Política

OPINIÓN

El difícil arte del ilusionista

El descarnado discurso del gobierno, sumado a su política de ajuste y de ataque a los trabajadores, no hace otra cosa que poner en clara evidencia los intereses de clase que su proyecto político ha venido a consolidar, pero al mismo tiempo corre el velo de la dominación.

José “Pepe” Moreira

Docente, Exaltación de la Cruz

Lunes 23 de enero de 2017 | 13:36

Uno de los recursos ideológicos elementales de la democracia burguesa, para sostener la dominación de clase, es hacer pasar sus intereses particulares como intereses generales de toda la sociedad. Democracia burguesa y capitalismo son perfectas combinaciones que sostienen y reproducen la explotación. Pero cuando las crisis provocadas por el propio capitalismo se entrelazan a su vez con un discurso descarado y descarnado de su personal político, los riesgos de la caída del velo se acrecientan.

Un invisibilizador serial

El capitalismo es el sistema social que mejor ha logrado ocultar, opacar y tornar invisibles las relaciones sociales de explotación y opresión que son propias de su naturaleza. Nunca antes en la historia la dominación de una clase social sobre otras ha desarrollado tantos mecanismos, tan sofisticados y tan eficientes para impedir o dificultar que se devele su verdadero rostro.

Como decía Rosa Luxemburgo, nadie lucha por liberarse de las cadenas que no ve

En ese sentido podríamos hablar de la modernidad capitalista como promotora de un nuevo tipo de encantamiento. El encantamiento que producen la ilusión de la libertad individual, del libre mercado, del progreso para todos, del premio al esfuerzo y al merecimiento propio, de la democracia como gobierno de todos, del Estado como garante del bien común, de la existencia de una patria que a todos cobija y una larga lista de valores e ideas producidas, reforzadas y machacadas hasta el hartazgo por los distintos dispositivos ideológicos al servicio de la clase dominante en el poder.

El Rey desnudo

Las caras visibles del gobierno de la alianza Cambiemos y en particular el presidente Macri tienen enormes dificultades para elaborar y transmitir un discurso que de manera coherente y creíble refuerce la ilusión y el encantamiento que la dominación de clase exige como condición para sostener y reproducir un consenso social que no haga necesario el recurso de la represión como única alternativa para lograr la obediencia de los explotados y los oprimidos.

Tal vez las dificultades del mismo Macri tengan que ver con su procedencia de clase combinada con su inexperiencia en la función pública. Un patroncito de estancia caprichoso. Un nene “bien” acostumbrado a mandar y a que le obedezcan. Tal vez el presidente y su séquito subestimen la capacidad crítica de gran parte de la sociedad y sobreestimen, al mismo tiempo, la influencia de los medios de masivos de formación social que le brindad su apoyo, por ahora sin fisuras y que no proponen repreguntas ni aportan datos o información que habilite una reflexión que ponga sus dichos siquiera bajo la duda o la mínima sospecha.

O bien, el gobierno estima que el corrimiento a derecha del mundo occidental y cristiano habilita un discurso y una praxis del poder más a tono con la etapa y se ha decidido a poner fin al gradualismo y a despojarse definitivamente de su ropaje democrático-republicano para, esta vez sí, por fin, liberar a la derecha de sus traumas históricos y presentarse tal cuál es, con su programa de saqueo sistemático y su codicia desbocada signada por el mandato de su clase de recomponer la tasa de ganancia del capital descargando sobre la espalda de los trabajadores todo el peso de la crisis.

Lo cierto es que en todas sus apariciones públicas el presidente y su “equipo” dejan ver, para quien quiera ver, que no pueden (ni se proponen) ocultar su naturaleza de clase detrás de la retórica típica de una casta política tradicional ya en retirada.

Se bambolea, la Libertad.

A medida que se agudice la crisis económica y que recrudezcan las escaramuzas de la lucha de clases, este gobierno tornará aún más débil el encantamiento e incluso pondrá en cuestión no solo los fundamentos democráticos-liberales que abonan la ilusión burguesa, sino su fuente primera: la idea misma de libertad. Y no solo en su aspecto discursivo.







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