La Caja Roja

Suplemento Cultural #3

El peso de la alegría

Iara Rueda

La Caja Roja

Domingo 15 de mayo de 2016 | 00:05

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Ilustración de Iara Rueda / Texto de Chiqui Nardone

La historia, archiconocida, cuenta que Isaac Newton vio caer la manzana de un árbol y allí entendió, o eso nos han hecho creer, la ley de la gravedad. Uno puede imaginárselo a Isaac ante esa imagen: alucinado por lo que estaba descubriendo, ansioso por tomar su cuaderno y anotar la inevitable atracción de la materia por parte del planeta Tierra.

Ahora bien, cúal sería la reacción de Isaac si lo llevásemos a la Argentina del 2016 gobernada por Mauricio, los Ceos que lo engalanan, los peronistas que lo escoltan y los gobernadores Kirchneristas, onda Bertone, que quieren aplastar desde arriba a cualquier trabajador/a, docente, joven o estudiante que pise nuestro territorio o intente organizarse. Que la gravedad los haga rozar el suelo, arrastrarse en el asfalto, comer pasto. Acaso Isaac se muestre sorprendido viendo a todos nuestros compatriotas desnudos, sin bañarse, sin tomar un bondi, un subte, a oscuras, con mochilas de plomo, con docentes hambrientos, por la gravedad, claro. Pero esa imagen sería como la entrada del plato principal que se morfaría Newton, ahora imagínenselo caminando por Mendoza, Entre Ríos, CABA, La Matanza. Y eso tampoco sería lo más fantástico, algunos locos quizás delirando por la falta de alimentos, que andan por las nubes –Isaac miraría el cielo sin entender la metáfora- andan asegurando que hay algo que el genio no puede sacarse de su mente: 10,100, 1000, globos inflados, amarillos, gigantes. Que alegría, que país alegre, integrado al mundo, esos globos inofensivos adornando el paisaje. Pero siempre la realidad supera a la ficción o a cualquier fábula de manzanitas cayendo. Esos globitos no volaban al cielo como inflados por helio, no eran livianos como cualquiera se imagina. Los globos eran anclas cayendo sobre los hombros de los trabajadores, armas de destrucción, no se compraban en algún cotillón a bajo precio. Los globos caían desde el cielo a toda velocidad, rompiendo la ley de la gravedad. Estupefacto, a Isaac Newton le gustaría volver al Siglo XVII al sosiego de esa tarde bajo un árbol viendo caer la fruta. Pero hay algo que quizás no vaya a poder ver en su regreso al pasado : los globos pinchados, esparcidos en el suelo, vencidos por la gravedad y a aquellos que cargaban ese peso insoportable tomando el cielo por asalto.








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