SEMANARIO

El kirchnerismo y su “Schiaretti moment”

Eduardo Castilla

política
Fotomontaje: Juan Atacho

El kirchnerismo y su “Schiaretti moment”

Eduardo Castilla

“Una bruma se había interpuesto poco a poco hasta ni siquiera ser bruma. Hasta penetrar la realidad con una humedad fantasmal que ya poco menos que era la substancia de todo”. Los peregrinos del fin del mundo. Gustavo Ferreyra.

Un auto recorre el corazón de la república de San Vicente, el mítico barrio cordobés. Es la mañana de un lunes. “Contame quiénes son los candidatos del Frente de Izquierda”, consulta una maestra a la otra. Han pasado 36 horas del cierre de listas para las elecciones provinciales. Atendiendo al mismo conteo, 38 desde que el kirchnerismo cordobés declinó competir en la disputa electoral de mayo. Sus simpatizantes y votantes nadan entre la desazón y la incertidumbre. La maniobra, celebrada en nombre de la “unidad contra Macri”, los impele a votar por Juan Schiaretti, un amigo −tal vez el mejor− de la Casa Rosada.

El derrumbe y la impasividad

Como una cadena nacional improvisada, las imágenes de la pobreza se multiplican en las pantallas televisivas, inundan los portales digitales y aterrizan en la tapa de los diarios. Alternan con aquellas destinadas a reflejar la oscilación del dólar. El país entero asiste al espectáculo de un fracaso. El que fuera nominado “el mejor equipo de los últimos 50 años”, bajo la tiránica batuta del FMI, hunde en la miseria a las mayorías populares.

El llamado círculo rojo también discute los destinos del país. Imagina salidas, piensa alternativas, reclama compensaciones mientras asegura sus ganancias. Ante la debacle oficialista emergen sucesivos planes B, H o L. Consonante o vocal, poco importa, lo esencial es que garantice la defensa de los intereses del gran capital.

Ante el derrumbe en curso, el kirchnerismo insiste con fórmula patentada: hay que “construir unidad”. Su respuesta a la decadencia nacional es una amalgama de retazos de peronismo, donde son bienvenidos propios y ajenos, “traidores” y “leales”, semi-opositores y semi-oficialistas.

En un toma y daca constante, se reabsorbe en los múltiples peronismos. La rendición cordobesa no fue la primera ni será la última. Reclamando “unidad patriótica”, la realpolitik kirchnerista incluye acuerdos en provincias como Santa Fe, Neuquén, Entre Ríos, Tucumán y Tierra del Fuego, entre otras.

Como un silogismo absurdo, en aras de “enfrentar a la derecha” se construyen alianzas con la derecha. La mecánica del frente antimacrista lima cualquier resabio discursivo de progresismo. En el lenguaje político kirchnerista ya no hay lugar para cuestionar la tutela del FMI sobre el país o el saqueo que comete el gran empresariado.

El cálculo electoral viene a expresar los límites de un proyecto que cimentó su (débil) hegemonía en las condiciones particulares de un determinado momento histórico. La primera década del siglo XXI, combinando factores internacionales y nacionales, alumbró un período de discurso progresista latinoamericano, donde se ofreció más crédito del que se podía otorgar.

De crisis y excepciones

En 2005, en el epílogo de una nueva edición de Los cuatro peronismos, Alejandro Horowicz describía los movimientos del nuevo actor político

Atenazado entre la música del tercer peronismo y la letra del cuarto, cabalgar la crisis obliga al gobierno a movimientos que oscilan entre la intrepidez y la trivialidad sin alcanzar a definir una nueva estrategia política [1].

De la mano de Duhalde, el kirchnerismo accedió al gobierno de un país convulsionado por una profunda crisis social, política y económica. Una crisis orgánica [2] que, al encontrar expresión en las calles, había desembocado en las jornadas revolucionarias que tumbaron a De la Rúa.

En aquel (ya) lejano tiempo, la presentación de credenciales anti-noventistas sirvió a la misión política de estabilizar el país burgués. Néstor Kirchner contó con la ineludible ayuda de un favorable ciclo internacional. Heredó -como se estila decir- una economía ya en crecimiento, luego del brutal golpe al salario que había significado la devaluación duhaldista.

Mirado de conjunto, el kirchnerismo fue el sujeto central de una política de pasivización del movimiento de masas. La ebullición social, que había encontrado su punto más alto en diciembre de 2001, fue reconducida hacia los agrietados pasillos de la política capitalista. El Estado, conmovido por el cimbronazo, se mantuvo cuasi intacto. Se quedaron todos...hasta Menem.

Historia de dos ismos

Una breve épica trasversal, teñida por figuras como Luis Juez o Aníbal Ibarra, precedió el ingreso formal del kirchnerismo al mundo pejotista. La decepción tocó la puerta de la intelectualidad progresista, que rastreaba los contornos de un nuevo movimiento histórico.

Entre 2005 y 2012 los habitantes de la Casa Rosada lograron amalgamar a la casi totalidad de aquel universo. La alianza gobernante incluiría en su fisonomía a oscuros y burocráticos dirigentes sindicales -como el espía de la dictadura Gerardo Martínez-; reaccionarios mandatarios provinciales -como Gildo Insfrán o Juan Manuel Urtubey-; figuras del progresismo; y referentes de organismos de derechos humanos.

Solo los cuantiosos dólares que llegaban del mundo permitieron cimentar esa construcción. Como lo graficó Horacio Verbitsky

esos gobernadores que aceptaban las políticas progresistas porque el 90 % de sus recursos provenían de la Nación pegan la puñalada por la espalda porque sus recursos siguen proviniendo en un 90 % del gobierno nacional, y ahora lo maneja Macri [3]

Bajo aquellas condiciones de la economía internacional, el kirchnerismo logró amalgamar discurso progresista y negocios pujantes para el gran empresariado. Lo que la investigadora Paula Abal Medina definió como “la restitución que no alcanzó” [4] puede y debe ser leído como una política estatal destinada a sostener el valor de la fuerza de trabajo en niveles aceptablemente bajos y precarizada [5].

Recitando las 20 verdades

Faltaba tiempo para que el kirchnerismo empoderara a Daniel Scioli como “el candidato posible” cuando el cineasta Nicolás Prividera presagió nubarrones

el ala izquierda del kirchnerismo sigue soñando con salirse del PJ, pero el ala derecha los convence, quizá con razón, de que las condiciones objetivas no están dadas (…) a partir de ahí no se puede sino retroceder: o sea, el peronismo se termina de comer al kirchnerismo (…) si se diluye en el sciolismo habrá demostrado que era sólo una astucia más de la razón peronista, como lo fue el kirchnerismo para el menemismo” [6].

Por aquel entonces, la coalición gobernante anunciaba síntomas de agotamiento. A partir de 2012, el (eterno) fantasma de la restricción externa había vuelto a pisar territorio nacional. Bajo las nuevas condiciones, el kirchnerismo escenificó frustración para diversas capas de la sociedad. Ante los sectores más altos de los asalariados fue la corporización de un odioso impuesto al salario. Ante las clases medias devino responsable del cepo al dólar y límites al consumo suntuoso. Para las franjas más bajas de la clase trabajadora terminó equiparándose con el trabajo precario y la pobreza estructural.

El ciclo cambiemita obligó a una reinvención del discurso político kirchnerista. La derrota electoral hizo mella en sus filas. Los “traidores” fueron perdonados en aras de la unidad. Las banderas progresistas empezaron a descender del mástil. El Vaticano se confirmó como un aliado aún más firme.

En junio de 2017, el politólogo Julio Burdman razonaba:“si uno mira los números duros de la relación de fuerzas del peronismo, el kirchnerismo es claramente minoritario”.

Las elecciones legislativas de aquel año no alteraron significativamente esa situación. Ratificaron sí la potencia electoral de Cristina Kirchner en el conurbano bonaerense. No alcanzó, sin embargo, para erigirla en líder nacional. Los acuerdos que se tejen en este 2019 se explican, en gran parte, desde esa relación de fuerzas.

En la nueva gramática electoral que propone el kirchnerismo, la reivindicada “ampliación de derechos” está ausente. Las alianzas que se proponen enuncian un programa conservador, notoriamente alejado de la tonalidad progresista. Constituyen un aval explícito al peronismo dador de gobernabilidad. La declamada unidad supone un acercamiento a aquellos barones feudales que, gobernando provincias y municipios, han sabido implementar sus propias modalidades de ajuste.

El llamado a “unir pañuelos verdes y celestes” se corporiza en alianzas con figuras marcadamente reaccionarias, como el gobernador tucumano Juan Manzur. Supone fortalecer a un peronismo conservador que milita, consciente y activo, contra los derechos de las mujeres. Implica sembrar de nuevos obstáculos institucionales la pelea por una demanda tan elemental como el aborto legal y seguro.

La construcción de las alianzas electorales ocasiona el reencuentro con el rostro agrio de la burocracia sindical. Los años macristas ratificaron, de manera vehemente, el carácter de policía política que cumple esa casta al interior de la clase obrera. En sus diversas vertientes, las conducciones sindicales burocráticas son (y serán) factor de orden y control. La pasividad popular ante el persistente hundimiento de las condiciones de vida sería imposible sin ese ejército de decenas de miles de funcionarios que traban toda iniciativa de lucha. La construcción unitaria propuesta por el kirchnerismo viene a re-legitimar a esa troupe de traidores.

The Schiaretti moment o el grado cero del progresismo

En una de las variaciones intelectuales sobre los rostros del peronismo [7], Carlos Altamirano señalaba la dicotomía entre el “peronismo verdadero” y el “peronismo empírico”

el tiempo de la expectativa -el del retorno o el rescate- y el del pasado son los dos dominios temporales del peronismo verdadero. El presente es el tiempo que consume el peronismo empírico, cuyo reinado, aunque contingente, impide que la verdad del peronismo se consume [8].

Ante el derrumbe social que impone el ajuste en curso, el kirchnerismo vuelve a proponer el tiempo del rescate. Presenta su pasado como expectativa futura, hacia la cual mirar y volver. Al mismo tiempo, pavimentando las alianzas electorales, reconstruye peronismo empírico, aquel que encarnan barones feudales y dirigentes sindicales eternizados en sus sillones.

Haciendo flamear la bandera de esa unidad, el kirchnerismo se propone como gestor del Estado burgués en condiciones radicalmente opuestas de aquellas en las que fundó su retórica progresista.

La historia enseña. El tercer gobierno peronista fue, en cierto punto, la negación del primero. El Pacto Social y la Triple A barrieron los recuerdos de aquellos años signados por el aguinaldo, las vacaciones pagas y el derecho a organizarse sindicalmente. El nacionalismo burgués de 1945 se estrelló contra otra realidad, tres décadas más tarde. Las consecuencias, como siempre, las sufrió el pueblo trabajador.

Un eventual cuarto gobierno kirchnerista se alejará olímpicamente del modelo (idealizado) de sus primeros mandatos. Ni la historia puede repetirse ni están allí las condiciones económicas y sociales para permitir semejanzas.

La nomenklatura kirchnerista lo sabe. Los gestos amables hacia el FMI y el gran empresariado permiten leer un futuro donde la tutela de Christine Lagarde -o quien le suceda- no está en discusión. La administración de ese estado de cosas no puede más que suponer a la administración del ajuste.

Para el kirchnerismo su Schiaretti Moment no significa, solamente, el grado cero de progresismo. Supone, necesariamente, prepararse para ser gestor de un ataque abierto contra las condiciones de vida de las mayorías populares.

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NOTAS AL PIE

[1Los cuatro peronismos. Alejandro Horowicz 1° edición. 2º reimpresión. Editorial Edhasa. 2011. Buenos Aires. Pág. 323. En una entrevista radial en El Círculo Rojo, realizada en abril de 2018, volvería sobre la misma idea. Ver Alejandro Horowicz en #ElCírculoRojo: “El kirchnerismo tuvo la música del tercer peronismo y la letra del cuarto”.

[2“En cierto punto de su vida histórica, los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales, o sea que los partidos tradicionales en aquella determinada forma organizativa, con aquellos determinados hombres que los constituyen, los representan y los dirigen no son ya reconocidos como su expresión por su clase o fracción de clase (…) el contenido es la crisis de hegemonía de la clase dirigente (…) se habla de ‘crisis de autoridad’ y esto precisamente es la crisis de hegemonía, o crisis del Estado en su conjunto” (Antonio Gramsci, citado en El marxismo de Gramsci: notas de lectura sobre los Cuadernos de la cárcel /Juan Dal Maso. 1° ed. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Ediciones IPS, 2016.

[3Vida de perro: Balance político de un país intenso, del 55 a Macri. Horacio Verbitsky; Diego Sztulwark. 1° Edición. Ciudad de Buenos Aires. Siglo XXI Editores Argentina. 2018. pág. 329

[4¿Existe la clase obrera? Paula Abal Medina-Ana Natalucci- Fernando Rosso. 1°ed. Capital Intelectual. Buenos Aires. 2017. pág. 25.

[5“Durante este período se mantuvieron muchas de las transformaciones en las relaciones laborales que se habían producido en la década previa. En muchos casos podemos decir que estas se afianzaron y se consolidaron, ya que llegaron a abarcar una proporción de la clase trabajadora mayor que en los años noventa”. La economía argentina en su laberinto: lo que dejaron doce años de kirchnerismo. Esteban Mercatante. 1° Edición. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Ediciones IPS. 2015. 132.

[6El Ojo (otra vez) Mocho 2-3, primavera/verano 2012-2013. p. 21.

[7Se puede profundizar sobre este debate en Progresismo K: la historia (repetida) de una impotencia. “Progresismo K: la historia (repetida) de una impotencia”, Ideas de Izquierda n°1. Julio de 2013.

[8Peronismo y cultura de izquierda. Carlos Altamirano 1° ed. - Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2011. Pág. 133.
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Eduardo Castilla

@castillaeduardo
Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.
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