Cultura

OPINIÓN

El racismo del “típico argentino”

Comentario a propósito de las declaraciones de Macri.

Domingo 28 de enero | Edición del día

Las declaraciones en Davos de Macri parecían la oportunidad perfecta para discutir uno de los temas más relegados en la conversación política de la Argentina: el racismo y la xenofobia. Sin embargo, más allá del escándalo inicial, la cuestión no llegó a superar la mera indignación. Esto no debería sorprender: las cuestiones de raza (no en un sentido biológico, sino en el de las representaciones sociales sobre el tema) en la Argentina son habitualmente ignoradas por casi todo el espectro político. Una buena explicación de por qué esto pasa se puede buscar en un reciente artículo de Página 12, en el que entrevistan a la antropóloga Laura Fejerman, egresada de Antropología Social en la UBA y con un doctorado en antropología biológica en Oxford.

Si bien Fejerman empieza afirmando que la frase “es mentira”, cuando se le pregunta directamente si se trata de racismo, responde “No lo creo. Es muy típico argentino. Hemos escuchado ese comentario millones de veces.”

Resulta realmente sorprendente que alguien que se dedique a estas cuestiones realice una declaración de tan bajo nivel científico, pero al mismo tiempo, muestra la actitud (típicamente argentina) que existe al negar el tema. Para empezar, el hecho de que comentarios como este sean típicos y se escuchen millones de veces, lejos de negar el racismo, debería ser un indicio de que el problema existe y se encuentra diseminado en amplias capas de la población.

Para darse cuenta, solo basta prender la televisión, o ver una publicidad en la calle, o hablar con algún “típico argentino”. La hegemonía de los “descendientes de europeos” en el ámbito cultural es tan grande, que resulta casi imposible ver gente distinta: La blancura se encuentra en todos lados. Otros colores solo tienen lugar en El Marginal, o en Tumberos. Nunca, por supuesto, podría protagonizar un no-típico argentino Los ricos no piden permiso. Para el Gobierno de la Ciudad, solo los “típicos argentinos” pueden enamorarse, sacar la basura o irse de viaje.

En la Argentina, sin embargo, hay millones de argentinos que no son típicos. Por ejemplo, hay decenas de miles de chino-argentinos. Por supuesto, para el “típico argentino”, ellos no son verdaderamente argentinos. No importa que lleven 40 años en el país, no importa que muchos hayan nacido en él, no importa que hablen el idioma, o que tengan negocios donde los descendientes de europeos compran sus cosas, siempre van a ser chinos. Ellos, por su parte, en muchos casos tampoco se consideran argentinos: son perfectamente conscientes de no ser “típicos argentinos”, de no ser aceptados, de no tener lugar en nuestra cultura más que como elementos de comedia (como en este tweet de la Presidenta anterior).

Para los descendientes de europeos de tinte más progre en el país, por su parte, en la Argentina no hay racismo, sino que hay clasismo. Por supuesto, ningún “típico argentino” dijo alguna vez “pobres de mierda”. El más común “negros de mierda”, difícilmente pueda disfrazarse de clasismo, por más que nos tapemos los oídos ante lo evidente. Hay que decir, además, que a este epíteto racial el “típico argentino” le suele agregar un “bolitas, vuelvan a su país”, porque le resulta imposible concebir que todos no sean como el, de su color y de su prestigiosa ascendencia aria. Esto no quiere decir que no haya una relación entre el racismo y el clasismo. Más bien lo contrario: hay una conexión intima entre ambos.

Otra técnica común de cierto progresismo argentino es la de invisibilizar directamente lo distinto: Hablar sobre como en la Ciudad de Buenos Aires, los descendientes de europeos son mayoría. Esta idea de “los mestizos están en otra parte” le agrega otro subtexto racista: es una teoría que funciona si se supone que Buenos Aires = Palermo, y eso solo si cerrás los ojos cuando caminás por la calle.

En definitiva, y en esto si tenía razón Fejerman, el Presidente es un “típico argentino”. Un típico argentino racista y xenófobo, como tantos otros que pueblan los medios de comunicación, las mesas familiares y las instituciones educativas. Cerrar los ojos ante esto no va a hacer que desaparezca. Mejor sería empezar a tener una discusión franca, que llame a las cosas por su nombre y no tenga miedo de desafiar el relato hegemónico del Estado Burgués Argentino.








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