Mundo Obrero México

TRANSICIÓN 2018

El gobierno de AMLO y “los sindicatos de la transición”

El triunfo aplastante de López Obrador sobre el partido en el gobierno presenta la necesidad de adaptarse una vez más a la burocracia charra ante un gobierno que dice que va a meter las viejas prácticas corporativas en cintura.

Domingo 2 de septiembre de 2018 | Edición del día

El aplastante triunfo electoral del Morena sobre el PRI, significó también un duro golpe a la estructura sindical que este partido controla hace casi 90 años. Un corporativismo donde la burocracia ha sido un factor clave en la estabilidad capitalista de México, sin importar el color del gobierno de turno.

Esto quedó demostrado con la subordinación del Congreso del Trabajo-CTM a los gobiernos panistas desde el 2000, cuando el PRI perdió la presidencia y el charrismo negoció la conservación de sus privilegios a cambio de ponerse al servicio de los gobiernos conservadores.

Hoy el charrismo enfrenta el reto de sobrevivir en medio de nuevas formas de la política, en un marco de mucha politización y expectativas de cambio de los trabajadores y con un gobierno que se dice opositor a los usos y costumbres de la burocracia obrera bajo los partidos de derecha.

Sin embargo, la burocracia pretende utilizar su capacidad de adaptación para preservarse y conservar sus privilegios (o evitar ir a la cárcel, si el nuevo gobierno actuara contra ellos). Por lo que varios sindicatos están buscando un acercamiento con el próximo gobierno, a cambio de contribuir a una transición ordenada y mantener el control de los trabajadores al servicio de los planes capitalistas.

Esto, ante las medidas anunciadas por el gobierno en relación al impulso al voto libre y secreto para elegir el sindicato que decidan los trabajadores, la eliminación de los contratos colectivos de protección y la exigencia de transparencia de los sindicatos y de sus líderes.

Si se pretendiera enfrentar el poder real de la vieja burocracia sindical, ésta sería una política diferente a la de los gobiernos anteriores. Sin embargo, el acuerdo de López Obrador con los sucesores de la burócrata Elba Esther Gordillo, así como con el líder minero Napoleón Gómez Urrutia (a quien promovió como Senador de la República), tiende fortalecer a un sector de la odiada burocracia, como una vía para tener influencia y base propia en un importante sector sindical.

Y es que es evidente que con su regreso a la escena nacional, la Gordillo apunta a recuperar el control del SNTE (Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación), y por esa vía le sería útil reforzar su apoyo al próximo gobierno. Al mismo tiempo, AMLO contará con la fuerza del poderoso sindicato minero. Gómez Urrutia como senador, sería una importante presión gubernamental para negociar ante las poderosas mineras como las del Grupo México o Peñoles (entre otras), que durante los gobiernos de la alternancia adquirieron un gran poder económico y ejercieron presión política ante el Estado.

Sin embargo, las expectativas de cambio de los trabajadores (que mayoritariamente votaron en contra del tricolor), abren la posibilidad del surgimiento de luchas anti burocráticas que busquen la independencia sindical y acabar con la corrupción en sus organizaciones. Pues millones de trabajadores votaron contra el PRI y el PAN, con la esperanza de una mejoría en sus condiciones de vida a través de aumentos salariales, de prestaciones y contra la sobrexplotación.

Pero, en contraste con lo anterior, la idea de “democracia sindical” de AMLO no busca convertir a los sindicatos en organizaciones libres y combativas que enfrenten los planes capitalistas. No es su tarea; es tarea de los propios trabajadores. al mismo tiempo que defienden su autonomía.

Y es que abrir la posibilidad de que los sindicatos realmente se democraticen y rompan su dependencia con el Estado, conlleva el riesgo de que avancen en su conciencia política, se radicalicen, y luchen con sus propios métodos por echar abajo las reaccionarias reformas como la laboral, la energética y la educativa. Y no esperarse a que “sean llevadas a consulta”.

¿Qué tanto cederá el viejo charrismo, para llegar a un acuerdo con el nuevo gobierno y convertirse en los “sindicatos de la transición”? No descartemos que algunos, “democratizados”, abandonen el PRI y pasan a ser parte de la estructura sindical que piensa montar el nuevo partido de gobierno.

Sin embargo, el PRI no va a renunciar fácilmente al último bastión –debilitado- que conserva.







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