Cultura

REVOLUCIÓN RUSA DE 1917

El regreso de Trotsky a Rusia

El 18 de mayo (5 según el calendario juliano), Trotsky regresa a Rusia desde su exilio en Nueva York, luego de un largo peregrinaje.

Gabriela Liszt

@gaby_liszt

Miércoles 18 de mayo de 2016 | Edición del día

Salió de su exilio en Nueva York luego de la Revolución de Marzo (Febrero) de 1917 con el objetivo de intervenir en el proceso revolucionario que ya había logrado la caída del zar pero había entregado el poder a sectores ligados a la monarquía y a la incipiente burguesía. Partió convencido que el Partido Bolchevique bajo la dirección de Lenin era el partido que podía dirigir la revolución inconclusa, llevando a los trabajadores al poder para iniciar la dinámica socialista.

Rápidamente (una vez aprobado por el Consulado ruso en Nueva York) partió con su familia en un barco noruego. Sin embargo el viaje no iba a estar exento de percances (como le solía suceder a Trotsky). La policía inglesa en Halifax (Canadá) lo hizo bajar de la embarcación y lo envió, el 16 de abril, a un campo de concentración. Durante cerca de un mes entabló allí relación con gran parte de los ochocientos prisioneros, especialmente los marineros alemanes, ganando su simpatía por la revolución al enterarse que era un socialista revolucionario. Publicamos extractos del relato de su experiencia en Mi vida, “En Petrogrado” (Obras Selectas 2, Ediciones CEIP-IPS, 2012):

“El viaje de Halifax a Petrogrado nos dejó la impresión de que estábamos en un túnel. Efectivamente estábamos en el túnel que llevaba a la revolución. (…)

En Bieloostrov nos recibió una delegación de los internacionalistas unificados y del Comité Central de los bolcheviques. (…) Entre los bolcheviques, estaba Fedorov, un obrero metalúrgico, elegido poco después presidente de la sesión obrera del soviet de Petrogrado.

Antes de llegar a Bieloostrov supe, por un periódico ruso recientemente aparecido, que en el gabinete del gobierno provisional de coalición habían entrado Chernov, Tseretelli y Skobelev. Con esto, para mí quedaba perfectamente definida la ubicación de los grupos políticos. Desde el primer día comprendí que era necesario combatir definitivamente a los mencheviques y los narodniki en alianza con los bolcheviques.

En Petrogrado (…) hablé de la necesidad de preparar la segunda revolución que esta vez sería la nuestra. Me alzaron en hombros y me acordé de Halifax, donde me había visto en una situación semejante. Pero ahora eran brazos amigos los que me levantaban. Estábamos rodeados de banderas. Miré el rostro emocionado de mi mujer y los rostros pálidos e inquietos de mis hijos que no sabían si estaba bien o mal que me llevaran así, pues la revolución ya los había decepcionado una vez. (…)

Apenas salí de la estación, empezó para mí esa vorágine en que los hombres y los episodios desfilan rápidamente, como los maderos arrastrados por el torrente. Los grandes acontecimientos son pobres en recuerdos personales; es el recurso que tiene la memoria para resguardarse de un agobio excesivo. (…) Los bolcheviques propusieron incluirme entre los miembros del Comité Ejecutivo, en calidad de ex presidente del Soviet de 1905. Esto produjo cierta confusión. Los mencheviques se pusieron a cuchichear con los narodniki. Por entonces, tenían la aplastante mayoría en todos los organismos de la revolución. Se acordó admitirme con voz consultiva. Me entregaron mi carnet de miembro del comité junto con un vaso de té y pan negro.

No solamente nuestros hijos, sino mi mujer y yo, nos admirábamos al oír hablar ruso por las calles de Petrogrado y ver en las paredes los afiches escritos en ruso. Habíamos dejado la capital hacía diez años, cuando el niño mayor [León Sedov, NdE] tenía apenas un año de edad y el pequeño había nacido en Viena.

En Petrogrado había una guarnición gigantesca pero ya totalmente desmoralizada. Se veían pasar grupos de soldados cantando himnos revolucionarios con cintitas rojas en el pecho. Aquello parecía inverosímil, un sueño. Los tranvías iban abarrotados de soldados. En algunas grandes avenidas, las tropas seguían haciendo la instrucción. Los soldados se arrojaban cuerpo a tierra, desfilaban en columna, se volvían a arrojar. Detrás de la revolución se alzaba todavía el monstruo gigantesco de la guerra, proyectando su sombra sobre ella. Pero las masas ya no creían en la continuación de las hostilidades y parecía como si siguieran haciendo la instrucción simplemente porque se habían olvidado de interrumpirla. La guerra ya había entrado en el reino de lo imposible, cosa que no eran capaces de comprender no sólo los cadetes ( ), sino los mismos líderes de la denominada ‘democracia revolucionaria’. Tenían un miedo terrible de soltarse de las faldas de la Entente. (…)

Después de las Jornadas de Julio, de las que hablaremos más adelante, las calumnias contra los bolcheviques inundaron las calles de la ciudad. Fui detenido por el gobierno de Kerensky, y a los dos meses de regresar del extranjero, ingresaba en la cárcel de Kresty, que ya conocía bien. (…)

Lenin y Trostky con soldados de Petrogrado

Cuando me soltaron de la prisión de la ‘democracia revolucionaria’ nos instalamos en un pequeño cuarto que alquilaba la viuda de un periodista liberal en una mansión burguesa. Los preparativos para la Revolución de Octubre se llevaban adelante activamente. Me eligieron presidente del Soviet de Petrogrado. Mi nombre se daba a conocer en todos los periódicos de todas las maneras posibles. En la casa en que vivíamos, nos cercaba un muro de hostilidad y de odio. Ana Ossipovna, nuestra cocinera, sufría los ataques de las mujeres cuando se presentaba a buscar pan en el Comité Domiciliario. Mi hijo era perseguido en la escuela, donde lo llamaban “el presidente” haciendo alusión a su padre. A mi mujer, cuando volvía a casa, después de haberse pasado el día trabajando en el Sindicato de obreros de la madera, el portero la miraba con odio. Subir las escaleras era un suplicio. La señora que nos había alquilado el cuarto estaba preguntando por teléfono constantemente si aún no le habíamos roto los muebles. Queríamos mudarnos, ¿pero adónde? No había un cuarto libre en todo Petrogrado. La situación cada día era más insostenible.

De pronto, un buen día –lo fue de verdad– cesó el bloqueo doméstico, como si una mano invisible y poderosa lo hubiera barrido. El portero empezó a saludar a mi mujer con ese saludo que los porteros reservan para los inquilinos más influyentes. En el Comité Domiciliario nos entregaban la ración de pan sin amenazas ni demoras. Ya nadie se atrevía a cerrarnos la puerta en las narices.

¿A quién debíamos todo esto? ¿Quién había sido el mago?

Fue obra de Nikolai Markin. Es necesario hablar de él, pues gracias a él –a la figura colectiva de Markin– triunfó la Revolución de Octubre.

Markin era un marinero de la flota del Báltico, artillero y bolchevique. No se mostró enseguida tal cual era. No tenía carácter para pavonearse. Tampoco era orador, tenía problemas de dicción. Además, era un hombre tímido y retraído, como alguien que ha sufrido represión en su fuero íntimo. Pero este hombre estaba hecho de una sola pieza y de un buen “material”. Yo no tenía noción de su existencia y ya había tomado bajo su custodia a mi familia. Trabó amistad con mis hijos, a quienes les había ofrecido té y butterbrots en el Smolny (2); y siempre les tenía preparada alguna pequeña alegría en aquellos tiempos en las que no abundaban. Discretamente, venía a ver cómo marchaban las cosas en casa. Por los muchachos y por la cocinera, supo que vivíamos rodeados de enemigos. Inmediatamente, se presentó ante el portero y el Comité Domiciliario y según parece, no fue solo sino con un grupo de marineros. Y debió emplear argumentos convincentes porque el panorama cambió radicalmente a nuestro alrededor. En la casa burguesa en la que vivíamos se implantó la dictadura del proletariado antes de que triunfase la Revolución de Octubre. Un tiempo después nos enteramos de que todo aquello se lo debíamos a un marinero de la flota del Báltico, amigo de los muchachos. (…)

Era necesario crear un periódico nuevo y acudí a Markin. Este desaparecía, se ocultaba, hacía las diligencias necesarias, conversaba con los tipógrafos y a los pocos días pudo aparecer nuestro periódico. Lo llamamos Rabotchii i Soldat [El Obrero y el Soldado]. Markin se pasaba los días y las noches en la redacción solucionando todo.

Durante las jornadas de Octubre esta figura sólidamente construida, con su cara morena y ceñuda, surgía siempre en los sitios más peligrosos y en los momentos en que más se lo necesitaba. Sólo venía a verme para decirme que todo iba bien o para preguntarme si necesitábamos algo. Su experiencia crecía: se estableció la dictadura del proletariado en toda la capital.

El hampa empezó a asaltar las cavas y bodegas de licores de la ciudad y de sus palacios, abundantemente provistos. Era indudable que este peligroso movimiento estaba dirigido por alguien que deseaba prender fuego la revolución con las llamas del alcohol. Markin enseguida vio el peligro y se lanzó a la batalla. Organizó la defensa de las bodegas y donde no era posible, las destruyó. Con sus botas de caña, estaba metido hasta las rodillas en un lago de vinos finos mezclado con cascos de vidrio que corría en arroyuelos hacia el Neva, entre la nieve. Los borrachos tomaban grandes tragos de las alcantarillas. Markin luchó, revólver en mano, por librar a nuestro Octubre de la plaga de la embriaguez. Por la noche, empapado en vino, despidiendo un aroma delicioso de las mejores marcas, volvía a casa, donde lo esperaban ansiosamente dos muchachitos. Markin repelió la ofensiva impulsada por la contrarrevolución mediante el alcohol.

Cuando me encomendaron el Comisariado de Asuntos Extranjeros, parecía imposible abordar la tarea. Todo el personal del ministerio, desde los altos empleados hasta las mecanógrafas, saboteaba al nuevo ministro. Los armarios estaban cerrados y las llaves no aparecían. Llamé a Markin, que conocía el secreto de la acción directa. Dos o tres diplomáticos fueron encerrados durante veinticuatro horas y al día siguiente ya tenía las llaves en su poder. Fue a buscarme para entregármelas y para que lo acompañara al ministerio. Yo estaba en el Smolny muy ocupado con tareas más generales de la revolución. Markin se convirtió provisoriamente en ministro de Asuntos Extranjeros sin tener el título. Pronto desenredó a su manera el mecanismo del comisariado y lo empezó a depurar con mano firme, echando a diplomáticos aristócratas y bribones, reorganizando la cancillería. Confiscó para los hambrientos los víveres que venían de contrabando en las valijas diplomáticas. Hizo una selección de documentos secretos de mayor interés y los publicó en forma de folletos, bajo su responsabilidad y acompañados de notas explicativas de su puño y letra. Markin no tenía título académico e incluso escribía con algunas faltas de ortografía. Sus notas sorprendían por lo inesperadas. Pero, en general, Markin como diplomático daba certeramente en el clavo. (…)

Comenzó la guerra civil. Markin llenaba las brechas, que eran muchas. Se ocupó de instaurar la dictadura del proletariado bastante lejos, en el este. Markin comandaba una de las flotillas del Volga y expulsaba al enemigo. Aunque supiera que Markin se encontraba en un lugar peligroso, por desamparado que estuviera este sitio, me quedaba tranquilo. Pero llegó su hora. En el Kama, una bala enemiga derribó a Nikolai Georgevich Markin e hizo flaquear sus firmes piernas de marino. Cuando recibí el telegrama informando su muerte, fue como si se derrumbara una columna de granito ante mí. (…)

Y este tierno amigo, que abría su alma a los niños, era un viejo lobo de mar, un revolucionario de cuerpo entero y un héroe de verdad, como en los cuentos más maravillosos. ¿Era posible que estuviese muerto, ese mismo Markin que en los sótanos del ministerio nos había enseñado a disparar el revólver y la carabina? Aquella noche, cuando llegó la siniestra noticia, dos cuerpecitos de niño se estremecieron durante mucho tiempo debajo de las mantas. La madre, sola, escuchó sus llantos inconsolables.

Mi vida transcurría en un torbellino de reuniones. Cuando llegué a Petrogrado todos los oradores revolucionarios que encontré estaban roncos o completamente afónicos. La Revolución de 1905 me había enseñado a cuidar mi voz. Por eso, más o menos, logré permanecer en el puesto. Mítines en las fábricas, en las escuelas, en teatros y circos, en las calles y en las plazas pública... Volvía a casa agotado después de medianoche y entre una vigilia agitada encontraba los argumentos más eficaces contra nuestros adversarios políticos; a las siete de la mañana, y algunos días más temprano aún, ya sonaban en la puerta de mi cuarto aquellos golpecitos antipáticos e insoportables que venían a sacarme de la cama. Algunas veces me llamaban a un mitin de Peterhov; otras veces, eran los marineros de Kronstadt los que venían a buscarme en una embarcación a motor para llevarme con ellos. Siempre me parecía que no estaría en condiciones de darle a la reunión el impulso necesario. Pero no sé qué reservas del sistema nervioso se revelaban entonces; hablaba una hora, a veces dos y mientras hablaba me rodeaban delegaciones de distintas fábricas o de otros barrios. Resultaba que en tres, cuatro o cinco lugares me esperaban miles de obreros una, dos y tres horas ¡Qué resistencia tenían las masas, ya despiertas, en aquellos días para esperar las nuevas palabras!

Las reuniones en el Circo Moderno (3) presentaban un interés especial, no sólo para mí sino para mis adversarios. Estos consideraban el Circo como mi trinchera, y ni siquiera intentaban hablar. Por el contrario, cuando yo atacaba a los conciliadores en el soviet, me gritaban:

– ¡Usted no está en el Circo Moderno!

Esta frase se había convertido en una especie de muletilla. Yo solía hablar en el Circo por las tardes y a veces por la noche. El público se componía de obreros, soldados, laboriosas madres de familia, adolescentes de la calle, la gente más oprimida de la gran ciudad. No había espacio libre, la gente se apretujaba. Los niños se subían a los hombros de sus padres. Los bebés succionaban el pecho de sus madres. Nadie fumaba. Parecía que las galerías iban a hundirse de un momento a otro por la sobrecarga. Para llegar a la tribuna, tenía que pasar por una angosta trinchera de cuerpos, cuando no me levantaba en brazos el público. En aquella atmósfera cargada de respiraciones y esperas, estallaban en gritos, en esos alaridos apasionados característicos del Circo Moderno. En torno a mí, encima mío, codos estrechamente cerrados, pechos, cabezas... Hablaba como desde el fondo de una cálida caverna de cuerpos humanos. Cuando hacía un gesto un poco amplio, tropezaba con alguien que me daba a entender con un gesto amistoso que no le diera importancia y que siguiera hablando. Ningún cansancio podía subsistir a la tensión eléctrica de esa aglomeración humana. Esa multitud quería saber, comprender, encontrar su camino. Había momentos en que parecía sentirse hasta en los labios el conmovedor cuestionamiento de aquella multitud fundida en un solo ser. En aquel instante, todos los argumentos, todas las palabras preparadas de antemano se esfumaban bajo la presión imperiosa de aquella solidaridad de sentimientos. Y surgían otras palabras de las sombras, otros argumentos, armados inesperadamente por el orador, pero necesarios para las masas. Y entonces el propio orador tenía la impresión de escuchar a alguien que hablaba muy cerca de él, de no poder seguir lo suficientemente su pensamiento y su única preocupación era que su doble, como un sonámbulo, cayera del anfiteatro al son de su voz reflexiva. (…)

Salir del Circo Moderno todavía era más difícil que entrar. La multitud, fundida, no quería separarse. No se dispersaba. Agotado, casi desfallecido, era necesario ir flotando sobre los hombros, sobre las cabezas de la muchedumbre, hasta ganar la puerta. A veces, veía de pasada las caras de mis dos hijas, que vivían con su madre en el vecindario. La mayor tenía dieciséis años, la pequeña quince. Apenas tenía tiempo de hacerles una seña con los ojos o estrechar su mano cálida y tierna. La multitud nos separaba nuevamente. (…)”.

Notas:

1. Los kadetes eran miembros del Partido Constitucional Demócrata (KDT, en ruso), partido liberal fundado en 1905 y dirigido por Miliukov.
2. Edificio inmenso que, después de haber sido durante muchos años un instituto educativo para señoritas de la nobleza en Petrogrado, se convirtió en 1917 en el cuartel general de los bolcheviques.
3. El Circo Moderno era un largo hall que servía para las reuniones de masas en Petrogrado.







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