Política

ANÁLISIS/OPINIÓN

El triunfo de Cambiemos: cuando la hegemonía bien podría ser “una sensación”

Una euforia un tanto desmedida por la “ola amarilla”. Los votos, la caja y el poder real. El peronismo en estado de catarsis y la muy buena elección del Frente de Izquierda.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Viernes 27 de octubre | Edición del día

Fotos: Enfoque Rojo

El desprecio por la memoria de Santiago Maldonado emergió el domingo por la noche en el búnker del PRO. El festejo “medido” prometido a propios y ajenos se transformó en una desbordante muestra de algarabía. La euforia incluyó rabiosos aplausos a la mujer que, apenas días antes, había bromeado sobre el cuerpo del joven desaparecido tras una represión de Gendarmería.

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Cual si fuera una suerte de remake, la euforia vivida en Costa Salguero se desparramó por el cuerpo social. Los vasos comunicantes de los grandes medios y las redes sociales –donde los trolls macristas actúan laboriosamente- hicieron circular la sabia de la “revolución de la alegría”. Analistas y periodistas reflotaron el relato de la eternidad cambiemita.

La realidad, dentro de los muros del poder, parece medir mejor la vara de la realidad. El llamado del gobierno a una suerte de “Acuerdo nacional” evidencia una mejor lectura de la relación de fuerzas. Si hay que ajustar, que todos paguen el costo.

La lógica política (que muestra que el macrismo “sabe hacer política”) es, decididamente “anti-triunfalista”. Lejos de avanzar en un camino decisionista -como ocurrió tras la victoria de 2015- se intenta comprometer a todo el régimen político en una agenda que es, sin dudarlo, antipopular.

Los amigos del poder

Los casi 24 meses de gestión cambiemita han prosperado gracias a una inocultable ventaja. La lógica de la oposición patronal reproduce el movimiento de la Cinta de Moebius, donde la fortaleza del gobierno deviene de las concesiones de la oposición y estas concesiones se “explican” por la fortaleza del oficialismo.

el “kirchnerismo ordenado” de Cambiemos desplazó parcialmente al “kirchnerismo real” de Cristina

Esa intensa “vocación” negociadora de los factores de poder tiene sus razones materiales. El enorme peso del Estado nacional a la hora de otorgar recursos impone a gobernadores, intendentes y burocracias sindicales una relación de perpetua negociación. Bajo el látigo de los recursos fiscales, el macrismo recrea el lazo que el kirchnerismo forjó por años.

Un mundo de sensaciones

La campaña de Cambiemos combinó la apelación genérica al “futuro” y al “progreso”, con el rechazo recurrente al “pasado”. Un “pasado” que fue puesto en escena de manera orwelliana por la actuación calculada de la casta judicial y la gran corporación mediática. Ésta última, por semanas, combinó imágenes de los tribunales de Comodoro Py con una retahíla de falsificaciones sobre la desaparición forzada de Santiago Maldonado. Y lo sigue haciendo.

Esa colaboración mediático-judicial permitió un reparto de roles entre quienes ejecutaban el trabajo sucio y quienes hablaban (más o menos) bonito, como Macri y Vidal. Esteban Bullrich, como se sabe, no habla.

El poder político logrado este domingo por Cambiemos debería ser ubicado en el terreno de, como lo definió Andrés Malamud, la “sensación de hegemonía”. La diferencia no es menor.

La campaña del oficialismo estuvo poblada de apelaciones abstractas al “progreso individual”. Las mismas fueron lo suficientemente genéricas como para dialogar trasversalmente con diversas capas y clases sociales. Pero si el llamado voto aspiracional o el discurso sobre los emprendedores, pueden entroncar más fácilmente con sectores de las clases medias y capas altas de la clase trabajadora, no ocurre lo mismo con los sectores más empobrecidos de la población.

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En esas regiones de lo social, el “progreso” reviste otros contornos. Posiblemente lo graficó por estos días la interesante nota de Alejandro Bercovich que ilustra las nuevas formas de endeudamiento alentadas desde el poder estatal hacia los sectores populares. Allí se podría buscar parte de la explicación material de los buenos resultados de Cambiemos en el conurbano.

Esos números tampoco pueden separarse del enorme gasto en obra pública –basado en un sostenido y copioso endeudamiento- y de la relativa estabilización de la situación económica semanas antes de las elecciones. Estabilización que, consignemos, no logra impedir la continuidad inflacionaria.

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Mirando la provincia de Buenos Aires, el “kirchnerismo ordenado” de Cambiemos desplazó parcialmente al “kirchnerismo real” de Cristina. A esta altura, ya no debiera sorprender.

El límite estratégico del kirchnerismo, como ya lo señalamos, radicó en su carácter de clase

Un peronismo, mil peronismos

Ese desplazamiento hunde sus raíces en la historia reciente. Muestra que la gestión “nac&pop” sobre la pobreza estructural resultó tan limitada que hasta la CEOcracia actualmente gobernante puede ejecutar un plan similar, sin por eso tensionar su programa de matriz neoliberal.

La decisión oficial de sostener el llamado “gasto social” evidencia un aprendizaje sobre la gestión estatal. La necesidad de contención sobre los sectores más humildes equivale a sostener la estabilidad política. La idea no tiene nada de original. La “nueva derecha” se la copió al “viejo peronismo”.

La ventaja más general del oficialismo radica, como se ha abundado, en la crisis del peronismo. Una crisis que debe verse no solo en términos coyunturales.

El “techo bajo” de CFK, la candidata más votada, expresa los límites históricos del kirchnerismo en cuanto avatar del peronismo. Muestra su impotencia subjetiva para revertir la degradación de las condiciones de vida de la clase trabajadora y el pueblo pobre, conformadas durante el neoliberalismo.

El kirchnerismo en el poder, con los resortes del Estado a su favor, fue incapaz de transformar profundamente la estructura nacional. Aquellos poderes que identificó como “corporaciones” pasaron por la “década ganada” casi sin sufrir daños.

Vale entonces la pregunta ¿por qué ahora, desde el llano, podría oponer una resistencia seria al ajuste por venir? Nada indica, salvo el puro discurso, un camino en ese sentido. Vale recordar que muchos de los “traidores” que dieron gobernabilidad a Cambiemos fueron parte del oficialismo hasta diciembre de 2015.

El límite estratégico del kirchnerismo, como ya lo señalamos, radicó en su carácter de clase. Su administración del Estado, más allá de los roces con sectores del gran empresariado, fue garantía de una gestión relativamente exitosa de las ganancias del capital (¡se la llevaron en pala!). De allí que, contra todo el relato construido, no hubiera acciones destituyentes serias sino batallas parciales destinadas a negociar tajadas de la riqueza nacional.

No debería olvidarse que, pocos meses antes de la elección presidencial de 2015, en el Council de las Américas, el candidato más aplaudido por el gran capital imperialista fue Daniel Scioli. Nadie parecía ver en el ex motonauta a un potencial expropiador de sus riquezas.

Combates

El límite estratégico del kirchnerismo vuelve a replantear, en términos políticos y sociales, la cuestión de cómo enfrentar a la derecha y derrotarla.

El universo de la política no pudo ignorar el importante resultado obtenido por el Frente de Izquierda

Recordemos, para evitar lugares comunes y cierta ingenuidad, que la derecha es el gran capital concentrado; los grandes medios de comunicación; la casta judicial; los servicios de Inteligencia del Estado y, como no podía ser de otra manera, sus fuerzas represivas. Entre éstas, la Gendarmería que desapareció de manera forzada a Santiago Maldonado.

El poder social capaz se oponerse a ese entramado se concentra en la clase trabajadora, en los sectores populares y en fracciones de la juventud. Contra todo relato posmoderno (y no tanto), el amplio universo de asalariados y asalariadas sigue controlando las palancas que hacen funcionar (o no) al conjunto de la sociedad.

Se trata entonces de construir una fuerza política que exprese ese poder social, hoy enormemente limitado por el accionar de la dirigencia sindical burocrática y del peronismo como fuerza política.

Trotskeándola

El universo de la política no pudo ignorar el importante resultado obtenido por el Frente de Izquierda a escala nacional. Los intentos de borrar a esa fuerza en el tramo final de la campaña resultaron infructuosos. Votaciones como las obtenidas en Jujuy o Mendoza evidenciaron un fuerte arraigo en amplias capas de los trabajadores y la juventud.

En la provincia del norte, lo que ya fue bautizado como Vilcazo, volvió a mostrar un fenómeno profundo y revulsivo en términos de clase. “Estamos mostrando que los trabajadores podemos hacer política”, ilustró el diputado electo.

Ese peso de la izquierda en el escenario nacional, como ya se había escrito constituye parte de los elementos que deben ser mensurados a la hora de medir el escenario político. Dejarlo de lado en los análisis no solo resulta interesado sino también erróneo.

En los marcos impuestos por la crisis del peronismo y por la ofensiva oficialista se trata, como fue señalado por Christian Castillo, de aprovechar el capital político conquistado en el camino de construir una fuerza política que verdaderamente sirva a los explotados para enfrentar y derrotar a la derecha.

El trotskismo, hoy expresado políticamente en el Frente de Izquierda, suma a su rol activo en la lucha de clases en los años recientes, una perspectiva estratégica en ese sentido.

¿La trostkeamos?








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