Cultura

RESEÑA

El romanticismo como herramienta para construir paralelismo

Con la nueva edición de la Feria del Libro como excusa, nos proponemos revivir “Siete y el Tigre Harapiento”, la primera novela de Leonardo Oyola, uno de los nuevos escritores más importantes de la última década.

Miércoles 9 de mayo | Edición del día

Ambientada en la Buenos Aires de 1897, a pocos meses de que Julio Argentino Roca asuma como presidente de Argentina por segunda vez, Siete y El Tigre Harapiento es la primera novela de Leonardo Oyola. De primera mano, el argumento parece sencillo: la historia de una banda de mafiosos –La Orquesta del Gato Cabezón–, que funciona como una suerte de brazo armado del Partido Autonomista Nacional (el ente que gobernó el país desde 1880 hasta 1916), y de cómo un particular inspector de policía debe investigar una serie de asesinatos presuntamente cometidos por este grupo. Pero, a diferencia de muchas novelas policiales clásicas (como la saga Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, e inclusive Variaciones en Rojo de Rodolfo Walsh), en este caso es casi imposible lograr adivinar el asesino a lo largo del relato. El narrador se dedica, de forma magistral, a establecer pistas falsas.

Si bien la prosa no es compleja, en los diálogos entre los personajes puede observarse un intento por parte del autor de imitar lo mejor posible la forma de hablar de esa época, con expresiones como “estaba en gayola”. Pero, sobre todo, el lenguaje utilizado, desde los títulos de los capítulos, los nombres de los personajes e inclusive el de la novela, está plagado de referencias, ya que, por ejemplo, los trece capítulos son las trece canciones del disco “The Wedding Album” de la banda inglesa Duran Duran. Podría decirse, entonces, que el romanticismo, la corriente surgida a fines del siglo XVIII que busca resaltar las pasiones del ser humano como mayor expresión artística, es el leit motiv que acompaña toda la novela. Y, además, acompañan ese desafío implícito que enfrenta todo autor que escribe sobre el pasado de su país: establecer, aunque sea de un modo inconsciente, su visión sobre la política actual, utilizando el pasado como referencia y excusa. Si bien Oyola escribió esta novela en 2004, los paralelismos siempre pueden trazarse.

“A su manera, el Tigre Harapiento es un romántico incurable”, dice el inspector de policía Raúl Vals sobre Simón Lebón. Es en este personaje donde se logra conjugar al máximo el romanticismo de la obra: un matón “muy inteligente y también nostálgico”, como se lo describe en uno de los tantos diálogos del detective con su superior. Y no es para menos: El Tigre, en el relato, se enfrenta a que su amada se case con otro. Pero, además, funciona como una herramienta para generar aún más referencias, en este caso intertextuales: “¿Cómo es capaz de no quererme, si yo le ofrecí un Mompracem?”, le pregunta Lebón a su amada Perla de Labuán. Aquí, Oyola demuestra que su Tigre Harapiento no es otro que Sandokán, aunque no es un príncipe renegado como el malayo protagonista de las novelas de Emilio Salgari: “Yo no vengo de esa parte de Tigre, el Tigre de los bacanes; yo soy del Tigre harapiento”, le dice un joven Lebón a un capitán de barco, en una de las descripciones que hace Vals sobre el protagonista.

A lo largo de la novela pueden observarse, principalmente en los diálogos, una gran cantidad de referencias a la actualidad de la época. Leandro N. Alem, Bartolomé Mitre, Roca, José Evaristo Uriburu y tantos otros personajes, muestran que el autor busca generar esa cotidianeidad en los diálogos para representar el presente. Y, por qué no, para distraer al lector de las pistas del asesino. La trama de una política corrupta, en un período de la historia en que las elecciones estaban arregladas, genera que el lector por momentos deje en un segundo plano esos asesinatos en un principio inconexos. El paralelismo vuelve a jugar un rol sumamente importante en uno de estos crímenes: el joven asesinado que se menciona en la novela no es otro que Tomás Sambrice, un muchacho que baleó a Roca y, a pesar de que el presidente lo disculpó en público, apareció asesinado.

En esta novela, el autor recurre a la metonimia para representar a los personajes. Les da características de animales, ya sea de forma explícita (como en el caso del Tigre o del subcomisario Gallo), o implícita. Y cada personaje cumple a la perfección el rol de animal que le toca. Pero el inspector Vals va más allá, y en uno de los momentos más tensos de la novela sostiene: “¿Y qué es un hombre, señor Lebón, a fin de cuentas? ¿No es acaso un animal de hábitos?”. Este recurso, a su vez, sirve para representar ese clima de época, que muy bien logra sintetizar la profecía recibida por uno de los matones de La Orquesta: “El que a hierro mata, a hierro muere”.

En conclusión, podría decirse que en Siete y el Tigre Harapiento, Oyola logra hacer frente a esa dificultad que enfrenta un autor que se propone escribir sobre el pasado de su patria. La conexión que se establece entre 1897, con un Roca muy fortalecido que logra derrocar al presidente Carlos Pellegrini, mandar sobre el nuevo presidente Uriburu y asumir nuevamente en 1898, está dada por la corrupción: las elecciones arregladas de ese entonces se traducen en la crisis política post 2001, momento en el cual las clases políticas carecen de legitimidad popular. Entonces el autor logra representar, a través de herramientas que evocan al romanticismo, un paralelismo entre el contexto en el cual produce la obra y la época en la cual transcurre el relato.







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