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El núcleo blando: Scioli y el kirchnerismo

El precandidato presidencial por el Frente para la Victoria, Florencio Randazzo, quiso ser más cristinista que la presidenta Cristina Fernández y terminó amonestado por sus propios compañeros.

Fernando Rosso

@RossoFer

Viernes 10 de abril de 2015 | Edición del día

El Ministro del Interior y Transporte había afirmado que no veía diferencias entre Daniel Scioli, Sergio Massa y Mauricio Macri, ya que los tres eran conservadores “de los 90” y candidatos de las corporaciones.

La primera en contestarle fue la diputada Diana Conti. "A Randazzo ya le dijimos que empiece a hablar un poquito del rival político, no de nuestros compañeros y Daniel Scioli es nuestro compañero”, afirmó quien hasta hace poco reclamaba la eternidad para Cristina. Parece que Conti tiene una eternidad, pero si no les gusta tiene otras.

Luego fue el turno de Fernando “Chino” Navarro, dirigente del Movimiento Evita y referente de la llamada “izquierda” kirchnerista. Durante una entrevista en Radio del Plata aseveró que no coincidía con Florencio Randazzo en que Scioli es “el candidato de las corporaciones”.

Finalmente salió a la palestra una de las desafiladas espadas del kirchnerismo, Carlos Kunkel. "Con Scioli uno puede tener diferencias y puntos de vista parciales, cada dirigente tiene derecho a opinar, pero personalmente creo que fue inadecuada una expresión de esa naturaleza (por las afirmaciones de Randazzo, NdR), cuando ha sido cuatro años y medio nuestro Vicepresidente y en dos períodos nuestro Gobernador”, explicó el diputado. Hay que recordar que Kunkel tuvo como deporte preferido en el último tiempo, fustigar a Martin Insaurralde, el intendente de Lomas de Zamora, íntimo no sólo del tinellismo sino también de “su” Vicepresidente y “su” Gobernador.

El “núcleo duro” parece que se está ablandando y las condiciones generales (y generadas) lo empujan a la tantas veces negada resignación.

La “crisis Nisman” y la histeria republicana de las enriquecidas clases medias habían empujado a Mauricio Macri al momento de su cenit. La decisión mayoritaria del radicalismo en la convención de Gualeguaychú le dio al jefe de Gobierno porteño un empuje para ubicarse como el adversario a medida. Las corporaciones mediáticas (y de las otras) creyeron encontrar por fin su tan esperada esperanza blanca, venida nada más y nada menos que de un neomenemismo modernizado. El kirchnerismo tomó como un regalo del cielo el esplendor de una “derecha peligrosa” que permita revivir una épica desilachada a golpes de devaluación, recesión, inflación y muertes dudosas que destaparon las cloacas que siguieron operando en la década ganada.

El exitoso paro general del 31M y la amenaza latente de nuevas medidas gremiales por parte de los sindicatos conmovieron el idílico escenario. Una agenda social y un reclamo salarial de una extendida franja de trabajadores se impusieron a la fuerza, acompañados por un malestar general.

Los caudillos radicales del NOA y NEA (y algunas otras provincias) cuestionaron el “cepo” a sus alianzas que impuso la decisión de Entre Ríos y reclamaron libertad de acción en sus distritos para mantener sus coaliciones. En una reunión posterior con Sanz arrancaron bastantes demandas de su pliego de reivindicaciones, sino la mayoría.

Sergio Massa vio la oportunidad de revivir su decaído proyecto a fuerza de sobreproducción de demagogia sobre los trabajadores que reclaman contra el impuesto a las ganancias aplicado sobre el salario y hacer pesar sus alianzas con fracciones del sindicalismo peronista que es denigrado por el cristinismo.

La “polarización” con una derecha a la carta se pone en cuestión y se produce el cambio de táctica (¿o de estrategia?). Randazzo queda en offside esperando el pase largo y recibe en su lugar los insultos que lo increpan para que no sea “morfón” y le pase la pelota a sus compañeros que, además, estrenan camiseta de color naranja con el auspicio de Villa La Ñata.

El problema para el oficialismo no pasa sólo por poner en riesgo el triunfo sino también el premio consuelo de una derrota a medida. Si la polarización fallase, no sólo se pierde la oportunidad del sueño dorado de ganar en primera vuelta, sino incluso la posibilidad de una derrota dulce “a la Bachelet”, que permita una retirada épica y que a su vez habilite el sueño de un regreso heroico.

Massa, un hijo bastardo que se formó en la escuela del kirchnerismo de los orígenes (como bien lo cuenta Diego Genoud en su biografía no autorizada de reciente aparición), propone la reconstrucción a derecha de un kirchnerismo vegano, que ya era una versión light del peronismo herbívoro. “El falso profeta” como lo bautizó Bergoglio, que pese a haberse convertido en Francisco mantiene sus (re)sentimientos, amenaza nuevamente con monopolizar el promedio del “cambio con continuidad”.

La relación de fuerzas de las que es un producto distorsionadamente moderado el propio kirchnerismo es la misma que le pone límites a su aspiración de trascendencia.

Frente a estas dicotomías, el kirchnerismo vuelve a caer en la tragedia de la resignación a Scioli que es un Massa que se quedó. Retorna la estrategia de mimetizarse con el adversario.

A todo esto, ¿cuáles son las diferencias entre Scioli, Macri o Massa? El que pregunta es traidor, porque no se critica a un “compañero”. El otrora “núcleo duro” se va transformando tragicómicamente en corteza blanda.







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