Cultura

CINE // CRÓNICA

El espectro en la sangre: crónica de una película sobre Marx y Engels

La cita era en el Artemultiplex, un cine de Belgrano, en el marco del Bafici, la obra en cuestión: The Young Karl Marx, que aún no fue estrenada en Argentina, es una coproducción belga, francesa y alemana. Cuenta cómo se conocen por entonces los jóvenes Marx y Engels, en el contexto de una Europa convulsionada por la explotación capitalista, la hambruna, la pobreza, las penurias del proletariado, las crisis de los gobiernos, entre 1844 y 1848.

Carina A. Brzozowski

Agrupación Bordó Leo Norniella en Alimentación

Martes 25 de abril | Edición del día

El film fue parte de la cartelera del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires.
Viernes 21 por la noche, fuimos a ver “una de Marx”, “una de lucha de clases”. ¿Querés una de amor? Sí, también de amor, hacia la lucha para abolir la explotación, para que el mundo sea un mundo mejor donde los trabajadores no padezcamos la barbarie del capitalismo.

Salimos del subte, derechito a la vereda del cine. La pregunta era: ¿Vendrán más compañeros del partido? Y ahí vimos que la fila era de casi media cuadra. Algunos acudían directo desde sus trabajos, de los lugares de estudio, era la salida del viernes.

Copamos el cine. Comenzó la película. La primera escena transcurre en un bosque, donde los campesinos recolectan ramas caídas de los árboles. Las ramas caídas también son consideradas propiedad de los terratenientes. Hombres y mujeres, jóvenes y niños, escapando de los soldados que hacían cumplir la ley. Los golpeaban, los mataban en la carrera desesperada por huir. Por unas ramas secas, por leña que recolectaban para cocinar sus alimentos, para no morir de frío. Caían en el medio del bosque, morían. Por unas ramas secas.

Entonces el sentimiento de impotencia, de bronca hacia la clase dominante, se mete en la piel, en el estómago, se te revuelve todo adentro, porque “la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clase”, porque ahora nos siguen pegando, nos siguen reprimiendo igual que entonces. Las leyes están hechas para ellos.
El joven Marx soñaba con esa escena, tenía pesadillas. En eso se convertía su gran preocupación por cambiar de raíz la sociedad en la que vivía, por cambiar la situación de los proletarios del mundo. Escribió un artículo denunciando esa ley y terminó siendo desterrado de Alemania, el periódico para el que escribía, cerró también. Se exilió en Francia.

En ese contexto conoció a Friedrich Engels, otro joven alemán, hijo de un empresario textil, que investiga la situación de la clase obrera en Inglaterra. Dos jóvenes comprometidos con romper las reglas de la sociedad burguesa.

Seguimos sentados en el cine, atentos a la película, y podemos sentir que hablan de lo que hablamos nosotros, escuchamos “propiedad privada”, “explotación”. Vemos escenas que transcurren en una hilandería, donde las mujeres se cortan los dedos trabajando y encima son despedidas, donde trabajan niños pequeños, porque a los empresarios les cuesta menos la mano de obra infantil y acrecientan sus ganancias. Se te sigue revolviendo el estómago, se te llenan los ojos de lágrimas. Creés, sentís que vas bien, que tu lucha no es en vano, porque viene de ahí, porque ya otros lo pensaron para que vos lo hagas carne. La lucha contra la opresión para que la vida no sea la rutina gris de trabajar para ganarse el pan y nada más exista que el desgaste de los cuerpos para sobrevivir.

Promediando la película, llegamos a la escena en que había que votar en una asamblea de la “Liga de los Justos” si Engels podía ser el delegado por Bruselas y de esa manera pudiera presentar un nuevo programa para que la liga se convirtiera en la Liga Comunista, cuestionando a los pacifistas y reformistas que también eran parte de la organización. Queríamos levantar la mano y también votar, porque estábamos todos nosotros en una asamblea con Marx y Engels. Celebramos con suspiros de alivio, con sonrisas, la votación que los favorece. La bandera de la Liga de los Justos que colgaba en una pared, que llevaba escrita la frase: “todos los hombres somos hermanos” es arrancada y reemplazada por una bandera roja de la Liga Comunista en la que resaltaba la frase: “trabajadores de mundo, uníos”. Sentís que el pecho se te llena de orgullo. Los trabajadores, los obreros no somos hermanos de la burguesía. Engels se lo dijo a gritos a los presentes. Sentís que gracias a eso, nosotros somos lo que somos y estábamos ahí. Por consiguiente, somos los continuadores de la liga, “los comunistas con carnet de identidad” preparándonos para construir un gran partido revolucionario internacional.

Casi por el final, vemos a Marx y Engels discutiendo acerca de escribir un manifiesto de los comunistas, para tener una doctrina en común. Algo que hasta ahora, la Liga de los Justos no había hecho. Había que escribir un programa.

Y ahí, claro, queremos participar, queremos escribir, Marx y Engels buscan las palabras, a la luz de las velas, entre manuscritos desprolijos, con ideas mezcladas, el entusiasmo por escribir esta vez no un volante, sino “EL” volante de sus vidas. Buscan la palabra: fantasma, espectro. Un espectro recorre el mundo, el espectro del comunismo.

Estábamos pegados a la butaca. Somos parte de la historia, lo sabemos. Somos ese espectro a donde quiera que vayamos, a donde quiera que el comunismo vaya.
Con lágrimas en los ojos, claro, se encienden la luces, te besás, te abrazás con tus compañeros, te sonreís, sabés que vos, él, ellos, todos nosotros, somos los continuadores, la historia viva de la lucha de clases.

Vimos una de Marx y lloramos, porque llevamos el espectro en la sangre .






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