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El último Perón: la restauración de la Providencia

Este 1° de julio se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Juan Domingo Perón. Retomamos el debate sobre su últimos años y su retorno al país.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Miércoles 1ro de julio | 00:02

Nun había apostado por Lenin y ahora resulta que el premio mayor era Kerensky. La novela de Perón. Tomás Eloy Martínez.

El sueño chocó con la realidad. La poesía con la política. Ocurrió allá, a mediados de la década del 70, cuando el hombre del destino volvió a pisar suelo patrio de manera definitiva, tras 18 largos años de exilio.

Juan Domingo Perón retornó a la Argentina como una suerte de héroe. Para millones su regreso venía a prometer una multiplicidad de finales: el fin de los ataques constantes a sus condiciones de vida; de las persecuciones y proscripciones; de una prepotencia patronal que -sin embargo- era crecientemente contestada en la lucha de clases.

Sin embargo, aquel exiliado volvió como garantía última de la dominación capitalista. Como freno y mecanismo de control a la insurgencia social que recorría empresas, universidades, calles y barriadas populares. Como figura del orden y de una normalidad: la burguesa.

Lo hizo saber a horas de la Masacre de Ezeiza. Escoltado por López Rega, Isabel y Cámpora recordó las “Veinte verdades peronistas”. Anunció que “tronaría el escarmiento” contra los enemigos “embozados, encubiertos o disimulados”. Recitó un catecismo reaccionario, que funcionó como música celestial para las bandas armadas de ultra-derecha que el llamado Movimiento albergaba hacía tiempo. Las mismas que, 24 horas antes, habían sembrado de heridos y muertos los bosques de Ezeiza.

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Alejandro Lanusse, el último general a cargo de la (falsamente) llamada Revolución Argentina, había pronosticado que su retorno equivaldría al “fin del mito”.

El 12 de octubre de 1973, detrás de un vidrio blindado, Perón saludó a la multitud que en Plaza de Mayo acompañaba su regreso formal al poder. El cristal reforzado marcaba la distancia entre el líder y el pueblo. Aquel velo transparente encarnaba (mucho) más de lo que podía captarse a simple vista.

Al viejo líder le quedaban meses de vida. Medidos desde la historia, aquellos fueron tiempos prolíficos en acontecimientos, desengaños y traiciones.

Meses que vieron perpetuarse el Pacto Social y nacer a la Triple A. Testigos de salutaciones a Pinochet y críticas al derrocado Salvador Allende. Mostraron un Perón carnívoro, que se devoraba a sus propios hijos: aquellos que habían peleado su retorno en un imaginado camino a la Patria Socialista. Lo vieron azuzar fantasmas, denostar a “los infiltrados” y bendecir a la maldita burocracia sindical.

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“Para mí hubo un quiebre. Para mí se equivocó. Se equivocó y después había que seguir con ese estigma que te queda”. Carlos Ríos fue delegado e integrante de la Comisión Directiva del sindicato clasista de Perkins, allá por los años 1973-1975. Estuvo entre los millones de desilusionados. Entre quienes vieron como el Perón real no se parecía en nada al Perón anhelado [1]. Entre quiénes veían derruirse al mito.

Pero el hombre del destino no se equivocó. No era Lenin. Era Kerensky. Y también era un poco Kornilov. Jugó el papel que estaba destinado a jugar en aquella Argentina convulsionada por un ascenso revolucionario que llevaba casi un lustro. El de guardián del orden.

“Le rindieron honores, con los sables desenvainados. La misma gente que tiempo atrás ordenado que se castigara con la cárcel el mero uso público de su nombre y que había vetado a su partido en todas las elecciones estaba otra vez allí, abrazándolo, dando gracias a Dios por haberlo conservado saludable y entero, en condiciones de salvar a la patria” [2].

Como ocurre en nuestros tiempos, el peronismo usó y abusó del vocablo “traidor”. Si alguien tenía la potestad de decidir quien ejercía el lugar de la traición, ese era el fundador del movimiento. Ese atributo, nacido de la gloria pasada, no fue desaprovechado.

En 1966, el gran Eduardo Galeano se encontró con él en Madrid. El exiliado, muy inteligente para las metáforas y las comparaciones, desglosó: “’¿Usted sabe cómo hacen los chinos para matar gorriones? Simplemente, no los dejan posar en las ramas de los árboles. Los hostigan con palos y no los dejan posar, hasta que se mueren en el aire; les viene una crisis cardíaca y caen al suelo. Y esta gente tiene vuelo de gorrión’ (...) ‘A los traidores, a los tránsfugas, hay que dejarlos volar, pero sin darles nunca descanso. Y esperar que la Providencia haga su obra. Hay que dejar actuar a la Providencia...’. Y subrayó, guiñándome un ojo: ‘Especialmente porque a la Providencia, muy a menudo, la manejo yo’" [3].

La Providencia hizo su labor en aquellos años previos: construyó relatos y mitos. Solo para derribarlos casi de inmediato. Creó figuras y leyendas que estaban condenadas al destino de los gorriones. Desde las “formaciones especiales” y la “juventud maravillosa” al Tío Cámpora. Desde la reivindicación del Che (“era uno de los nuestros, quizás el mejor”) a la “Patria socialista”.

“Hay que cambiar de planes varias veces al día y sacarlos de a uno, cuando nos hacen falta. ¿La patria socialista? Yo la he inventado. ¿La patria conservadora? Yo la mantengo viva. Tengo que soplar para todos lados, como el gallo de la veleta” [4].

La Providencia gozó de las ventajas del exilio. La distancia entre el hombre del destino y el campo de batalla funcionó como un salvoconducto, como una garantía de que las impurezas de la política cotidiana no mancharían el uniforme o el traje. O su nombre. Mientras en el barro de la patria, el peronismo real caía y se levantaba, a miles de kilómetros, en el lejano Madrid, el autodenominado “Comando estratégico” daba consejos a propios y a ajenos.

El sueño chocó con la realidad. La poesía con la política. Pero el viejo líder empezó a chocar con la clase obrera. Esa que había protagonizado el Cordobazo y el Viborazo. Esa que protagonizaría las enormes gestas de Villa Constitución. Esa que paralizó el país allá por junio y julio de 1975, cuando Isabel y López Rega ejercían la continuidad del tercer gobierno peronista.

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El poder político y económico tembló ante la fuerza de la clase obrera y la debilidad del tercer peronismo. Bajo el imperioso peso de la crisis económica caminó hacia la puerta de los cuarteles. Las FF.AA. -con una extendida complicidad civil- protagonizaron un genocidio de clase destinado a apagar las llamas que habían prendido en el glorioso Cordobazo. Se hicieron del poder para terminar la tarea que la Providencia había empezado tiempo antes.



[1Entrevista realizada por el autor en marzo de 2018.

[2La novela de Perón

[3De la entrevista "Perón, los gorriones y la Providencia", realizada por Eduardo Galeano en 1966.

[4La novela de Perón







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