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El experimento de Louis C.K.

Apareció de la nada. Apenas un mail para los seguidores del sitio web del conocido comediante Louis C.K. anunciando que se emitía el primer episodio de una serie que por 5 dólares estaba disponible para bajar, y un escueto “esperamos que les guste”.

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Domingo 30 de octubre | Edición del día

Sin adelantos, sin trailer ni mayores datos sobre su formato o temática, la única referencia firme que el espectador podía encontrar arrancado el primer capítulo era la reunión de actores consagrados: Steve Buscemi, Alan Alda y Jessica Lange, acompañados por figuras con trayectoria en la pantalla chica como Edie Falco, Steven Wright o Kurt Metzger.

Ideada, escrita, dirigida, financiada y protagonizada por Louis C.K., la serie desarrolla en 10 capítulos la historia de una familia, los Wittel, dueña de un viejo bar en Brooklin que ha pasado de generación en generación entre padres, hijos, tíos y sobrinos. En manos de los últimos Horace y Pete, el bar resiste con sus idiosincrasias (no vender tragos mezclados, solo una marca de cerveza, precios diferenciados según el cliente, etc.) el avance de la gentrificación de esa zona de New York junto con sus habitués, muchos de ellos alcohólicos de diversas generaciones con sus vidas tan devastadas como las de los protagonistas.

Y allí hay una de las primeras sorpresas para los espectadores, que el autor aclaró al emitirse el segundo capítulo en su web: “Atención: este show no es una ‘comedia’. No sé qué es. Puede ser divertida. Y también no. Ambas. Creo que lo ‘divertido’ funciona mejor en su hábitat natural. Ahí en la jungla, junto con lo ‘horrible’, lo ‘triste’, lo ‘confuso’ y la ‘nada’”. Es que aunque muchos de los actores, incluido el mismo Louis C. K., destacan por su trabajo en comedias, Horace and Pete es un drama que depara cuotas de crueldad para todos sus personajes. No se regodea con los golpes bajos ni excluye diálogos desopilantes entre clientes y dueños del bar –todos tan patéticos como cínicos, tan dañinos como tiernos, tan delirantes como realistas–; pero sí nos plantea de entrada una historia familiar traumática cuyo desenlace no puede ser feliz.

La línea argumental principal estaba planteada y fue ensayada, pero el guión incluía blancos en los que se podían colar noticias casi en tiempo real, como el apoyo del republicano Chris Christie a Trump en el capítulo emitido la misma semana en que se anunció, en boca de un habitué del bar y comentarista cínico de la realidad que propone votar a Trump para destruir de una vez el sistema político norteamericano. O las preguntas sobre el tamaño de la Policía de la ciudad hechas a Bill de Blasio, el alcalde de New York, que hará una aparición especial en un capítulo mientras se discutía sobre el tema en los diarios. No faltarán tampoco las situaciones que obligan a indagar irónicamente en casi todos los conflictos, y prejuicios con que lidia la sociedad norteamericana –raciales, religiosos, sexuales y políticos–: mientras algunos personajes despliegan un conservadurismo radical, otros enarbolan un progresismo de rango más bien corto.

Pero si en algo la serie de destaca es por su formato, distinto al de las series distribuidas por televisión o servicios de streaming, lo que ha hecho a la crítica preguntarse, incluso, si la serie debe catalogarse como “televisión”.

Filmada a la manera de una sitcom (con varias cámaras fijas que toman distintos ángulos de un espacio), pero sin las clásicas risas grabadas de fondo, ni el golpe de efecto para ir a los comerciales (apenas a veces una placa anunciando un “entreacto”), ni la obligación de cumplir con las normas que regulan lo que puede o no decirse en televisión (los “standars and practices” que rigen las emisiones en EE. UU.), la estética parece remedar más bien la filmación de una obra de teatro, donde los cuerpos reunidos o las escenografías no pueden editarse y los cambios de foco o el paso a la intervención de otros personajes no tratan de simular un espacio y tiempo reales. En una serie de televisión, donde ello es posible y habitual, el efecto teatral es un extrañamiento buscado.

Por otro lado, si hay algo que no intenta tener Horace and Pete es lo que habitualmente se entiende en el mundo de las series por un “buen ritmo”. Hay marcados silencios y largos soliloquios que pueden durar hasta 40 minutos enfocando solo las expresiones y matices del rostro de algún personaje. Con un tema musical de apertura de la serie compuesto especialmente por Paul Simon, y un ocasional piano al final del capítulo, la música tampoco busca crear ambientes ni clímax sino que acompaña la parsimonia donde las actuaciones deben hacerse valer por sí mismas, y sin duda lo hacen, incluso con partes que fueron improvisadas, como la de la camarera en busca de trabajo interpretada por Amy Sedaris en el último capítulo.

Terminado de emitir el décimo capítulo, y en medio de múltiples rumores sobre las posibilidades de una nueva temporada o sobre los desbarajustes financieros que trajo a las cuentas del comediante, Louis C.K. publicó una larga carta dirigida a los espectadores donde recomienda, a aquellos que no la han visto, que se tomen su tiempo para hacerlo: “Dale tiempo. No sigue ningún ritmo al que estés acostumbrado. Así que mira un episodio, espera una semana, y reflexiona sobre él. Entonces mira un nuevo episodio”. La carta anuncia, también, que no habrá una segunda temporada. ¿Por qué no lo dijo antes? Según explica el autor, para que nadie viera ese último capítulo sabiendo que era el final.

Salida de la nada y terminada también sin anuncios, el experimento de Louis C.K. parece ir a contracorriente de la forma actual de consumir series: los adelantos, comentarios y discusiones sobre la trama en los sitios oficiales u otros dedicados a las producciones televisivas (muchos diarios en EE. UU. y Europa ya tienen una sección para seguir capítulo a capítulo las series), las recapitulaciones y spoilers alerts para quienes van atrasados, incluso nuevos mecanismos de selección por votación del público, como los que promociona Amazon, conforman una experiencia donde es difícil distinguir cuánto hay de una genuina participación del público, o cuánto hay de un aparato de promoción que extiende sus tentáculos. Porque tan cierto como que las redes sociales y el intercambio minuto a minuto sobre lo que ocurre en las pantallas puede leerse como el nacimiento de una nueva forma de espectador, más colectivo y crítico de lo que ve, también lo es que muchos de esos intercambios, promovidos por las mismas productoras que abren foros o canales “participativos”, bien podrían considerarse como la zanahoria que los publicitarios de una industria cada vez más competitiva ofrecen en busca de promoción de sus productos y fidelización de sus clientes. Ya no suena extraño a nadie que, bajo la fachada del “a pedido del público” pero atentas al rating, las productoras obliguen a autores y guionistas a cambiar enfoques, eliminar personajes o resucitarlos.

A pesar de que la serie tiene su base en los diálogos, no siempre los implicados se comprenden. Una joven periodista, frustrada por su trabajo, no parece registrar en su ensimismada diatriba que el chico sentado a su lado está tratando de empatizar con ella narrando la historia de su padre, que había conseguido viajar nada menos que a la Luna; una experiencia asombrosa que no genera en ella, sin embargo, ni el más mínimo comentario. Una mujer reprocha a un amante no haberle vuelto a dirigir la palabra, sin memoria de que en plena borrachera fue ella quien rompió un corazón. ¿Nos escuchamos realmente? Podría ser la pregunta que la serie deja planteada para las relaciones interpersonales pero también para las prácticas que rodean a un género televisivo en pleno desarrollo, donde el dinamismo no escapa a los chichés y los manejos de la industria cultural.




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