, el pobre, el perseguido y el rebelde”. Ello es evidente en los primeros escritos de su carrera como Días roturados de 1948 o Despiertan las fogatas de 1953. Hacia los años sesenta -sobre todo desde Los innombrables de 1973- se distingue una segunda etapa, más intimista y romántica. Sin embargo, el motor de su creación permaneció incólume. “Mi rebelión viene de haber presenciado en el albor de mi vida, la pobreza de nuestra gente”, resumía.

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Flechas en un arco tendido

El agitado desarrollo político del Paraguay posterior a la partida obligada de Elvio en el ’47, incluyó levantamientos, golpes de Estado, huelgas y una intensa resistencia popular. Al igual que muchos colegas y coterráneos, el poeta se acercó al Partido Comunista Paraguayo. Esto le valió una fuerte persecución y lo mantuvo fuera de su país. Contradictoriamente, los aires de libertad que se respiraban en sus letras, las historias de rebeldía en guaraní, chocaban con la práctica política de un PCP que frenó el movimiento de las masas, lo orientó hacia la colaboración de clases y evitó que surgiera una alternativa para los oprimidos.

Por eso tienes, patria, de madera
el puño vesperal, de una madera
difícil de quebrar
la más clara esperanza de madera.

En 1986, cuando el gobierno de facto de Alfredo Stroessner cumplía más de tres décadas y se encontraba ya muy debilitado, Romero pisó nuevamente su suelo natal. Asistía a la presentación del libro Nazismo y fascismo en el Paraguay del historiador Alfredo Seiferhel.

Un informe elaborado por el entonces comisario general, Alberto Cantero, detalla cómo cincuenta jóvenes pertenecientes al “Grupo de Acción Anticomunista” escracharon al artista con huevazos y carteles que decían “Elvio, fuera del país que traicionaste”. A los pocos días regresó a la Argentina donde se instalaría hasta su muerte en 2004.

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Cielito del Paraguay

Frente a la popularidad que cobraba el escritor en el extranjero –y como muestra de una sangrienta ironía- el stronato había declarado su obra de “utilidad pública”. La lectura de Elvio Romero no estaba prohibida: el régimen encontraba otras formas de acallarlo. Sus versos no podían ser recitados y el contenido que expresaban era considerado “subversivo”. La derrota de la palabra fue uno de los principales objetivos de esa dictadura larguísima, que cayó finalmente en 1989.

Era un tren con banderas
Y ojos abrasadores; tren orlado
Por historias de guerra y rebeliones,
Tren cruzado de gritos altos y lejanías,
De sombra y naranjales; una llama
Prendida sobre un vértigo dorado,
Un tren de lumbre y alba sobre una tierra en celo.

El olor del jazmín inunda los patios de las casas paraguayas. La flor nacional despliega características únicas. Resistente al frío, perfumada, inicialmente emerge con un color violáceo que luego pasa por lavanda y finalmente queda blanca. En un mismo arbusto coexisten todas sus variaciones. Por ello, adquiere un particular apodo: ayer, hoy, mañana.






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