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OPINIÓN

Elecciones 2018: los efectos de la tragedia nacional que hirió al PRI

A pocos días de las elecciones, la crisis nacional que atraviesa México se expresará en las urnas el 1 de julio. Son elecciones sangrientas donde 122 políticos, precandidatos y candidatos a cargos públicos de todos los partidos han sido asesinados.

Sábado 23 de junio

Solamente una visión a monolítica y autoritaria, y la cerrazón para entender su crisis histórica, evitó que el PRI buscara una salida política menos traumática, tratando de recuperar la base social perdida.

Y es que el PRI no reconoce que es la parte central de la crisis de este régimen en descomposición.

Por lo que la muy probable debacle que sufra el 1 de julio, viene de tiempo atrás. Estos últimos 10 días serán la crónica de una derrota anunciada.

Ningún partido ha tenido que cambiar tantos dirigentes como el PRI. Tan sólo antes de lanzar su candidatura, Peña Nieto hizo renunciar de la presidencia a PRI al cuestionado Humberto Moreira el 2 de diciembre de 2011. De esa fecha a la actualidad, el tricolor ha tenido cinco presidentes.

Anteriormente, durante el gobierno de Ernesto Zedillo, el partido tricolor había sufrido el cambio de siete presidentes en su dirección.

Estos cambios impuestos a la militancia y a sectores dirigentes del PRI, crearon una situación de roces y diferencias, que hoy se expresan en el poco entusiasmo (o sabotaje) de estos grupos a la campaña de Meade.

Internamente, hace años que algunos sectores venían planteando una reestructuración o organización del partido para enfrentar la crisis partidaria abierta en 1987 con la ruptura de la Corriente Democrática (encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Muñoz Ledo), y profundizada con el asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio en 1994, que había expresado diferencias con el presidente es entonces, Salinas de Gortari.

El escepticismo que existe en sectores dirigentes del PRI, que los lleva a opinar que la derrota en estas elecciones presidenciales puede ser peor que en el 2006 -cuando quedaron como tercera fuerza política-, preanuncia un ajuste de cuentas interno y la ruptura de algunos de estos sectores con el partido que siempre saboreó las mieles del poder del Estado.

Externamente, se abrió una fuerte ruptura entre los gobernados y gobernantes a partir del descontento surgido con el tratamiento del gobierno al caso de los estudiantes de Ayotzinapa asesinados en Iguala y los 43 desaparecidos. Lo que marcó el principio del fin de un gobierno insensible, autoritario, represor corrupto y entreguista que profundizó la miseria de la población.

Y donde las instituciones del Estado, actuando como Ministerio de Propaganda del Tercer Raich, gastaron millones de pesos pretendiendo imponer “verdades históricas” a la población. Una realidad distinta a la que sufre en carne propia esta población. Aquí, la estrategia de Goebbels estaba condenada al fracaso de antemano.

Incluso actualmente, la Procuraduría General de la República se niega a acatar el fallo de un tribunal federal para que reinicie las investigaciones del caso de Iguala y cree una Comisión de la Verdad y la Justicia, donde intervengan representantes de las víctimas y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, y donde no puedan participar los peritos de la PGR que alteraron la investigación del caso.

No es un problema ya de estrategias (que evidentemente fue errónea), ni de los dirigentes de su campaña. Tampoco es un problema de dinero (que están gastando a carretadas para comprar el voto a su favor). Es una dinámica de crisis que arrastra a este partido como una ola imparable. Donde hoy su objetivo central es no perder en los congresos locales más de lo que las encuestas señalan. Y es el PRI pasó de ser, el partido de la estabilidad, al partido de la inestabilidad.

Por eso, aunque José Antonio Meade -candidato externo del PRI- se hubiera deslindado del presidente Peña Nieto, su suerte estaba ya echada por representar al partido que expresa lo que más repudian todos los sectores de la población. Sin embargo, no lo hizo y el rechazo a su candidatura fue mayor aún.

Por ello, se ve ridículo cuando al terminar sus discursos (según el INE, en dos meses y medio, Meade ha realizado 207 actos y a cancelado 174), grita eufórico ¡vamos a ganar! Pero a estas alturas, es obvio que a los de ni de casa convence.

Una reorganización que sería tardía

Los gobiernos del PRI, que durante 30 años mantuvo un bajo crecimiento de 2.5 como promedio y crisis económicas y financieras como 1982, 1987 y 1994-95 -esta última llamada “efecto tequila”, que provocó una importante fuga de capitales, una devaluación que hizo que la moneda nacional pasara de 3.40 pesos a 8 pesos por dólar en una semana, con consecuencias fatales para la población trabajadora-, logró sortear sus crisis. Incluso, superó la crisis política abierta con el alzamiento zapatista de 1994 y aislar a la guerrilla chiapaneca.

Hoy, con un peso a 20 unidades por dólar, con el país militarizado, con más de 100 mil homicidios, con una cifra oficial de 34 mil desaparecidos, con cientos de feminicidios; con una crisis como la abierta con la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa; con un repudio generalizado por la abierta subordinación de Peña Nieto al Presidente Trump, el PRI entró en un proceso de erosión de pronóstico incalculable.

Algunas corrientes internas proponen la reorganización del partido; otros su refundación, en un proceso de probable vaciamiento. Donde muchos dirigentes y bases están pensando emigrar al partido de Andrés Manuel López Obrador (el Morena).

Tan sólo ayer viernes, el presidente del Comité Delegacional del PRI en Coyoacán (Pedro Adrián Chino Jaimez) anunció que más de 25,000 priístas en esa demarcación llamarán a votar por la candidata del Morena, María Rojo. Por lo cual ya fueron expulsados del PRI.

Probablemente, bajo una visión más estratégica, sectores priístas estén pensando en abonar a que el Morena sea el nuevo partido de la estabilidad.

Sin embargo, dada su composición tan heterogénea y contradictoria, el partido de AMLO, enfrenta muchas dificultades para lograrlo.






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