Sociedad

El “estrés financiero” de Vicentin y el nuestro

Una cerealera colosal, Vicentín, alega una situación de “estrés financiero” para no pagar un crédito multimillonario que sacó para engrosar sus arcas ya rebosantes. El Estado tolera lo que a los pobres diablos no. El estrés también tiene “clase”.

Miércoles 5 de febrero | 09:18

Un pulpo enorme, con puertos propios, con plantas gigantescas que elevan sus silos, sus sistemas de cintas transportadoras, que decide, como amo y señor feudal en porciones enteras del territorio provincial, contaminar tierras y ríos porque puede, porque lo dejan.

Una empresa colosal, una fiesta permanente desde 1929, amiga de todos los gobiernos, mimosa con y mimada por los militares. Una empresa botona y genocida que entregó delegados a las mazmorras procesistas. Una cerealera récord, que envuelve en terciopelo y coloca en barcos que huyen a Europa, a China o a quién sabe dónde, la riqueza que amasa sobre las hernias y las amputaciones, sobre los accidentes asesinos y la contaminación infinita de los pobladores y trabajadores de a pie.

De Vicentín hablamos, que luego de llenar estantes y estantes de dólares, pidió un crédito al Banco Nación por 18 mil millones de pesos y declaró que no puede pagarlos Alegó que sufren “estrés financiero”. ¿Te imaginás qué pasa si vos trataras de argumentar lo mismo por un crédito hipotecario, para consumo o para tu comercio?

Laura y el viajecito

Laura es pensionada. Viuda y vive sola. Vino a la Anses para sacar un crédito, de esos que promocionan publicidades con viejitos contentos que aprietan dudosos pero sonrientes las teclas de un celular sujetado con mano temblorosa. Laura no está contenta ni sonríe. Ella toma 6 medicaciones diarias. No quiere el crédito “para hacer ese viajecito” que rezan las publicidades. Quiere el crédito para pagar deudas, para pagar la luz y el gas. Laura va a endeudarse, va a destinar una parte significativa de ingresos poco significativos para pagar servicios sin los cuales es imposible vivir, para pagar deudas para comprar bienes de primera necesidad. El único viaje que emprende es la lamentable peripecia de llegar a fin de mes con el sueldo amputado por necesidades básicas. ¿Qué le dirán en la compañía de luz si explica que tiene estrés financiero y que por eso no puede pagar la factura? ¿Tendrán piedad, los señores de la empresa de electriciad, si Laura les explica que padece de una situación de “estrés financiero”?

Alicia no va a Rosario

Alicia vive en Villa Gobernador Gálvez, la populosa ciudad que limita con el sur de la ciudad de Rosario. Sede de multinacionales, polo industrial, capital de la industrial de la carne, zona con acceso al puerto, Villa Gobernador Gálvez no tiene una maternidad para que las miles de mujeres embarazadas puedan dar a luz. Tampoco tiene un cine ni un hospital de alta complejidad. Los vecinos y vecinas que quieren hacer determinadas actividades, desde esparcirse hasta cuidar su salud, deben tomar un colectivo, un taxi o un remís hasta Rosario. Y eso es caro.

Los 100 pesos que cuesta viajar hasta Rosario no es un gasto menor, mucho menos repetido en el tiempo. Alicia lo decía con todas las letras: ella prefiere (preferiría) viajar a Rosario para divertirse, distenderse, mirar vidrieras con cosas que no puede comprar, o hacer algún programa cada tanto. Pero para hacer eso tiene que comer peor, tiene que ahorrar en alimentación. Y ella, entendiblemente, prefiere comer un poco mejor, no llenarse día y noche de arroz para ver productos que no podría comprar si quisiera. Alimentación versus transporte. Transporte versus ocio. ¿Quién habla del “estrés financiero” de las que limpian casas?

Marcelo y Electrolux

Marcelo es un joven metalúrgico, de esos que manejan bicis o motitos desvencijadas para llegar a alguna de las fábricas metalúrgicas del sur de Rosario, para laburar por ¿10 mil? ¿12 mil? pesos la quincena. Marcelo fue señalado por sus encargados ante la anuencia de delegados que pasan más tiempo en conciábulos con la empresa que defendiendo a sus afiliados. Fue echado por una multinacional, por Electrolux. Apareció en los medios de comunicación pidiendo su reincorporación. Hablaba junto a Tiago, su hijo, quien padece una hipoacusia. A la empresa no le importó ni un tantito así que Marcelo quedara en la calle con los obvios gastos extras que significa un pibe con una discapacidad. Lo echó como ni un perro merece que lo echen.

Marcelo no tuvo derechos sindicales, ni ministerios de trabajo que lo defiendan, ni representantes sindicales que levanten la voz por él. Se defendió solo, con sus familiares, con sus compañeros de fábrica, con organizaciones solidarias. Con Tiago. Desde ese momento no consigue trabajo, en parte, por las listas negras que arman los propios representantes de los sindicatos. Las cuentas llegan, los gastos crecen, vivir cuesta más que vida y Marcelo la pelea como puede, como solo un laburante sabe hacer. Pero el estrés financiero de Marcelo y el de miles de obreros y trabajadoras despedidas, no se habla, no merece artículos en los diarios, ni reuniones de banqueros, ni preocupación de funcionarios políticos.

Hoy las campanadas doblan por Vicentin, mimada por funcionarios corruptos y bancos generosos con empresarios lúmpenes y voraces. Y hablamos del estrés financiero de empresas que llenan silos y cuentas bancarias con riquezas amasadas por trabajadores despojados.

Esas mayorías sufren, desde que nacieron sus abuelos hasta que sus hijos o hijas sean adultos. Pero, claro, ¿a quién le importa el estrés financiero de un trabajador?







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