Cultura

LITERATURA

El digno adiós a un poeta

El 18 de marzo de 1910 cesaba de respirar el poeta uruguayo Julio Herrera y Reissig, a la prematura edad de tan sólo treinta y cinco años.

Miércoles 10 de mayo | 13:16

Luego de su muerte, en el posterior sepelio el poeta y crítico uruguayo Alberto Zum Felde, bajo el seudónimo de Aurelio del Hebrón, realizó un encendido discurso que pasaría a la historia de la literatura y del movimiento intelectual uruguayo.

En un punzante panegírico, Zum Felde reivinidicó la figura de Herrera, su vida bellamente solitaria, a la vez que arremetió contra la pacatería de la "buena" sociedad del novecientos; publicado días más tarde en el periódico "La semana", el refinado insulto a la hipocresía burguesa montevideana de Zum Felde, quedó impreso para la mejor historia de la letras nacionales, como uno de los documentos más inauditos de poesía contestataria, habilidad discursiva y audacia intelectual.

Nuestra sensibilidad estética y poética, siempre se ha visto conmovida por la lectura y la relectura de este fragmento de dignidad y belleza, sin poder evitar asociar el discurso y el texto de Zum Felde con todos los que en el mundo hacen la guardia de honor en la tumba de los justos.

Anoche he ido a ver el cadáver de Julio Herrera y Reissig. En la rigidez de la muerte, su rostro pálido tenía la misma serena lucidez, la misma tristeza bondadosa y sonriente que a los hombres mostrara en el camino porque pasó cantando.

Su alma ausente de peregrino, dejó como primicia sobre los labios mortales y sobre los párpados para siempre caídos, la sonrisa de miel que extrajo de la amargura noble de la vida

Solo, tan solo como su espíritu elegido pasó entre la turba filistea, su cuerpo estaba allí, supinamente inmóvil.

En torno a su féretro, que parecía aún vibrante, que parecía aún sonoro por contener el cuerpo aquél que fue como una copa de armonías, en torno de su féretro las graves sombras burguesas, en la solemnidad convencional de los duelos vulgares, discurrían gravemente y gravemente hablaban.

La sociedad mezquina en que vivió y que no supo amarlo porque no supo comprenderlo, estaba allí representada por sus cronistas, por sus políticos, y por sus mercaderes.

La gente en cuyo medio vivió como un desterrado, la gente que lo despreciaba por altivo y lo compadecía por iluso, la gente miserable que reía de la divina locura de su ensueño, la gente de alma baja que nunca quiso allegarse hasta él, estaba allí, llevada por la indulgencia de la muerte, rumiando comentarios, mirando con extrañeza el rostro mudo, ahora que su alma no estaba ya en él para espantarlos.

Sí, era necesario que la muerte les entregara así el cuerpo rígido, la pobre carne corrupta, la materia sin alma, para que se atrevieran a mirarlo en el rostro, ahora que él ya no podía mirarlos.

Era necesario que viniera la muerte a libertarlos del íncubo rebelde, para que se dijeran sus amigos, amigos del cadáver, amigos del despojo deleznable de una existencia luminosa que para ellos fue un error.

Como cuervos al olor de la muerte, las sombras innobles de los mercaderes, iban a mentir su duelo por vanidad o por costumbre.

Como cuervos, como cuervos al olor del cadáver, fueron allí los filisteos, los cínicos, los que en la última hora creyeron hacer justicia arrojando al poeta una migaja del banquete del presupuesto, una piltrafa burocrática que él no alcanzó tampoco a digerir.

Solo, solo, en la infinita soledad silenciosa de los no comprendidos, como vivió su alma, como estaba anoche su cuerpo inmóvil bajo la mortaja, así está en esta hora ceremoniosa y vana, rodeado por los mismos cínicos fariseos, sepulcros blanqueados, nidos de serpientes, como decía Jesús.

¡Señores!: Yo no he venido aquí a hacer el panegírico de un muerto ilustre, no he venido a entonar loas ni a bordar bellas frases, no he venido a hacer simplemente literatura, he venido a lanzar una verdad que tengo en la conciencia, he venido a decir una verdad pura y sencilla como fue el alma del que yace.

La única venganza digna de su inmenso dolor y de su inmensa alma, es que ahora os obligue a escuchar la verdad, es que ahora os ponga frente a la verdad, a la indiscreta, a la impertinente verdad.

Y la verdad es que vosotros todos, todos o casi todos los que rodeáis este cadáver fuisteis sus enemigos.

Por vosotros sufrió, por vosotros le fue amarga la vida este que aquí reposa libre de las miserias de los hombres, fue siempre un paria entre vosotros.

Y no creo que sea un sentimiento de amor los que os trae a este acto, no creo que sea el hondo homenaje al poeta lo que inspira vuestras elegías hipócritas. Es, quizá, la vanidad patriótica, que quiere reivindicar para sí un nombre literario que no le pertenece, que no le pertenece porque no ha sabido conquistarlo.

Muchos de los que estáis aquí, habéis venido solo porque el muerto lleva un apellido distinguido y porque su familia es de abolengo en el país. Pero sabed, los que tal pensáis, que Julio Herrera y Reissig está muy por encima de su apellido; que la majestad del poeta ríe de esas vanidades sociales y que por otra parte, los mismos que hoy visten de luto, renegaron muchas veces de él

No; entre todos los que aquí hacemos acto de presencia, somos pocos, muy pocos, los que podemos llamarnos amigos del que ha muerto. ¿Cuántos somos? ¿Cuántos los que le queremos? ¿Cuántos somos los que amamos su orgullo y su locura? ¿Los que sentimos un solemne respeto por su existencia de exiliado? Os juro que somos pocos, muy pocos los que estamos. Yo sé la frase que está ahora en muchos labios: "reconocemos su talento, pero creemos que su vida ha sido un error".

¡Mentira! ¡Lo más grande que ha tenido este hombre es su vida! El talento es cosa que puede discutirse, la originalidad literaria, la propiedad de las ideas, la escuela poética, todo eso es secundario, todo puede ponerse en tela de juicio. Lo que es innegable, lo que es evidente, lo que es absoluto, es la grandeza pura de su alma consagrada a la belleza inmortal, y es la belleza de su vida solitaria, orgullosa, erguida en un ambiente de adaptaciones mezquinas, como una rebeldía indomable de la dignidad del pensamiento.

Sí, señores sí, lo que yo quiero deciros sintetizando el espíritu de mi alocución –que ha venido a turbar la armonía convencional de este acto, porque era necesario que así fuese,– lo que yo quiero deciros de una vez por todas es que a pesar del homenaje sincero o no que aquí estáis tributando, este cadáver no os pertenece.

Y si ahora os fuerais todos de aquí, no quedaría más solo de lo que está en este momento.

Sólo vivió, y sólo vuelve al seno de la tierra.

Su alma, difundida como un soplo de la naturaleza, nos acaricia ahora con el ala ligera de la brisa.






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