Mundo Obrero

ARANGUREN, PRESIDENTE DE SHELL ARGENTINA

El enemigo de mi enemigo es mi CEO amigo

Juan José Aranguren, que quiere hacer política pero no quiere que los obreros la hagan en sus lugares de trabajo, no solamente despidió trabajadores sino que les debe plata. Más o menos la misma cantidad por la que el otro día, cada empresario que como él apoyan a Macri pagó por sentarse a cenar en La Rural.

Santiago Trinchero

@trincherotw

Jueves 26 de marzo de 2015 | Edición del día

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Cerca de dos mil empresarios pagaron 50 mil pesos cada uno la carne al horno con papas que Mauricio Macri les sirvió en el predio de la Rural con motivo del financiamiento de su campaña nacional para estas elecciones. El hijo de la patria contratista de los ’90 seduce a la clase empresaria, el pacto con la UCR que emergió de la convención de Gualeguaychú parece catapultarlo como el favorito para disputarle al kirchnerismo la presidencia. El pibe bien de ojos celestes está exultante, los $120 millones que recaudó servirán para comprar los adoquines con los que busca pavimentar su camino a la Rosada. A poco más de un mes que arranquen las primarias en la Ciudad de Buenos Aires, donde Macri juega de local con una escolta de tres candidatos, por abajo ya está armando su dream team para gobernar. En ese equipo de gobierno, por el que los dos mil empresarios pagaron $50 mil una ensalada rusa, ya comienza a brillar un hombre para solucionar la “crisis energética” en la que ellos mismos nos metieron tras una década de desfinanciamiento. Juan José Aranguren, Presidente de la Shell, sonríe y ensaya una falsa modestia.

Tras 36 años en la segunda petrolera del país, Juanjo se retira. No quiere hacer la vida del jubilado VIP que le espera después de tan prolífica carrera. No. Juanjo quiere hacer política, pero la política del país de la década ganada lo encontró en la vereda de enfrente, entre los más malos de entre los malos para un relato que lo putea pero que dejo enriquecerlo con total impunidad. El quinto jinete del apocalipsis neoliberal cabalgó sobre las olas del kirchnerismo sin estrellarse nunca contra las rocas, un mérito que pocos políticos de la oposición pueden ostentar. Juanjo quiere hacer política, pero no le gusta el peronismo. Organiza desayunos con sus empleados de baja monta y les dice que, según su opinión, habría que imprimir billetes de $500 y no votarlo a Massa, porque es cambiar un peronista por otro. A Juanjo le gustaba Macri, ya lo había votado, pero reconocía su falta de proyección nacional. El acuerdo con la UCR que cocinó Sanz desde Entre Ríos se hizo seguramente con una receta digitada desde la casa central de la Shell en Buenos Aires. Juanjo quiere hacer política, pero no quiere que lo voten. Él quiere ser Secretario de Energía, o algún ministerio relacionado a lo que sabe. Que es, básicamente, sacarle jugo a las piedras. El país de Vaca Muerta saluda a este viejo conocido.

Del otro lado de la Rural, de los dos mil empresarios con sus $50 mil en mano arrojándoselos a los pies de Mauricio Macri, hay una familia obrera que pelea desde hace casi un año por llegar a fin de mes porque a Juanjo, que quiere hacer política, se le antoja. Gustavo Michel fue despedido junto a otros ocho compañeros de la refinería de Dock Sud por querer organizar una lista opositora a la conducción burocrática del gremio. Tanto un fallo del Ministerio de Trabajo como del Juzgado Laboral Nº 50 reconocen la actividad sindical de Michel y sus compañeros y ordenaron su reinstalación. Juanjo, que quiere hacer política, despide a los obreros que intentan imitarlo. Desde hace mas de 7 meses que hay una orden de reinstalación ratificada por la Cámara de Apelaciones del Trabajo a nombre de Gustavo Michel. En ese lapso de tiempo el juzgado también labró una multa de $500 diarios por cada día que pasara sin que Juanjo lo dejara volver a trabajar. Al día de hoy no le dio ni un peso. Juanjo Aranguren, que quiere hacer política pero no quiere que los obreros la hagan en sus lugares de trabajo, no solamente lo despidió sino que le debe plata. Más o menos la misma cantidad por la que el otro día, cada empresario que como él apoyan a Macri, pagó una ensalada rusa, una carne al horno con papas y un flan con dulce de leche.







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