Cultura

A 61 AÑOS

El levantamiento de Valle, la “Fusiladora” y el odio de los gorilas

El 9 de junio de 1956 fracasaba el levantamiento del general peronista Juan José Valle desatando una represión que transformó a la autodenominada Revolución Libertadora en la Fusiladora.

Alicia Rojo

Historiadora UBA

Viernes 9 de junio | Edición del día

El golpe de Estado de 1955, la Revolución Libertadora encabezada por el general Pedro Eugenio Aramburu y el contraalmirante Isaac Rojas, se propuso desterrar al peronismo de la vida política nacional. Sabiéndolo expresión política de la clase trabajadora cuyas conquistas debían atacar para abrir las puertas a la ofensiva imperialista que los encumbró en el poder, los militares de la Libertadora proscribieron al peronismo, prohibieron pronunciar el nombre de su líder, dibujar sus símbolos o cantar sus canciones. Los “gorilas” encontraron múltiples formas para expresar el odio acumulado contra las “cabecitas negras”.

Así, mientras la ofensiva se desarrollaba en las fábricas procurando “racionalizar” la producción aumentando la productividad del trabajo, la resistencia se afianzaba allí mismo y en los barrios obreros: sabotajes, boicots, “caños”, pintadas, reuniones clandestinas y huelgas (1).

Después de la huida de Perón tras su derrocamiento, el líder en el exilio comenzó a reubicarse frente a la resistencia protagonizada por las masas que habían presenciado también la renuncia de la cúpula peronista de la CGT. John Willian Cooke fue puesto al frente del Comando Táctico que intentó coordinar las diversas acciones que, por fuera de toda dirección, comenzaban a multiplicarse.

En este contexto, un grupo de militares peronistas encabezados por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, organizaron el levantamiento que intentaría retomar el poder provocando una reacción de los militares favorables a Perón.

La señal para lanzarse a la acción se daría con la lectura de la proclama revolucionaria a las 23 hs del 9 de junio durante las transmisiones de las peleas de boxeo en la noche del sábado en el Luna Park. El comando encargado de interferir en las transmisiones de radio y el equipo radial para lograrlo debían instalarse en la Escuela Técnica N° 5 "Salvador Debenedetti" en Avellaneda. Sin embargo, todos los miembros del comando fueron detenidos por tropas del gobierno sin lograr cumplir su objetivo.

El gobierno estaba al tanto de los planes de los conjurados y la Libertadora actuó en forma ejemplificadora. En la noche del 8 de junio de 1956 fueron apresados cientos de dirigentes gremiales, Aramburu dejó listos los decretos que decretaban la Ley Marcial, y los que establecían la pena de muerte y los nombres de los que serían fusilados. Esperó la acción de Valle dispuesto a utilizarla para dar un escarmiento y poner freno por medio del terror a toda resistencia. Las ejecuciones de más de nueve civiles y dieciocho militares, empezando por el mismo general Valle, fue uno de los hechos más vergonzosos de la dictadura militar, que a partir de entonces pasó a ser llamada “la fusiladora” por los activistas. Los fusilamientos fueron sumarios y su mismo trámite lleno de irregularidades, el hecho fue rigurosamente ocultado por la prensa.

Cinco civiles fueron fusilados en un descampado de José León Suárez, por la policía bonaerense; de los doce originalmente detenidos, siete lograron huir, entre ellos el militante de la resistencia asesinado por las Tres A en los 70, Julio Troxler.

Los fusilamientos fueron tema del libro de Rodolfo Walsh, Operación Masacre, una investigación que partió de la publicación del reportaje a uno de los militantes que había escapado con vida, el “fusilado que vive”, Juan Carlos Livraga. Operación Masacre, publicado en 1957, apareció de forma clandestina y sin firma del autor en su primera versión, en ocho entregas sucesivas publicadas por el semanario nacionalista Mayoría.

La pluma de Walsh daría luz sobre uno de los hechos emblemáticos de la represión del régimen libertador que no titubeó en fusilar a miembros de las propias fuerzas y que arremetió después contra los opositores al gobierno.

Como resultado del fracasado levantamiento, varios comandos que habían colaborado con el alzamiento fueron desmantelados y la mayoría de sus líderes encarcelados. Perón, entre tanto, tomaba distancia del golpe frustrado y en una carta de junio de 1956, decía: “El fracaso de la asonada del 10 de junio ha sido la consecuencia del criterio militar del cuartelazo. Los dirigentes de ese movimiento han procedido hasta con ingenuidad. Lástima grande es que hayan comprometido inútilmente la vida de muchos de nuestros hombres, en una acción que, de antemano podía predecirse como un fracaso”. Sin embargo, la resistencia peronista transformará a los “fusilados de José León Suárez” en mártires del movimiento, lo que impulsó el reposicionamiento de Perón frente al levantamiento al que había condenado.

Así, los hechos de junio de 1956 fueron una expresión del odio gorila que el gobierno de Aramburu desató sobre el peronismo y los trabajadores, como también lo fueron de la política de la conducción peronista. Tras haberse negado a resistir el golpe, apelaron por un lado a conspiraciones militares impulsando movimientos alejados de las masas para retornar el poder; intentaron, por otro lado, canalizar la resistencia de las masas a través de las “Instrucciones” de Perón, negociando con los distintos gobiernos que sucedieron a la Fusiladora, sea a través de pactos o mediante la acción de la burocracia sindical. En todo caso, mientras los trabajadores ponían su energía y su sangre, la conducción ensayaba todo tipo de mecanismos para contener las tendencias revolucionarias de las masas, tal la misión histórica del peronismo.

1. La Resistencia, el período que comienza con la caída del gobierno peronista y que transcurre, asumiendo diversas formas, hasta 1969, es parte del libro Cien años de historia obrera en la Argentina. 1879-1969.








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