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TRIBUNA ABIERTA

El partido de Los Monos

El fútbol, suele decirse, es el terreno ideal para el lavado de dinero. Pero también pueden ser un lugar para sucumbir

Alejandro Wall

@alejwall

Martes 31 de octubre | 09:13

Aunque era el cabecilla de una banda narco que hacía temblar Rosario, Ariel Cantero, el Pájaro, sólo había tenido dos problemas con la Justicia antes de que lo asesinaran a balazos, la madrugada del 26 de mayo de 2013 en un boliche de Villa Gobernador Gálvez. El primero estuvo vinculado al crimen de Abel Beroiz, el tesorero de Camioneros, el gremio conducido por Hugo Moyano. Pero zafó. El segundo inconveniente con la Justicia fue por un episodio ocurrido dos años después, en 2009, cuando en una emboscada a Diego “Panadero” Ochoa, el capo de la barra de Newell’s aliado a una banda enemiga, asesinaron a un pibe de 14 años. Cantero y otros tres miembros de su banda fueron acusados de llevar adelante el ataque. Terminaron absueltos. Pero el negocio del fútbol, tarde o temprano, iba a ser una trampa para Los Monos.

“La maquinaria de los búnkeres, los cobros por seguridad, las máquinas viales alquiladas para realizar obra pública, los departamentos para renta, el negocio de los remises del casino, las licencias de taxis que giran las veinticuatro horas. Hacia 2012, las actividades combinadas van dejando un rendimiento de cuatrocientos mil pesos por día. Pero hay un terreno con un encanto de doble filo al que los Cantero sucumben. A todo lo demás lo iban controlando. El lugar en el que dejaron de pasar inadvertidos, donde resultaron señalados y perdieron, fue el campo del fútbol”, escriben los periodistas Germán de los Santos y Hernán Lascano en el libro Los Monos. Historia de la familia narco que transformó Rosario en un infierno (Sudamericana), una investigación exhaustiva sobre la banda, con un gran ritmo narrativo. Semanas atrás, De los Santos y Lascano tuvieron que suspender la presentación que iban a realizar en Rosario cuando la viuda de Cantero irrumpió en el lugar.

Los Monos podría leerse mientras se escucha Tuyo, el tema de Rodrigo Amarante que musicaliza Narcos, la serie que acaba de iniciar su tercera temporada enfocada en el Cartel de Cali de los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, cuyos vínculos con el fútbol eran conocidos: mientras dominaron el negocio de la droga, fueron los hombres que manejaban los hilos del América de Cali. Pero aunque Los Monos merezcan un lugar en Netflix, Rosario no es Cali y los Cantero no son los Rodríguez Orejuela. “Es difícil comparar –dice De los Santos- porque Los Monos eran una banda puramente local, nunca exportaron droga ni se vincularon con ningún cartel internacional”.

Pero Los Monos sí se vincularon con las barras del fútbol. Se calcula, según De los Santos, que el 20% de lo que recaudaban del narcotráfico lo destinaban a ese territorio, con las barras de Rosario Central y Newell’s bajo control para convertir a esas tribunas en un centro de distribución de droga hacia los barrios. Panadero Ochoa, condenado por instigar el crimen de su antecesor en la barra de Newell’s, Roberto “Pimpi” Caminos, denunciaba que Los Monos querían correrlo porque él se negaba a vender droga en la tribuna. Aunque Ochoa tenía otro aliado, Luis “Pollo” Bassi, rival de la familia Cantero y acusado de ser el autor intelectual del crimen del Pájaro. “Ahora hay un interregno en la barra de Newell’s, pero ellos tienen mucha influencia”, dice De los Santos.

Andrés “Pillín” Bracamonte llegó a la jefatura de la barra de Central con el apoyo de Los Monos y con una serie de homicidios como trasfondo. “El día del velatorio, Pillín se sostuvo en pie como un centinela durante siete horas sin pestañar al lado del ataúd del Pájaro”, cuentan De los Santos y Lascano. Esa lealtad -que incluía una bandera en el Gigante de Arroyito con la imagen del Pájaro- se mantuvo durante los ocho años en los que Bracamonte tributó a Los Monos. Hasta que entró en el círculo de la desconfianza. Ariel “Guille” Cantero, uno de los jefes, lo mandó a ese infierno cuando comenzó a sospechar que Bracamonte se había quedado con plata del pase de Ángel Di María del Benfica al Real Madrid, cerrado en 25 millones de dólares, de los cuales Rosario Central debía cobrar el 20% aunque recibió el 5% por los derechos de formación. Lo que enfurecía a Guille, según las escuchas que se filtraron, era que Bracamonte no le había dado la parte correspondiente a Ariel Máximo Cantero, el Viejo, padre de todos ellos, el fundador de Los Monos. Desde entonces, buscaron correrlo en una guerra que todavía sigue abierta. El año pasado, mataron a Julio César Navarro, alias Cara de Goma, mano derecha de Bracamonte.

Para comprender la participación de Los Monos en los pases de los jugadores la llave es un nombre: Francisco Lapiana, dueño de una flota de camiones en Paraguay y de un edificio en las cercanías del Monumento a la Bandera. Pero su apellido salió a la superficie por la intervención en pases de Ever Banega, César Delgado y, sobre todo, Ángel Correa. Ahí estalló todo. Por una serie de escuchas telefónicas, la Justicia entendió que Lapiana compartía parte del pase de Correa con Ramón Machuca, alias Monchi, uno de los miembros de la banda. El juez Juan Carlos Vienna embargó el pase justo cuando San Lorenzo negociaba con Atlético Madrid por el jugador. La transferencia se hizo al tiempo, pero antes Lapiana fue imputado como lavador de dinero de la banda. En su declaración indagatoria, se mostró como un cazador de talentos que sale por los pueblos a buscar al próximo crack. Y que así se topó con Correa, quien a su vez dijo que conocia a Monchi Canteros porque creía que era un representante. Con Lapiana, dijo, Monchi hablaba siempre de fútbol.

El fútbol, suele decirse, es el terreno ideal para el lavado de dinero. Pero también pueden ser un lugar para sucumbir. “Meterse en el fútbol –escriben De los Santos y Lascano- fue la tentación a la que la banda Los Monos no debería sucumbido nunca, decía en algún momento alguien que asesoró legalmente a los Cantero”. Y agregan: “Querían pasar inadvertidos. Pero el fútbol fue el rescoldo de una hoguera que los puso en los horarios centrales de los noticieros porteños y en las ediciones impresas de los diarios. Una notoriedad forzosa que viene con el deporte más popular”.








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