Mundo Obrero

SIGUE EL PACTO CONTRA EL PARO

El papa Francisco y la historia de la Vati-CGT

Siguen las idas y vueltas y todavía no hay medida de fuerza contra el ajuste. Llegan gestiones desde el Vaticano. Un repaso de la bendita relación entre cúpulas sindicales e Iglesia.

Jueves 13 de octubre | Edición del día

"La Iglesia nos pidió agotar todas las instancias de diálogo y es lo que vamos a hacer. Un acuerdo social nos está pidiendo Francisco" (La Nación). Así justificó uno de los jefes cegetistas los motivos para seguir postergando el paro, a pocos días del encuentro entre Macri y el Papa.

¿Será una excusa divina para cubrir un pacto terrenal? Nadie lo sabe. Tampoco si la CGT continuará la tregua o finalmente convocará un paro, al menos para descomprimir. Lo que tampoco nadie puede ocultar es el creciente peso de la Iglesia, ahora desde los mismos palacios vaticanos, sobre las cúpulas gremiales. Intentemos un repaso de esa bendita relación.

De los Círculos Católicos de Obreros a Perón

A principios del siglo XX, la Iglesia fue un puntal en la lucha contra las primeras organizaciones obreras, de anarquistas y socialistas. Primero, lanzando los Círculos Católicos de Obreros, un sindicalismo amarillo dócil con los patrones y duro con “los rojos”. Luego, participando en la formación de la Liga Patriótica, para romper huelgas y asesinar dirigentes obreros.

Tras el golpe de 1930, la relación entre Estado e Iglesia se haría más estrecha. La curia sería beneficiaria de las políticas de gobierno, incluso durante el primer Gobierno peronista. Pero desde las catedrales se terminaría organizando una violenta oposición a Perón, bendiciendo la Revolución fusiladora.

A esa altura, buena parte de su misión había sido cumplida. Como dice el documento que le entregó la Conferencia Episcopal a la CGT durante la segunda visita de Juan Pablo II, “hasta 1945, un 98 % de los dirigentes sindicales en este país eran ‘ateos’ y sólo un 2 % católicos, y ninguno era casado por la Iglesia. A partir de 1945, los ‘ateos’ han bajado al 37 % y los católicos aumentado al 60 %, mientras ya un 76 % de ellos es casado por la Iglesia”.

La cruz y la espada

A fines de los 60, con el Concilio Vaticano II la Iglesia intentaba “aggiornarse” ante la radicalización de obreros y estudiantes. Tras el Cordobazo y otros levantamientos, José Rucci se aferraba a “la Doctrina Social de la Iglesia como fuerza inspiradora”. La CGT de los Argentinos proponía seguir a los “curas tercermundistas”.

En marzo de 1976, la cúpula eclesiástica bendeciría el golpe y luego el genocidio. Como diría el Capellán del Ejército de Campo de Mayo, el principal centro clandestino de la Zona Norte: “Nuestros enemigos son quienes tienen ideologías marxistas, organizan huelgas, arrojan volantes”.

Cuando la dictadura comenzaba a ser cuestionada, la Iglesia cambiaría su táctica. En 1979 el Episcopado se reunía con dirigentes sindicales y apoyaba “el derecho a agremiación”. Los obispos serían, junto a la CGT y la Multipartidaria, responsables de contener el repudio obrero y popular a los milicos, para que la “transición democrática” sea lo más ordenada posible. Las marchas a San Cayetano, en 1981 y 1982, serían dos postales de esos días.

Jorge Bergoglio por entonces militaba en la Compañía de Jesús. Desde allí crearían el Centro de Formación Sindical (CeProSin), con el objetivo de “formar a los jóvenes dirigentes sindicales”.

El legado de Walesa y Juan Pablo II

Saúl Ubaldini, seguidor de la “doctrina social de la Iglesia”, sería clave en la nueva etapa. Cuando en 1987 llega por segunda vez el Papa a Argentina, la CGT y el Episcopado organizan un acto en el Mercado Central. Según la crónica del diario El País, “siendo la CGT la gran agrupación ‘no marxista’ de América Latina, con óptimas relaciones con la Iglesia, se puso mucha atención para que no hubiese infiltraciones rojas en el acto. Saúl Ubaldini pidió que los trabajadores llevasen ante el Papa sólo banderas vaticanas y argentinas. Nada de pancartas ni protestas. Ubaldini es equiparado por la jerarquía argentina con Lech Walesa”.

Walesa fue el dirigente del sindicato Solidaridad que en Polonia desvió el proceso de oposición obrera al régimen estalinista para convertirlo en apoyo a la restauración capitalista. Argentina no vivía el mismo proceso político ni Ubaldini era el líder polaco, pero Juan Pablo II predicaba lo mismo para todos los popes sindicales: que sean capaces de contener y controlar al movimiento obrero, como en Brasil ya lo hacía Lula. Por eso finalizó aquel acto planteando que el “asociacionismo laboral no puede ser identificado con la lucha de clases sociales”.

Pero ese día los organizadores esperaban una multitud mucho mayor. No tuvieron en cuenta que miles de trabajadores peronistas no olvidaban el apoyo de la Iglesia al golpe de 1976. Mucho menos los bombarderos de 1955.

Los Gordos en su Tierra Santa

En los ’90 la Iglesia sería, a pedido de Menem y la burocracia, ‘mediadora’ en los conflictos contra las privatizaciones. Así facilitaría la aplicación del plan neoliberal.

Esa santa alianza tendría su monumento. Menem le cedió a precio vil los terrenos a Armando Cavalieri, que construyó un paseo temático religioso llamado Tierra Santa, valuado en millones de dólares. Armando todavía lo recuerda con orgullo: “Cuando se lo conté a monseñor Bergoglio, me dijo que era un ‘milagro’ y lo declaró de interés religioso”.

Del estallido a la entronización

Otra vez la Iglesia, vieja zorra, sabría adaptarse a los cambios. Ante la crisis del Gobierno de De la Rúa, había que evitar que la clase obrera entrara en escena. Por eso a mediados de 2001 el cardenal Primatesta junto a Daer (CGT) y Moyano (MTA) creaban la Mesa de Diálogo Social, junto a la Unión Industrial y los partidos tradicionales.

Durante el kirchnerismo, la burocracia sindical recuperaría su cuota de poder. No sólo con prebendas y negociados. Como primer embajador en el Vaticano nombraría a un sindicalista católico, pero proveniente de la CTA: Carlos Custer. La devoción por el Santo Padre nunca fue exclusiva de la CGT.

En 2013, los dirigentes cegetistas no podían faltar en la asunción del Papa “argentino y peronista”. Por eso Cristina Kirchner incluía en la comitiva oficial a Omar Viviani, Antonio Caló y Omar Suárez. Pero la justicia terrenal sería menos bondadosa que la divina: tres años después el metalúrgico está procesado por lavado de dinero y el marítimo preso.

Nuevo pacto

Tras 12 años de kirchnerismo, Francisco decidió jugar un rol importante en la transición. Se sabe garantía de “gobernabilidad” y “paz social”; por eso envía sus mensajes a los referentes peronistas, el sindicalismo y los movimientos sociales que comulgan con la Iglesia. Desde el púlpito del Vaticano, pide que nos pongamos “el país al hombro”. Aunque la mitad ya estemos rotos.

Estos últimos años, la generosidad del Santo Padre contempló a todas las alas sindicales, sin discriminar. Por eso la Uatre de Gerónimo Venegas firmó su convenio con la red de Scholas Ocurrentes que impulsa el Papa Francisco. También con Scholas organizó el Smata su “Fútbol con Valores”. El día posterior a una masiva movilización sindical, el 30 de abril, los primeros egresados del Diplomado universitario en conducción de organizaciones sindicales fueron recibidos por Francisco en el mismísimo Vaticano. La carrera está dirigida por la Arquidiócesis de Buenos Aires, y concurrieron dirigentes de los gremios alimentación, bancarios, UPCN, Smata y Sanidad. Justamente en la sede de este gremio se realizó el Encuentro de Fin de Curso del Diplomado, con la presencia de uno de los miembros del Triunvirato, Héctor Daer. Otro de sus miembros, Juan Carlos Schmidt, presentó hace poco su libro “El mensaje del pescador”, con el texto completo de la Encíclica Laudato Si’ de Francisco, y la “Oración del General Perón”. Los sectores kirchneristas también tienen su lugar. Por eso firmaron el Pacto de Padua que impulsa Bergoglio, entre ellos Sergio Ortiz (Comercio), Vanesa Siley (Judiciales), Walter Correa (Curtidores) y referentes de la CTA.

Ayer y hoy

Para los socialistas, denunciar el rol de las cúpulas eclesiásticas en los sindicatos no significa de ningún modo promover la división entre los trabajadores según sean ateos o religiosos. Mucho menos en los momentos de lucha.

Ese rol, más allá de la decisión que tome la CGT estos días, seguirá intacto. La Iglesia y el sindicalismo peronista habrán tenido sus días de divergencias, pero nunca perdieron de vista sus acuerdos, más terrenales que “divinos”: sostener al capitalismo contra viento y marea, enfrentar las ideas de izquierda en el movimiento obrero, predicar la conciliación de clases, la resignación y la miseria de lo posible. Y defender sus privilegios, claro. El de los burócratas millonarios y los obispos que caminan sobre oro y mármol.

Un pecado, dirían ellos.




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