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El mensaje de Obama en Dallas: unidad nacional y racismo institucional

El presidente Barack Obama habló de unidad nacional en el funeral de los policías de Dallas. Lo acompañó el expresidente G.W. Bush. ¿Broche de oro para una semana de hipocresía y racismo?

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Miércoles 13 de julio de 2016 | Edición del día

Fotografía: EFE

El presidente Barack Obama llegó el martes a Dallas (Texas) para participar del funeral de los policías muertos en el tiroteo que ocurrió el viernes 8 en esa ciudad cuando se desarrollaba la marcha contra los asesinatos de afroamericanos a manos de la Policía.

Lo acompañaron el expresidente y exgobernador de Texas G. W. Bush y su esposa Laura Bush, en un claro respaldo a la Policía racista y mensaje de unidad (especialmente del establishment) contra las arengas que buscan profundizar las grietas sociales. También fue parte de la comitiva “unitaria” el excandidato republicano Ted Cruz (senador de Texas).

Antes de subirse al avión camino a Dallas, Obama se comunicó telefónicamente con las familias de los dos afroamericanos asesinados la semana anterior. Las ejecuciones racistas de Alton Sterling en Baton Rouge (Luisiana) y Philando Castile en Falcon Heights (Minnesota), ambos afroamericanos, ambos a manos de la Policía, hicieron que la bronca vuelva a las calles y se extiendan las movilizaciones contra el racismo y la brutalidad policial.

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Discursos y justificaciones

Al referirse a los hechos de la última semana, Obama dijo que quedaron expuestas “las más profundas grietas de la democracia estadounidense”, pero agregó, “No estamos divididos como parece (…) Las relaciones interraciales han mejorado de forma dramática (…) Aquellos que lo niegan deshonran las luchas que nos ayudaron a conseguir el progreso. Pero sabemos que se mantienen las diferencias”.

Con estas palabras, Obama envió un doble mensaje. Por un lado, a los sectores reaccionarios, que buscan capitalizar las frustraciones de sectores de la población (por ejemplo, aquellos que apoyan la candidatura de Donad Trump) y alentar los prejuicios racistas. Por otro lado, reduce –y de alguna forma desprecia– la legítima bronca contra el racismo de la comunidad afroamericana, especialmente de la juventud.

En su discurso Obama dijo, “Sabemos que la enorme mayoría de los oficiales de Policía hacen un trabajo increíblemente duro y peligroso de forma correcta y profesional, merecen nuestro respeto y no desprecio. Y cuando alguien, sin importar cuán buenas sean sus intenciones, habla de todos los policías como prejuiciosos o intolerantes, debilitamos a esos oficiales de quienes depende nuestra seguridad”.

La reivindicación de la Policía, principal ejecutora de la llamada violencia racial, ha sido una constante desde el tiroteo de Dallas. Los discursos y la orden de Obama de bajar las banderas a media asta en señal de luto o los llamados a la calma a quienes protestan contra la brutalidad policial vuelven a confirmar que el racismo es institucional y recorre todas las instancias de la vida política de Estados Unidos.

Obama llegó a referirse al tiroteo en Dallas como un “crimen de odio” y lo comparó con la masacre de la Iglesia Emmanuel en Charleston, perpetrada por un simpatizante confeso de la supremacía blanca. Así lo explicó el representante de Fraternal Order of Police (organización de efectivos de las fuerzas de seguridad) que se reunió con Obama y el vicepresidente Joe Biden. Obama se refirió a los hechos en Dallas como “un acto no solo de la violencia demente sino de odio racial” (Politico, 11/7).

La equiparación de ambos hechos y la condena de la “violencia racial” a secas, en un país cuyos pilares se fundan en la esclavitud y el racismo, donde solo el 13 % pertenece a la comunidad negra pero los afroamericanos son la mitad de la población carcelaria y el 40 % de las víctimas de la brutalidad policial es, como mínimo, un acto de cinismo.

A la vez, equiparaciones como la de Obama alientan discursos abiertamente reaccionarios como el del exalcalde de Nueva York Rudolph Giualiani, que despotricó abiertamente contra Black Lives Matter tildándolo de “movimiento racista”. O dejan al desnudo la hipocresía que atraviesa el debate de control de armas, en el que la Sociedad Nacional del Rifle (NRA) defiende a rajatablas el derecho de los ciudadanos a portar armas, salvo cuando se trata de afroamericanos, como mostró la infame acusación contra Mark Hughes, sobre la que la NRA no se pronunció ni se pronunciará jamás.

Pero ante todo el discurso en Dallas, es un recordatorio de que la lealtad de Obama, así como la de la minoría negra que ocupa altos cargos del poder político y económico, es con el régimen que gobierna el país al servicio de una elite blanca y millonaria. Esto no niega por supuesto que su llegada a la Casa Blanca no haya representado contradicciones, tanto con respecto a las expectativas de los afroamericanos como al odio visceral que aún hoy despierta en sectores reaccionarios.

De la ilusión posracial al racismo institucional

El asesinato de Michael Brown en agosto de 2014 selló el fin definitivo de la ilusión posracial e hizo estallar el movimiento Black Lives Matter que se puso de pie ante la brutalidad policial racista.

Michael Brown se trasformó en símbolo de un cambio en el estado de ánimo de la juventud negra que, como parte de la generación millennial, salió a la calle. Creció la brecha, no solo generacional, entre la juventud y los líderes afroamericanos del movimiento de derechos civiles. Figuras demócratas de peso en el movimiento negro, como los reverendos Al Sharpton y Jesse Jackson, eran abucheadas por la juventud en el masivo funeral de Brown, y de esta forma confirmaban que era algo más que un momento de bronca.

Las medidas del gobierno federal, tibias e insuficientes, ante la creciente brutalidad policial confirmaban que el racismo era algo más que actitudes extremas de algunos sectores. El racismo tenía expresión en la economía con la sobrerrepresentación de la comunidad negra entre los pobres, en los estigmas sociales que mantenían su vigencia (los guetos, la criminalización y la encarcelación masiva de los varones negros). La ampliación de derechos, producto de la movilización negra en al década de 1960, se choca con una realidad donde están vigentes las peores manifestaciones del racismo porque la sociedad estadounidense sigue fundada sobre las mismas bases.

La masacre de la Iglesia Emmanuel en Charleston fue un recordatorio cruento de que la supremacía blanca seguía vigente como ideología sostenida, más o menos expresamente, por sectores de la población. Y se mantiene vigente en la bandera de la Confederación que todavía flamea en edificios oficiales o en la existencia legal del Ku Klux Klan o milicias blancas como los Oath Keepers que se dieron el lujo de desfilar con impunidad en el aniversario del asesinato de Brown.

Los asesinatos de Sterling y Castile y el tiroteo en Dallas son la confirmación definitiva de que su gobierno no ha significado avances en el fin del racismo. Al contrario, los últimos acontecimientos encontraron a Obama llamando a la juventud negra a la calma y la unidad nacional con quienes desprecian sus vidas y justifican sus muertes. Pero la política no se reduce a Washington, en la calle vuelve sonar con legítima impaciencia “Sin justicia no habrá paz”.

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