Política México

ELECCIONES 2018

El riesgoso cambio de estrategia del PRI contra Anaya

Hoy el “peligro para México” es el derechista Ricardo Anaya y no el centro-izquierdista Andrés Manuel López Obrador. ¿Qué expresa este abrupto cambio en la guerra electoral que seguramente repercutirá en el sistema político mexicano y en la vida nacional?

Miércoles 7 de marzo | 14:24

Desde un principio era sabido que los partidos que acordaron el Pacto por México contra las masas trabajadoras, tienen intereses en común que los unifican en contra de Andrés Manuel López Obrador. Y es que consideran que el político tabasqueño podría alterar, así fuera ligeramente, los niveles de entrega del país al capital extranjero –fundamentalmente el estadounidense– y retrasar la aplicación de las reformas estructurales echadas a andar. Eso, además de alentar las expectativas en grandes sectores de masas de que se puede cambiar el catastrófico estado actual de cosas.

También era sabido que el candidato del PRI no podría remontar el tercer lugar en el que está, al representar al más desprestigiado y debilitado gobierno de los últimos años; por lo que existía una idea común de que, en última instancia, el PRI y el PAN podrían aliarse –arrastrando al cada vez más derechizado PRD–, para evitar que el Morena emergiera como el partido que se instalara en Palacio Nacional.

En esas páginas decíamos que lo que menos le interesaba al PRI, al PAN –y al PRD–, era ir a un choque de trenes en medio de tanta crisis de legitimidad del gobierno y crisis de representación de los partidos pilares del régimen. Pues tal polarización podía abrir una situación de inestabilidad política, perjudicial para los intentos de recomponer el maltrecho régimen de “la alternancia”. Pero la debilidad estructural del PRI lo llevó a ir más allá de sus deseos.

Crisis de legitimidad

Tan sólo el diario Reforma daba hace unos días un 32% de preferencia a AMLO; a Anaya un 25%, mientras a Meade sólo 14 %. En tanto que Mitofsky da a AMLO un 27%, y a Meade un 9%.

Además, según las apreciaciones mayoritarias, el PRI va a una debacle en casi todos los estados en donde se eligen senadores y diputados federales. Y en ocho de nueve gubernaturas, va en tercer, e incluso cuarto lugar.

Por eso decimos que no es cualquier cambio de estrategia del PRI y de Peña Nieto, sobre todo, sabiendo que conlleva el riesgo de beneficiar a AMLO que así llegaría sin muchas dificultades a la presidencia. Es una la gran crisis del PRI, sobre todo porque ahora intenta hacer algo parecido al desafuero que Fox intentó contra López Obrador en el 2005; sólo que ahora se lo aplica a la derecha, a un partido que comparte mucho el programa y la ideología del PRI.

Brusco cambio de dirección

En mucho, el cambio de estrategia original –apuntar todas las baterías contra el ejército de AMLO para imponerle una gran derrota o dejarlo muy maltrecho y seguir definiendo los planes políticos entre el PRI y el PAN, y como cómplice el PRD–, tiene que ver con el evidente fracaso de la campaña de José Antonio Meade, que no convence ni a propios ni a extraños; y no sólo no avanza, sino que retrocede en las preferencias.

Y no es que Meade vaya a la guerra sin fusil –más allá de su discurso que no entusiasma a nadie–, su pesado armamento se miden en metálico y en complicidades institucionales. Sucede que Meade significa para muchos la continuidad del odiado PRI; es el candidato del hartazgo. Representa a un partido cada vez más en crisis, e impotente para salir adelante en esta carrera electoral que, para el tricolor, decide su destino como partido.

La campaña electoral muestra la debilidad estructural del PRI, y al mismo tiempo, se avizora el fin de un aparato político-electoral, que fue hegemónico durante décadas e imponía las reglas del juego impunemente. Por eso, cuando hablamos de la tremenda crisis del PRI, lo hacemos para mostrar lo que implicaría la probable casi extinción del partido que ha garantizado la estabilidad política del país durante décadas.

Al reconocer (la cúpula) que ya no queda nada de aquel partido que nació representando al gobierno y al “régimen de la revolución”, su política es cada vez más pragmática y a la defensiva, y por eso es peligrosa. El PRI representa el más duro autoritarismo y tiene los medios del estado para una salida reaccionaria.

Una aventurera maniobra estatal contra Anaya

Al considerar el PRI que la batalla directa contra AMLO no funcionará como en las pasadas elecciones en el Estado de México, sino que al contrario, desgastará al PRI en una carrera sin posibilidades, su objetivo ahora es lograr el segundo lugar, y desde ahí disputar la presidencia con todos los medios a su alcance (materiales, económicos y políticos). Es decir, un “empate técnico” que le permita imponerse aparentando legitimidad. Ya Meade y sus voceros están diciendo que el candidato priísta está alcanzando a Ricardo Anaya. Y como parte de esta política, algunos diarios oficialistas afirman que hasta está alcanzando a López Obrador. Suena muy poco serio, pero el PRI no tiene de dónde escoger.

La impotencia del PRI es cada vez más manifiesta. Todas sus acusaciones contra el panista Anaya –que sí se ha enriquecido “inexplicablemente”– suenan al conocido dicho “¡al ladrón, al ladrón!”. Busca desacreditarlo para justificar todo el peso del Estado sobre él para sacarlo de la jugada, y entonces mostrar que, al ser la lucha sólo entre el PRI y el Morena, de “ganar” el PRI, es porque habría bases “objetivas” para ello.

El fantasma de Calles se retuerce en Insurgentes Norte

El que pudo ser un evento político para relanzar la campaña de José Antonio Meade y unificar al priísmo ninguneado con su candidatura, resultó ser un factor de riesgo.

El desprestigio de Peña Nieto lo obligó a abstenerse de asistir a la celebración del 89 aniversario del partido que fundara Plutarco Elías calles. La presencia del “primer priísta del país” en el edificio del PRI, hubiera sido un pesado y oneroso lastre para su candidato. Donde además, poco había que celebrar después de haber perdido en el 2016, siete gubernaturas de 12 en disputa, y reteniendo sólo con chanchullos el Estado de México y Chihuahua.

Sin embargo, tampoco animó a los convocados que el candidato Mead -un ex funcionario del panista Calderón e hijo de un priísta-, encabezara dicho festejos, habiéndose declarado como no militante priísta para que el desprestigio de este partido no lo afectara.

Con Peña Nieto en caída y un candidato que se ve tan ajeno al partido, da la impresión de que las bases priístas no comparten el desbordante "optimismo" de sus dirigentes, pues saben todo lo que pueden perder en estas elecciones.

Seguramente, el fantasma del fundador sonorense tampoco.






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