Cultura

RESEÑA

El salto de papá

"El salto de papá", de Martín Sivak fue uno de los más leídos del 2017. Un análisis del libro y de las discusiones alrededor del partido comunista.

Lunes 5 de febrero | Edición del día

“Cuando un barco sufre una catástrofe, los que se salvan (…) no son los más fuertes ni los más valientes: los que primero se salvan son los pasajeros de primera clase” –León Trotsky

El barco fue su vida. Su cuerpo estaba en primera clase, pero su consciencia se encontraba aterrorizada en la bodega. Banquero y comunista, o más bien, ideológicamente afín al comunismo pero en su práctica un empresario, “Jorge Néstor Sivak, argentino, clase 1942, abogado”, como lo presenta formalmente su hijo, condensa una contradicción que se saldó con el suicidio, saltando de un piso dieciséis de una vida que “daría para un guión cinematográfico”.

Este curioso personaje que lideró el banco Buenos Aires Building y a su vez se pronunciaba a favor de nacionalizar la banca es la fuente de inspiración para la biografía El salto de papá de Martín Sivak, autor de Clarín, el gran diario argentino: una historia, quien describe los episodios de la vida de su padre con la honestidad y la crítica de un espejo que refleja el anverso y reverso de una moneda que mira a derecha e izquierda a la vez.

Quizás por este motivo la narración de El salto de papá no tiene las características de una biografía cronológica, que podría trasladarse desde la llegada de los primeros Sivak a Basavilbaso hasta el suicidio de Jorge Sivak, los 100 años que van desde 1890 hasta 1990 o de Rusia y Europa del Este hasta el piso dieciséis frente a un hotel en el centro de Buenos Aires. Por el contrario, la narración va y viene en su historia, acompañando a los viajes de su autor, a veces con datos duros, a veces con anécdotas o recuerdos difusos, pero con el eje puesto siempre en su padre.

Un libro que a su vez es la reconstrucción de una particularidad histórica, un intento de respuesta a la pregunta “¿por qué papá se tiró por la ventana y nos dejó huérfanos?” de su autor. Si el barco se hunde, ¿por qué se hundió con él, el que estaba en primera clase, el empresario dueño del barco? El texto es un intento de duelo pero también es una pregunta de toda la humanidad: ¿por qué alguien se suicida? Una muerte “extrema” a la que no le “bastó las particularidades incontables de su vida”. Con varias hipótesis y una vida llena de enigmas.

Es que el suicidio –señala Trotsky- se trata en especial de la falta de salida del conflicto entre el individuo y las condiciones externas. El individuo no elige dichas condiciones ni las crea a su antojo. Allí donde la existencia cotidiana se vuelve dueña de su voluntad individual y su razón, el pensamiento “exhausto y sin hallar salida, comienza a agitarse como un pájaro herido, allí el suicidio debe adquirir naturalmente un carácter epidémico”.

Esas condiciones externas en Jorge Sivak fueron la herencia empresarial de su padre Samuel, “piedra fundamental del imperito Sivak”, en base a su relación con el Partido Comunista, y la de su madre, la “pureza y la fuerza ideológica”, una odontóloga comunista que para él representaba “la hoz y el martillo”. Dos padres, dos intereses encontrados, que lo llevaron a transformarlo en banquero y hombre de negocios los últimos cuatro años de su vida a pesar de sostener sus antiguas ideas. “No sé si quiso serlo, pero en los hechos no consiguió evitarlo”, expresará el autor del libro.
Pero también este ´texto muestra que las condiciones externas fueron producto de los zigzags políticos del Partido Comunista, que operaba en base a una… “no consciencia, sino una voluntad que va para adelante”, como Sivak le dijo alguna vez a Sciarretta al discutir de estrategia. Es que para el partido en el cual hacían cursos donde discutían la teoría de Marx y Engels, la lucha se daba en una alianza entre la clase obrera y la burguesía nacional, un pretendido frente “democrático, antiimperialista y antioligárquico” entre trabajadores y sus propios verdugos. Por esta razón, esta obra no es una obra solamente de Samuel Sivak, ni de Jorge, ni de Martín, ni siquiera de la familia Sivak, sino un ejemplo particular de una profunda confusión de un partido que se autoreivindicaba revolucionario, que pretendía luchar por la clase obrera, pero que por su lógica heredada del Moscú estalinista terminaba siendo reformista y luchando por “Frentes Populares”, llegando así al desabarranque de su apoyo “táctico” a Jorge Rafael Videla. Sivak “pensaba que en las Fuerzas Armadas existían fracciones, personas, con las que había que convivir, relacionarse e incluso comer asados”, y así también lo hacía el Partido Comunista. Su idealismo era solo “una voluntad que va para adelante”, a lo cual Sciarretta respondió: “pero una voluntad consciente”. Es que el libro también tiene respuestas con sabor a contradicción.

En esas contradicciones se mueve su barco. Viajó desde su militancia en la Fede en su juventud, pasando por el PCR, las FAL (de las que “muy rara vez hablaba”), sus detenciones, hasta arribar a su vida como empresario junto a la inmobiliaria Buenos Aires Building. Y en todos esos acontecimientos se ve su exótica conexión con la realidad nacional e internacional, compartiendo momentos de su juventud con el Che y ya siendo empresario con Lanusse, estando preso en Villa Devoto conviviendo con peronistas, en donde “se destacaba José Pedraza”. “Se sentó con ministros, el jefe de la Policía, generales, políticos, embajadores, periodistas y empresarios”. De reunión en reunión, se revelan hasta intrigas militares como la presión a Alfonsín en manos de los carapintadas.

Pero también tuvo giros bruscos, dos icebergs que se cruzaron en su viaje: la desaparición de su mejor amigo y compañero, el Colorado Jorge Treste y el secuestro y asesinato de su hermano Osvaldo. Dos icebergs que pudo esquivar pero al costo de no ver que el barco se hundía por otras razones. La culpa lo cegaba. La empresa Sivak, casi como una metáfora del capitalismo, creó su propio sepulturero: un hijo que llevaba adelante negocios que no se pueden denominar de otra manera que el popular “bizzarre” (como su intento de exportar Pumper Nic a Polonia) y que llevaron a su desbarranque, y así, a la extinción de su propia razón de ser. “Su banco prestaba mal y cobrara peor”, dirá su hijo. Y así como los desocupados caen en la tentación de quitarse la vida por ser los trabajadores que no necesita el capitalismo, caen también los que no pueden soportar la humillación propia y ajena: Sivak sentía orgullo por sus años detenido por su militancia revolucionaria y no quería caer preso por sus negocios cuando su empresa entró en crisis. “Son débiles -afirmará Trotksy-, ni que decir tiene, pero esta debilidad suya no es personal, no está condicionada por la estructura de sus músculos o de los tejidos nerviosos, sino por la época”. La época y las situaciones lo movieron a ponerse una proeza contradictoria e imposible: dirigir un barco hacia dos direcciones distintas. Su debilidad era inevitable.

Este es un libro de una vida caótica y de una particular tragedia social. “…tomó la decisión final no contra nadie en particular, sino debido a una sociedad, que como un monstruo mitológico, se solaza en tragarse a sus hijos más talentoso y más valiosos”, escribirá un amigo suyo. Quizás la persona que estaba sentada en primera clase en ese barco que se hundió, si bien podría haber sobrevivido, se hundió junto a su valioso idealista que viajaba en la bodega de la sociedad.








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