Sociedad

OPINIÓN

El trabajador social en Argentina y su relación con los derechos humanos

Viernes 11 de diciembre de 2015 | Edición del día

El día 14 de Abril de 2012 la Federación Argentina de Asociaciones Profesionales de Servicio Social resolvió fijar el Día Universal de los Derechos Humanos como el “Día del Trabajador Social en Argentina” pensando a los Derechos Humanos como el horizonte que da sentido a la práctica, el eje central del proyecto ético–político del colectivo profesional. Esto es algo sumamente importante.

Anteriormente los Trabajadores Sociales celebraban su día el 2 de Julio, fecha de origen religioso, establecida en 1961 en conmemoración al Día de la Visitación de la Virgen María a su prima Santa Isabel. Esta relación no es casual, se debe a que la profesión nació y se desarrolló fuertemente vinculada a la religión católica y a las prácticas benéficas y caritativas de las damas de sociedad.

Actualmente y desde hace tiempo, el Trabajo Social se identifica cada vez más con personas luchadoras, comprometidas con la transformación de la realidad que las rodea y la defensa de los Derechos Humanos.

Para mencionar algunos de los muchos ejemplos:

Lucía Cullen era estudiante de Trabajo Social, militaba en la Villa 31 junto con el Padre Carlos Mugica. Fue secuestrada, torturada y desaparecida en 1976 por la última dictadura militar.

Laura Iglesias era Trabajadora Social y se desempeñaba en el Patronato de Liberados de la Provincia de Buenos Aires. En el año 2013 fue violada y asesinada en el marco de su trabajo. Sus familiares y compañeras denuncian que el crimen se vincula con las condiciones de vulnerabilidad y precariedad en las que los/las trabajadores/as realizan su tarea cotidianamente y también piden que se separare a la Policía Bonaerense de la investigación por su estrecha vinculación con lo ocurrido.

Los Trabajadores Sociales nos sentimos cada vez más lejos de ser “buena gente”. Como dijo el Che Guevara respondiendo a una compañera cubana que se quejaba de un camarada del Partido Comunista que hacía controles obsesivos y era demasiado exigente: “Yo no quiero que nadie diga aquí que fulano es buena gente. Porque, señores, casi siempre los buena gente, no son buenos revolucionarios. Para ser buena gente, hay que dejar hacer y deshacer. Los que no exigen, los que no discuten los problemas, los que no controlan, los que no depuran responsabilidades, a los que les importa lo mismo cumplir que no cumplir, a los que no les duelen los problemas, los que no tienen hígado y les importa poco todo, son los buena gente. Y los revolucionarios, señores, son los que, al revés de los buena gente: discuten, controlan, depuran, cumplen, tienen sensibilidad y les duelen los problemas hasta el hígado”.







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