TRIBUNA ABIERTA

El perverso informe RAM: notas sobre continuidades históricas en Argentina

Perversos todos los responsables del Comando Unificado, el nuevo Plan Cóndor, que fija en su mira a las comunidades y organizaciones del Pueblo/Nación Mapuce.

Suyai García Gualda

Licenciada en Ciencia Política y Administración Pública. Tutora adjunta de PRIGEPP-FLACSO. Docente e investigadora en la Universidad de Comahue.

Lunes 5 de marzo | 10:35

Perversos. No existe otra palabra para definir a los responsables del Informe RAM, elaborado de forma conjunta por el Ministerio de Seguridad de la Nación –encabezado por Patricia Bullrich- y los gobiernos de las provincias de Neuquén, Río Negro y Chubut. Perversos todos los responsables del Comando Unificado, el nuevo Plan Cóndor, que fija en su mira a las comunidades y organizaciones del Pueblo/Nación Mapuce. Pueblo originario que tradicionalmente se extiende a ambos lados de la cordillera de Los Andes, un Pueblo pre-existente al Estado argentino (y chileno). Malas noticias para algunxs: lxs mapuce no son ni chilenos, ni argentinos. No existen pueblos originarios argentinos. Existen pueblos originarios, es decir, anteriores a los Estados modernos.

Sin duda, la descomunal demonización y estigmatización que enfrentan los mapuce en estos días nos remontan a los peores años de nuestra historia, aquellos marcados por el terror y la muerte. La repetida –hasta el hartazgo- teoría de la araucanización ha buscado a lo largo de los años instalar la idea de la extranjería mapuce para justificar el avance del Estado y el Capital sobre los territorios de dicho Pueblo. La invención de las y los mapuce como enemigos no es una novedad, todo lo contrario. Incluso, al decir que los últimos acontecimientos nos remontan a los peores -oscuros y crueles- tiempos de nuestra historia, no hablamos únicamente de la última dictadura militar, nos referimos a la larga memoria de terror y violencia que ha forjado la consolidación y el “desarrollo” del Estado-Nación Argentino. Un Estado unicultural/uninacional, racista (patriarcal y machista) impuesto por la fuerza; un Estado que se erigió sobre las bases de un genocidio.

Centrándonos en las continuidades históricas, observamos que nos hallamos en una nueva etapa de acumulación de capital, caracterizada por la desposesión y el despojo que re-edita y re-actualiza políticas de exterminio y persecución; políticas teñidas de sangre. De hecho, nos encontramos atravesadxs por el dolor de dos muertes producto de la actuación de las fuerzas represivas del Estado, responsabilidad del gobierno de Mauricio Macri: Rafael Nahuel y Santiago Maldonado. Dos muertos que reavivan las llamas del “nunca más” en nuestras calles, “dos muertos que no paran de nacer”. Sabemos que el Estado en clara y evidente complicidad con ciertos sectores privados –nacionales e internacionales- busca disciplinar y controlar al Pueblo Mapuce y a todos los sectores sociales que “protestan” contra las políticas de ajuste que lleva a cabo el gobierno de turno (y eso se ve claramente en el mencionado informe). Pero esto tampoco es una novedad.

Las trágicas historias de violencia, tortura y muerte se despliegan desde el siglo XIX hasta nuestros días, dando lugar a un panorama extremo de saqueo y criminalización en el Sur de Argentina. Desde épocas de la mal llamada “conquista del desierto”, el Estado ha sido el principal actor que arremete contra el Pueblo/Nación Mapuce, ya sea a nivel macro como micro político. Tal como dijimos, la actual etapa de acumulación capitalista, reactualiza mecanismos de coerción que desnudan la indiferencia por la vida humana y no-humana. Entonces, nuevamente, se hace palpable el rol opresor que detenta el Estado en la historia de los pueblos originarios. La violación que sufren los cuerpos-territorios mapuce afectan no sólo a la calidad de vida de las comunidades sino también a sus afectividades.

A todo esto, cabe traer a colación las palabras de Juan Carlos Walther: “[l]a Conquista del Desierto no fue una acción indiscriminada ni despiadada contra el indio aborigen de nuestras pampas. A la inversa, la conquista del desierto se efectuó contra el indio rebelde, reacio a los reiterados y generosos ofrecimientos de las autoridades, deseosas de incorporarlos a la vida civilizada, para que como tal conviviera junto a los demás pobladores, pacíficamente, y así dejara de una vez de ser bárbaro y salvaje, asimilándose a los usos y costumbres de los demás argentinos”. Poco difiere esta afirmación con el Informe RAM, en el cual se sostiene que: “[l]a inmensa mayoría de los ciudadanos argentinos que se identifican como pertenecientes al pueblo mapuche reconoce la legitimidad del Estado, de los derechos consagrados en la Constitución, y de los tratados internacionales en ella reconocidos. Las comunidades legalmente inscriptas y registradas en los organismos provinciales canalizan sus reclamos de conformidad con la normativa vigente (Ley 26.160). Cabe destacar, que la RAM, que no es una comunidad registrada, desconoce todas esas instituciones y principios. Este desconocimiento da origen a una organización y un accionar que se apartan de la legalidad”.

Esta presunta ilegalidad con la que buscan opacar la disputa por los bienes comunes de la naturaleza y la defensa del territorio ancestral mapuce en la Patagonia es una estrategia útil para deslegitimar la lucha y fracturar las alianzas, la organización social y política mapuce. A modo de referencia histórica (y pensando en las continuidades), vale recordar el conflicto Pulmarí. Se trató de un hito que marcó la historia reciente mapuce, convirtiéndose en un ícono de la recuperación territorial. Además, Pulmarí, en la década de los noventa, llegó a ser considerado un “problema de Estado” y de “seguridad nacional”. Al punto de colocar a la resistencia y lucha mapuce en el blanco del Ministerio de Defensa y el Ejército Argentino (activándose mecanismos ideológicos propios de la Doctrina de Seguridad Nacional). Desde entonces, Neuquén (y el partido hegemónico que lo caracteriza) cuenta con una dilatada trayectoria de denuncias y “teorías” que sostienen una posible conspiración –anti-capitalista- entre lxsmapuce de Neuquén, lxsmapuce “chilenxs” y organizaciones armadas; desde las FARC hasta la ETA.

Por esto es importante advertir que el informe RAM actualiza miserias que circulan, en boca de referentes y funcionarios políticos, desde hace mucho tiempo. Esto lo hace aun más grave y peligroso. Las declaraciones de Horacio “Pechi” Quiroga en medios hegemónicos desnudan la vigencia de alianzas históricas y el racismo enquistado en toda la estructura estatal argentina, el cual no deja de apelar al “ser nacional argentino” como ideal de “ciudadano” (pasivo y domesticado), útil y funcional al modo de producción capitalista. Vale decir que lejos está todo esto de ser una “revolución democrática y alegre”, al mejor estilo new age macrista. Sin derecho a la protesta no hay democracia posible. Y, en este contexto, los tres poderes del Estado se han alineado en desmedro de lxs que luchan, de todxs aquellxs que protestan.

La lucha por el lago Espejo que llevan a cabo las comunidades de Río Negro contra el empresario británico Joe Lewis, amparado por el gobierno nacional; la judicialización y persecución que sufren lxs integrantes del lof Campo Maripe en el corazón de Loma Campana (Vaca Muerta, Neuquén) y la represión que sufrió en Chubut el Lof en Resistencia Cushamen por enfrentarse a los intereses del italiano Benetton, resultan claros ejemplos de la conflictividad social y política que observamos desde hace décadas en la región entre el Estado y sus aliados privados contra el Pueblo Mapuce y todas las organizaciones sociales y políticas que se manifiestan a su favor. No podemos negar que, parafraseando a Luis Tapia, la lucha por la tierra y los bienes de la naturaleza tiene connotaciones que trascienden el simple régimen de propiedad y adquiere dimensiones de conflicto entre naciones y tipos de sociedad. La lucha mapuce ha sido y es parte de un proceso en el que los Pueblos y Naciones originarias han actuado y actúan como vanguardia política y de resistencia. Son leídos como una “amenaza subversiva” porque cuestionan al modo de producción capitalista, al Estado y a la Democracia.

Además, no podemos negar que las luchas encabezadas por lxs mapuce se traducen en conflictos que de alguna manera impactan sobre la sociedad en general y, por ello, gozan del acompañamiento de numerosos sectores políticos no-mapuce. Y, al mismo tiempo, se trata de actorxs -y luchas- que generan mayores resistencias en la sociedad civil no-mapuce, ya que ponen en tensión las cuestiones de fondo que ya mencionamos. Vale repetir, el Estado (liberal, racista y patriarcal) es cuestionado por las organizaciones en lucha, mapuce y no-mapuce, por lo que su respuesta suele ser siempre la opción violenta. En otras palabras, los conflictos territoriales contemporáneos encubren historias beligerantes y complejas que ameritan ser leídas en términos políticos; pues todos los conflictos territoriales son esencialmente conflictos políticos.

Volviendo al informe RAM, vemos cómo el Estado es capaz de manipular la historia para presentar a lxs mapuce como enemigxs, extremistas, terroristas. El avance del Estado sobre los cuerpos-territorios mapuce apela no sólo a la Ley anti-terrorista (2011) sino a una batería de falacias que intentan paralizar la ola de manifestaciones y protestas sociales que caracterizan a la “Argentina del cambio”. Bullrich no titubea al afirmar que la RAM cuenta con el apoyo económico de organizaciones armadas extranjeras, lo mismo que Nuno Sapag decía sobre las comunidades en lucha en 2009 y que el sobischismo afirmaba en los noventa (en ese momento se sostenían que Pulmarí era un foco zapatista). Como hemos dicho nada es novedad, el problema es que hoy en día el gobierno ha dado carta blanca a las fuerzas represivas y no busca ocultarlo, su electorado pide mano dura. Vienen por todo sin medias tintas. No nos podemos sorprender, ya lo dijo Marx hace muchos años: el capital viene al mundo “chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies”.

Pero, aunque se empeñen en dividir al pueblo mapuce en rebeldes e integrados -al igual que en el siglo XIX-; aunque no dejen de invocar al evolucionismo (civilización o barbarie); aunque busquen activar discursos y políticas multiculturales vacías -que presentan a los pueblos originarios como parte del folclore de la “historia nacional”- Aunque pongan en marcha una nueva “campaña al desierto”, como lo anunció livianamente el ministro de educación… Hoy en día, no son pocos y pocas los mapuce y no mapuce dispuestos a luchar y a decirles: no pasarán. Nunca más es nunca más.

*Licenciada en Ciencia Política y Administración Pública. Magíster en Género, Sociedad y Políticas. Doctora en Ciencias Sociales. Integrante del Grupo de Estudios en Teoría Política. Tutora adjunta de PRIGEPP-FLACSO. Docente de Antropología Cultural e investigadora en la Universidad Nacional del Comahue.







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