Cultura

TRIBUNA ABIERTA

El jazz y el flamenco en Lorca y Tennesse Williams

La fusión puede ser el principio de algo nuevo. Como es posible fusionar el universo poético de Lorca y Williams cantando a los marginados del sur de lugares tan distintos, tan lejanos del mundo.

Eduardo Nabal

Periodista y crítico de cine, Burgos

Martes 3 de abril | 19:13

El lamento del profundo sur, del terreno de los desheredados, maltratados por la guerra, sujetos por los caciques. El grito de grupos que, hasta hace bien poco, han permanecido al margen. Libertos, libertados, que han buscado senderos al margen o que han errado lejos de las cadenas de la sociedad, los amos, los esclavistas, los censores y sus instituciones.

Hoy no son desconocidas o, todavía, mal conocidas las conexiones entre el flamenco y el jazz, el jazz y su ritmo y el flamenco y su grito estremecido. No soy experto en música, aunque sé que es posible que el flamenco llegue más lejos en su fraseado y el jazz este hoy más depurado, con un ritmo más firme. También existe la fusión y la confusión de los lenguajes y sus músicas, las músicas y los lenguajes.

La palabra fusión es ya casi contraria a traición, la fusión puede ser el principio de algo nuevo. Como es posible fusionar el universo poético de dramaturgos como Lorca y Tennessee Williams cantando a los marginados del sur de lugares tan distintos, tan lejanos del mundo. Lorca conoció el renacimiento del Harlem en su periplo por “las Américas” donde trabó amistad con el mítico Laston Hughes, visitó esos lugares, esquinas o garitos donde se hacía buen jazz, cocido en los hornos de la vieja Nueva Orleans, el grito de los negros a las puertas de sus pequeñas casas, el devenir de un canto de libertad. Todo eso queda plasmado, sin ir más lejos, en su “Poeta en Nueva York”

Ambos dramaturgos retrataron el efecto erosivo del paso del tiempo en sociedades latifundistas, con rasgos rurales, que absorben y apartan. Ambos retrataron con viveza mujeres poderosas y no tan poderosas, complejos mundos quebradizos, maltratados, marginados de toda índole, músicos errabundos, modernas brujas de Salem, libertos de un sur empobrecido; ambos concibieron la fusión entre el teatro y la poesía, igual que otros (como Leonard Cohen) vieron la cercanía entre el jazz y el flamenco, entre Lorca y viaje del retorno de un continente a otro.

Si el uno era de una buena familia granadina, dedico su vida a la difusión errante e incansable de la cultura de izquierdas y fue asesinado por las tropas franquistas en plena guerra civil española. El otro fue hijo de un vendedor de zapatos y una decadente beldad sureña, nieto de un ministro de la Iglesia episcopaliana del sur de EEUU, descendiente de gentes venidas a menos y abandonado en un hogar del que escapó para sobrevivir y escribir en el norte desde el Columbus, Misisipi natal, hasta sus éxitos en el rutilante Broadway de los años cincuenta. Lorca se atrevió a llamar por su nombre a la Guardia Civil actuando contra gitanos indefensos, algo que hoy podría costarle muy caro. Éste y otros gestos de posicionamiento cultural y sociopolítico ya le costaron caros entonces, siendo señalado como “el maricón de la pajarita”.

Ambos aparecen marcados por una sensibilidad enfermiza por una relación extraña no solo con “lo femenino” como leitmotiv y su modo de expresar un homoerotismo sublimado sino también con esa parte del pueblo que no recogía “la historia” oficial y cuya música, el flamenco o el blues, era su modo de grito o lamento de rebeldía, desagarrada voz y canto de libertad, esa batalla constante que hoy reclama con voz veterana la incombustible Angela Davis. Los gitanos y los negros, los palestinos y los manteros. Los compases que buscan la libertad lejos de los moldes clásicos o canónicos, que no temen la improvisación llegados a un punto en que los “patrones” de la belleza impiden la belleza, en el que lo poético se ve estorbado por las reglas mismas del juego escénico, el foro sin fondo de la orquesta o la partitura musical.

De la poesía a la pantomima, de la comedia al melodrama, del juego lúdico a la tragedia o la “pathos”, de la danza a la catarsis purificadora. Es de esa puesta en evidencia del lamento de los oprimidos o los marginados de donde surge la extraña belleza primigenia, hoy pervertida, de ambos cantos, de ambos lamentos del sur, de dos retratistas universales de la condición humana y la lucha por la libertad y la autenticidad en el siglo XX más convulso y contradictorio, en ubicaciones geográficas y cronológicas dispares unidas por músicas y ritmos que expresan un desgarro y un anhelo de algo distinto, raro, queer.






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