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TEORÍA Y POLÍTICA

El marxismo de Rosa Luxemburg: Reforma o Revolución

El combate teórico de Rosa Luxemburg con el reformismo mantiene plena vigencia cien años después.

Josefina L. Martínez

Historiadora | Madrid

Martes 18 de abril | 18:50

Foto: Rosa Luxemburgo. Ficha antropométrica de la prisión de Varsovia.

“Cuando Bernstein propone transformar el mar de la amargura capitalista en un mar de dulzura socialista volcando progresivamente en él botellas de limonada social reformista, nos presenta una idea más insípida, pero no menos fantástica”.

Rosa Luxemburg desarrolló un trabajo teórico creativo e innovador, marcado por la centralidad de la lucha por la revolución. Fue parte de una generación de marxistas, junto con Lenin y Trotsky, que vivieron el ascenso del imperialismo y el comienzo de una época histórica donde la revolución obrera y socialista se transformó en una realidad. En ese período se produjo también la traición histórica de la socialdemocracia, que en 1914 apoyó a su propia burguesía en la guerra imperialista. Como revolucionaria, Rosa Luxemburg afrontó desafíos complejos y apasionantes.

En este artículo abordamos uno de sus primeros y grandes combates teóricos, la lucha contra el revisionismo de Eduard Bernstein, que sustituía la estrategia de la revolución social a cambio de democratizar el capitalismo. En otras entregas analizaremos cómo esta primer batalla teórica se continuó con la llegada de la guerra imperialista y la Revolución en Rusia.

La época imperialista y la socialdemocracia

Después de haberse ganado un lugar destacado como dirigente del socialismo polaco, Rosa llega a Alemania en 1898 para integrarse a la vida política del SPD, el partido más grande y corazón de la Segunda Internacional. No pasó mucho tiempo hasta que se le presentó la ocasión de desplegar sus armas teóricas en una polémica con la teoría revisionista de Eduard Bernstein. Este fue el comienzo de una batalla permanente con las tendencias oportunistas que se desarrollaban en el seno de la socialdemocracia.

Durante el último tercio del siglo XIX, el capitalismo mundial atravesó una transformación que permitió una fuerte recuperación de la economía después de la crisis de 1873. Mediante el crecimiento de los monopolios, la exportación de capitales y una ofensiva de los países más ricos para controlar las colonias y los mercados mundiales, el capitalismo ingresaba en su fase imperialista, una época de “guerras, crisis y revoluciones”. En el marco de la prosperidad económica y la explotación colonial, la burguesía de los países imperialistas pudo hacer concesiones parciales a la clase trabajadora, especialmente a un sector de la “aristocracia obrera”.

En este contexto, el Partido Socialdemócrata alemán (SPD) tuvo un impresionante crecimiento, que se multiplicó después de la anulación de las leyes antisocialistas de Bismarck en 1890, ganando mucho peso en los sindicatos y en el Parlamento. Ese mismo año el partido obtuvo 1.400.000 votos y 35 diputados en el Reichstag, mientras publicaba una veintena de diarios y decenas de semanarios. En 1905 llegó a alcanzar 400.000 afiliados y en 1912 se convirtió en la primera fuerza parlamentaria con 110 diputados. Contaba con asociaciones obreras, agrupaciones de mujeres y culturales.

Este importante desarrollo, en el marco de una situación sin grandes conmociones económicas ni grandes acontecimientos de la lucha de clases desde la derrota de la Comuna de París, llevó a gran parte de la dirección socialdemócrata a adaptarse a la “rutina de la táctica”, parlamentaria y sindical, emergiendo en su seno una tendencia oportunista encabezada por los líderes sindicales, integrantes del bloque parlamentario e intelectuales.

Pierre Broue señala que en los primeros años del siglo XX el aparato de la socialdemocracia alemana se construyó bajo el espíritu “de la eficacia electoral y del incremento del número de votos y representantes, durante un período de relativa calma social y de reflujo obrero, con la preocupación de evitar que los conflictos internos influyesen en el impacto electoral del partido y que la fraseología revolucionaria de su ala radical o las reivindicaciones de los obreros menos favorecidos asustasen al electorado, supuestamente moderado, de la pequeñaburguesía democrática y de las capas obreras más conservadoras. El revisionismo de Bernstein y el reformismo de los dirigentes sindicalistas habían hundido sus raíces en una coyuntura económica que nutría una ideología optimista de progreso continuo y pacífico.”

Las tendencias oportunistas tuvieron su expresión teórica más temprana en la obra de Eduard Bernstein, quien efectuó una revisión completa del marxismo. Según éste, el capitalismo había logrado superar las crisis generales que había analizado Marx como premisa del cambio revolucionario. La lucha por el socialismo ya no pasaba por la revolución ni por la lucha de clases, sino que avanzaría de forma pacífica y gradual con la ampliación de la democracia parlamentaria, la influencia de la socialdemocracia en los sindicatos y las cooperativas obreras. El movimiento por la conquista de reformas se convertía en un fin en sí mismo: “El objetivo final, cualquiera que sea, no significa nada, el movimiento lo es todo”.

En el seno del SPD se produjo un gran “debate Bernstein”, en el que intervinieron numerosos intelectuales socialistas, pero la refutación más sistemática la hizo Rosa Luxemburg en su obra Reforma o Revolución (publicada primero como artículos y luego compilada bajo ese título). La posición de Bersntein aún era minoritaria en el SPD, pero como parte de su ala izquierda Rosa advertía sobre la falta de firmeza del “centro” del partido para combatir al revisionismo.

Reforma o Revolución

Rosa impugnó las principales afirmaciones de Bernstein, demostrando que el capitalismo no había superado su tendencia a las crisis. El desarrollo de los monopolios y el sistema crediticio no aminoraban las contradicciones del sistema, sino que las agravaban. Para Luxemburg, por lo tanto, las premisas objetivas del socialismo seguían siendo válidas. El socialismo no era una aspiración moral, un deseo basado en fundamentos idealistas, como para el neokantismo bersteniano, sino una posibilidad concreta y real basada en el análisis de las contradicciones del capitalismo moderno.

“El fundamento científico del socialismo reside, como se sabe, en los tres resultados principales del desarrollo capitalista. Primero, la anarquía creciente de la economía capitalista, que conduce inevitablemente a su ruina. Segundo, la socialización progresiva del proceso de producción, que crea los gérmenes del futuro orden social. Y tercero, la creciente organización y conciencia de la clase proletaria, que constituye el factor activo en la revolución que se avecina.” (Reforma o Revolución)

La contradicción entre la socialización creciente de la producción bajo el capitalismo (y la mayor intervención del Estado en esa esfera), por un lado, y la concentración de la propiedad privada, por otro, seguía siendo una premisa objetiva para el socialismo. La organización revolucionaria de la clase trabajadora, su precondición subjetiva.

Las posiciones diferían también respecto al papel del Estado y la democracia parlamentaria. Mientras que para Bernstein el Estado podía cumplir un papel progresivo en la consecución del socialismo (por la vía de la ampliación de la democracia burguesa), para Rosa Luxemburg el Estado se volvía “cada vez más capitalista” y un escollo insalvable para la teoría del cambio gradual.

“Las relaciones de producción de la sociedad capitalista se acercan cada vez más a las relaciones de producción de la sociedad socialista. Pero, por otra parte, sus relaciones jurídicas y políticas levantaron entre las sociedades capitalista y socialista un muro cada vez más alto. El muro no es derribado, sino más bien es fortalecido y consolidado por el desarrollo de las reformas sociales y el proceso democrático. Sólo el martillazo de la revolución, es decir, la conquista del poder político por el proletariado, puede derribar este muro.”

Luxemburg sostenía que el partido revolucionario daba importancia a la lucha parlamentaria y sindical, pero discrepaba por completo con el revisionismo sobre los propósitos de la misma. Para los revolucionarios estas luchas parciales tenían el objetivo de “preparar” a la clase trabajadora para la lucha revolucionaria y fortalecer la conciencia de los trabajadores acerca de la imposibilidad de obtener un cambio social profundo sin luchar por el poder político. Para los reformistas, esas luchas supuestamente “reducen gradualmente la propia explotación capitalista. Le quitan a la sociedad capitalista su carácter capitalista. Realizan objetivamente el cambio social deseado.”

En el pensamiento dialéctico de Rosa Luxemburg, reforma y revolución no eran dos alternativas lógicas que se podían elegir según las preferencias de cada uno, ni tampoco dos estrategias que diferían por la “duración” o la “velocidad” del cambio histórico que promovían. La lucha revolucionaria, como estrategia, incluía el momento de la lucha parcial por reformas, pero la estrategia de la reforma social era un obstáculo en la lucha por una nueva sociedad.

“Va en contra del proceso histórico presentar la obra reformista como una revolución prolongada a largo plazo y la revolución como una serie condensada de reformas. La transformación social y la reforma legislativa no difieren por su duración sino por su contenido.”

Por ello quienes se pronunciaban “a favor del método de la reforma legislativa en lugar de la conquista del poder político y la revolución social en oposición a éstas, en realidad no optan por una vía más tranquila, calma y lenta hacia el mismo objetivo, sino por un objetivo diferente. En lugar de tomar partido por la instauración de una nueva sociedad, lo hacen por la modificación superficial de la vieja sociedad.”
A su vez, Luxemburg planteaba que “puesto que las reformas sociales no pueden ofrecer más que promesas carentes de contenido, la consecuencia lógica de semejante programa será necesariamente la desilusión.”

Luxemburg mostraba el absurdo de las posiciones de Bernstein, quien consideraba que el “gallinero del parlamentarismo” era el órgano por el cual se podía llevar adelante la inmensa tarea histórica de terminar con el capitalismo y construir el socialismo. Como si la burguesía pudiera ser convencida por las “buenas intenciones” de los socialdemócratas de anular sus propios privilegios y abdicar como clase dominante sin dar pelea. Rosa también cuestionaba la liquidación del sujeto revolucionario en la teoría de Bernstein, quien sustituía a la clase trabajadora por los ciudadanos. Una disolución de los antagonismos de clase en un sujeto abstracto (el ciudadano) que era funcional a la aceptación del estatus quo capitalista.

“Cuando utiliza la palabra ‘ciudadano’ sin distinciones para referirse tanto al burgués como al proletario, queriendo, con ello, referirse al hombre en general, identifica al hombre en general con el burgués, y a la sociedad humana con la sociedad burguesa.”

Finalmente, Luxemburg señalaba que Bernstein recaía en teorías pre-marxistas que planteaban una transformación gradual y pacífica de la sociedad capitalista, elaboradas en un momento en que la clase obrera recién empezaba a dar sus primeros pasos. Seguir sosteniendo esas ideas a comienzos del siglo XX no significaba retornar “a las botas de siete leguas de la niñez del proletariado, sino a las débiles y gastadas pantuflas de la burguesía.”

En los últimos tramos de Reforma o Revolución, Luxemburg defendía el materialismo histórico contra el vulgar evolucionismo del progreso de Bernstein, que se recluía en el idealismo liberal, atacando la dialéctica. Como señalaba Lelio Basso, en la polémica de Rosa Luxemburg con Bernstein se encuentra una “lección de método” dialéctico, en combate contra una posición mecánica y empirista.

“Cuando dirige sus dardos más afilados contra nuestro sistema dialéctico, ataca en realidad el método específico de pensamiento empleado por el proletariado consciente en lucha por su liberación. (…) Porque es nuestro sistema dialéctico el que le muestra al proletariado el carácter transitorio de su yugo, les demuestra a los obreros la ineluctabilidad de su victoria y ya está realizando una revolución en el dominio del pensamiento.”

La lucha teórica de Rosa Luxemburg contra el revisionismo preparó las batallas que encaró en los años siguientes frente al creciente oportunismo de la dirección socialdemócrata. Su ruptura política y personal con Kautsky en 1909-1910 en el debate sobre la huelga política de masas, constituyó un antecedente, a su vez, de la gran batalla contra la traición socialdemócrata a partir de agosto de 1914.

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Más de cien años después de que Rosa Luxemburg escribiera Reforma o Revolución, nuevas corrientes reformistas vuelven a defender las ideas utópicas y reaccionarias de la humanización del capitalismo y la “ampliación de la democracia” liberal, como si no hubiera pasado todo un siglo de historia de luchas de la clase obrera contra el capitalismo. Estos nerreformistas del presente parecen no haber aprendido nada de la historia: como copias light del bernstenianismo también diluyen a la clase trabajadora en la idea abstracta de los ciudadanos y pretenden limitar la lucha social al “gallinero del parlamentarismo”. Sus discursos están llenos de “buenas intenciones”, pero la realidad demuestra que solo pueden gestionar la miseria del capitalismo. El legado de Rosa Luxemburg tiene plena actualidad para plantearse nuevamente el debate entre la estrategia de la reforma y la de la revolución.

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