Géneros y Sexualidades

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El feminismo en las pantallas y en las calles

El feminismo llegó a la TV con Jorge Rial y a pocas semanas del 8M vuelven los debates sobre cómo avanzar en nuestra lucha contra el machismo y la opresión.

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Miércoles 7 de febrero | Edición del día

Imagen: Facebook / Ni Una Menos

Una de las novedades de 2018 fue la llegada del feminismo a la televisión, en el lugar menos pensado, el principal programa de chismes del espectáculo conducido por Jorge Rial, con público mayoritariamente femenino.

Durante varios días pasaron por Intrusos Florencia Freijo de Ecofemini(s)ta, la comediante Malena Pichot y las periodistas Julia Mengolini y Luciana Peker, y la actriz y humorista Bimbo Godoy, todas representantes de diferentes voces del feminismo. En uno de los episodios Jorge Rial se comprometió a realizar un debate sobre el derecho al aborto legal, interpelando al Congreso Nacional donde la discusión está silenciada hace años, desde las últimas órdenes de CFK de bloquear las iniciativas, con la bendición del ahora Papa Jorge Bergoglio. Una “pesada herencia” que no molesta a Mauricio Macri y a Cambiemos.

Esta llegada a la televisión es un acuse de recibo tardío pero muy positivo del protagonismo de un actor político indiscutible de los últimos años. El movimiento de mujeres, desde la explosión #NiUnaMenos en 2015, pasando por el masivo #19O de 2016 y el Paro Internacional de Mujeres el 8M de 2017, se transformó en un factor ineludible para cualquier gobierno, todos los partidos de los empresarios y los grandes medios de comunicación. Su desembarco en la televisión habla de ese protagonismo y es muy progresivo en un panorama donde los medios masivos silencian las voces de las mujeres y sus debates.

La lucha por la igualdad

Muchas de las discusiones que vemos en TV no son nuevas, resurgen con cada aparición del movimiento de mujeres y atraviesan al feminismo, como lo evidenció el debate “Hollywood vs. Cannes”, también con mucho rating. Pero que hayan saltado a la TV, y no solo se den en asambleas feministas y algunos ámbitos académicos, habla de la masividad de los reclamos de millones de mujeres que quieren acabar con el machismo, con la desigualdad y la violencia.

Estos debates expresan problemas muy sentidos por la mayoría de las mujeres: la violencia y el acoso, pero también temas menos visibles en los medios como la desigualdad salarial, el trabajo doméstico no remunerado que realizan mayoritariamente mujeres y niñas, el aborto legal, el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y la discriminación que sufrimos en todos los ámbitos.

Las sociedades capitalistas quieren convencernos de que hay igualdad de género porque una minoría de mujeres en una minoría de países goza de algunos derechos, aunque se mantenga la condición de que su género sea oprimido legal, cultural y económicamente. La mayoría de las mujeres sigue cobrando salarios más bajos por realizar la misma tarea, siguen siendo la mayoría entre las personas pobres, la abrumadora mayoría de quienes realizan las tareas domésticas y de cuidados de forma no remunerada, las sobrerrepresentadas entre los precarios.

A la vez, los derechos de las mujeres están bajo amenaza permanente en el capitalismo. Lo vemos en los retrocesos que intentan imponer en muchos países, con mayor o menor éxito. Pasó en el Estado español con la restricción al derecho al aborto, pasó en Polonia donde el gobierno quiso prohibirlo e hizo estallar la bronca de las mujeres el “lunes negro” de 2016. En Estados Unidos, hace años que la derecha cristiana viene erosionando el derecho el aborto implementando trabas legales en varios estados gobernados indistintamente por demócratas y republicanos. Lo advertían las militantes del movimiento de liberación femenina en los años 1970: “Ninguna victoria es permanente”.

Durante muchos años, se instaló de forma incuestionada la idea difundida por el feminismo (neo)liberal de que ya existe la igualdad (por la ampliación de derechos legales en varios países y la creciente inserción de las mujeres en ámbitos públicos). Y las clases dominantes supieron “digerir” ese discurso de igualdad como igualdad de oportunidades, hasta transformarlo en algo que puede convivir sin muchas contradicciones con la explotación y la opresión de millones (que habilita incluso la paradoja del feminismo de derecha). Pero hace algunos años ya que una multiplicidad de voces critica esa idea, alejada de la vida de la mayoría de las mujeres.

Es el capitalismo

Varias activistas y organizaciones, con quienes compartimos luchas y debates, señalan que es necesario construir un feminismo del 99 %, que hay que sumar las demandas de las trabajadoras, las inmigrantes, junto con los reclamos de las personas LGBT. En nuestro país y en el mundo, el eje de los debates son los problemas que afectan a millones de mujeres en sus trabajos, en las tareas domésticas y de cuidados y las múltiples formas en la que se expresa la violencia patriarcal. ¿Cómo luchamos contra la opresión? ¿Alcanzan las campañas de concientización y educación para una transformación radical y permanente de la sociedad? ¿Es posible alcanzar la igualdad en esta sociedad? El deseo que moviliza a millones de mujeres en el mundo plantea la necesidad de delinear políticas y estrategias.

En esta sociedad, la discriminación y el sometimiento de la mayoría de las mujeres son funcionales y necesarios. Por ejemplo, el capitalismo no puede deshacerse del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, indispensables para su funcionamiento. Si el trabajo que hoy realizamos las mujeres de forma gratuita se realizara de forma “socializada”, como cualquier otro trabajo por el que las personas reciben un salario, representaría un costo enorme que deberían absorber empresas y Estados (con sus respectivos viejos y nuevos debates).

Otro ejemplos es la brecha salarial, que en 2017 fue noticia por la ley de igualdad salarial en Islandia. En el capitalismo esa desigualdad condena a las mujeres (incluso a las que ocupan los puestos más altos) a cobrar un salario menor por realizar la misma tarea que un varón por su género. La brecha no tiene fundamentos técnicos ni explicación alguna, aunque podamos indagar en las múltiples desigualdades que empujan a las mujeres a los trabajos de salarios más bajos, las ramas “feminizadas” (derivadas de labores de cuidados como la salud y la educación), el impacto de la maternidad en la posibilidad de reinsertarse en el mercado laboral, entre otras. Pero el “corazón” de la brecha sigue estando en el sostenimiento de una asimetría en una sociedad donde la relación entre los género es jerárquica y se mezcla a su vez con otras jerarquías. La opresión de la mitad de la humanidad está legitimada por un sistema social apoyado en la explotación de la mayoría que no tiene nada para beneficiar a una minoría que lo tiene todo, una desigualdad que atraviesa todas las desigualdades y que impacta de forma decisiva.

Los derechos que tenemos, incluso los más elementales como las conquistas más recientes por visibilizar la violencia naturalizada hasta hace poco tiempo, confirman que la movilización es la vía para conquistar nuestras demandas y que ninguna victoria es permanente en esta sociedad desigual por definición. No está de más recordar que vivimos en un mundo donde 8 hombres tienen la misma riqueza que 3600 millones de personas (de las cuales más del 70 % somos mujeres). Nuestras demandas, las elementales como el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo o medidas básicas para apoyar a las mujeres que sufren la violencia machista, o las más “sistémicas” como acabar con el trabajo de cuidados no remunerado o la desigualdad salarial no tiene lugar en la agenda de las clases dominantes ni cabe en las iniciativas de igualdad de género en el capitalismo. Y sobran los ejemplos donde los gobiernos buscan recortar y restringir los avances más modestos.

Por eso peleamos en primera fila por todos los derechos negados pero lo hacemos con la convicción de que nuestro lugar es con quienes luchan contra el capitalismo por transformar la sociedad por completo y construir una nueva sin explotación ni opresión. Es ahí donde queremos estar, el único lugar donde nuestros deseos de libertad encuentran eco.








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