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ADIÓS A DIEGO ARMANDO MARADONA

El día que el mundo se conmovió con el Diez

Sensaciones de un día difícil: la despedida de un Diego Armando Maradona que fue mucho más que un deportista. Sin minimizar contradicciones ni debilidades, el fenómeno profundo de un genio eterno.

Augusto Dorado

@AugustoDorado

Jueves 26 de noviembre de 2020 | 00:00

Uno de los trending topic del día, una de las tendencias en las redes sociales, era #MaradonaEterno. Para embellecer ese acto final de la vida que es la muerte, que es inevitable y parte del desarrollo vital de todo lo que vive, solemos decir cuando alguien muere: “pasó a la eternidad”. Pero en el caso de Diego, lo de Maradona eterno era una creencia que, aunque sabíamos imposible, nos la creíamos igual porque también vivimos de ilusiones, no solamente de pulsiones y latidos. Queríamos creer que Diego iba a vivir para siempre.

Y aunque vimos su estado de salud frágil en el último tiempo, no queríamos creer que en algún momento su cuerpo podía decir basta. Este 25 de noviembre de 2020 lo vamos a recordar como "El día que el mundo se conmovió con el 10".

Mural en La Paternal.
Mural en La Paternal.

Hubo declaraciones de deportistas de todo el mundo, desde Gaby Sabatini, la exgimnasta Nadia Comaneci, el camerunés Roger Milla, el búlgaro Hristo Stoichkov y el excampeón del mundo Jorge Valdano (ambos llorando ante cámaras), un rival como el goleador inglés Gary Lineker elogiándolo, respetándolo como siempre lo hizo. Sería inabarcable enumerar todo eso, cada palabra, cada despedida.

Hubo una despedida vistosa, ruidosa, agridulce, que se dio en las calles: en el Obelisco, en Plaza de Mayo, en las plazas del interior del país, en La Bombonera, en Nápoles, en La Paternal, en todas las ciudades donde a las 10 de la noche fue “La noche del 10” en todos lados, con gente aplaudiendo y cantando “Dieeegooo, Dieegooo”. Se encendieron luces en los estadios de todos los clubes del fútbol argentino, hubo fuegos artificiales en el barrio de La Boca.

Pero hubo otro homenaje profundo y silencioso, que no apareció en cámaras: me contaron de un supermercado en el que jóvenes repositores y cajeras trabajaban llorando y querían cerrar el negocio. No conozco cómo se habrá dado en otros lados, pero estoy seguro de que escenas de ese tipo se repitieron en muchos lugares. ¿Tanto y tan profundamente podía conmover un deportista?

Evidentemente Diego Armando Maradona era mucho más que un jugador de fútbol, mucho más que un deportista. Trascendió esas fronteras. Cuando fue su cumpleaños hace menos de un mes rescatamos el peso simbólico de distintos momentos de su vida, la metáfora del pibe de Villa Fiorito que soñaba con ir al Mundial y que cumplió su sueño ¿Cuántos pibes y pibas que tienen poco o nada no habrán proyectado en Diego ese sueño que por lo menos lo pudo cumplir él?

También reflexionábamos sobre el partido contra Inglaterra, el de la “mano de Dios” y del gol del “barrilete cósmico”, como el momento en que Diego se transforma en mito porque logra apenas 4 años después de la derrota en Malvinas una pequeña revancha simbólica contra el imperio. La vida de Maradona estuvo llena de situaciones artísticas de ese estilo, que se hicieron parte de nuestras vidas.

La sede de Conmebol en Paraguay, iluminada con silueta de Diego.
La sede de Conmebol en Paraguay, iluminada con silueta de Diego.

¿Que tuvo muchas contradicciones y aspectos cuestionables? Por supuesto, hablamos en su momento de su machismo, de enfrentamiento con algunos poderosos pero cercanías con otros (como los nefastos Menem y Cavallo en su momento). Pero lo fundamental, lo que remueve sentimientos de jóvenes en un supermercado o a gente con camisetas de cualquier club llorando por la calle, es la épica de su vida: un pibe que podía haber nacido en los suburbios de Senegal y que alcanzó la gloria por los miles de millones que en este mundo no podemos alcanzar ninguna gloria, porque nos aplasta un sistema social que nos suele dificultar alcanzar alguna gloria.

Homenaje en Nápoles
Homenaje en Nápoles

No se pueden esconder bajo la alfombra esas contradicciones y debilidades. Tuvo actitudes criticables y cuestionables, algunas de las cuales se arrepintió públicamente. De otras se arrepintió ante quienes fueron damnificados por esas acciones (como pudieron ser algunos de sus hijos: todos lo perdonaron y lo aceptaron). De algunas otras actitudes no se arrepintió o no manifestó nada. Pero él siempre fue consciente de que era imperfecto, no escondía ni disimulaba su debilidad. Como en su despedida del fútbol: “Me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”.

Pero Diego “como persona” también era el tipo que estando en la cima, siendo una de las personas más famosas del mundo, podía dejar todo para acompañar a un amigo en desgracia: Pedro Damián Monzón, subcampeón con Argentina en Italia 90, contó en alguna entrevista un momento difícil de su vida cuando estuvo solo y pensó en suicidarse. Este cronista es testigo de la humilde casa chorizo sobre la calle Alsina de Avellaneda en la que vivía Monzón cerca de la cancha de Independiente y de cómo el cariño de los hinchas le borraban por un lapso breve el gesto de profunda tristeza de su cara. Al socorro de ese amigo fue Maradona: “Diego, sentate en esta silla”, le dijo señalando el único mueble que tenía. “Si vos estás en el piso, yo me siento en el piso con vos”, respondió Diego que con ese gesto ayudó a levantar a un campeón en un momento de debilidad. Ese también era “Maradona como persona”.

Ayer circularon algunas otras actitudes que no tenía tan presente y que me parecen rescatables: su apoyo explícito al pueblo palestino, a docentes de la UBA para que cobren un salario y dejen de trabajar ad-honorem. Ayer en La Izquierda Diario publicamos una nota sobre sus dardos contra el Vaticano y la hipocresía de la Iglesia Católica, su apoyo a trabajadores y trabajadoras de Télam y Clarín, el apoyo a Sergio Maldonado durante la desaparición de Santiago, a los jubilados y a las Abuelas de Plaza de Mayo. Era el Diego y podía quedarse cómodo en ese altar al que lo subimos todos, pero cada tanto bajaba al barro y se comprometía con algunas causas con las que prefirió no mirar para otro lado.

Antes de encender las luces del estadio, La Bombonera iluminó el palco de Diego.
Antes de encender las luces del estadio, La Bombonera iluminó el palco de Diego.

Y un día se nos fue Maradona. El tipo que nos conmovió durante al menos 45 de sus 60 años, ayer finalizó su historia. Así como nos acordamos qué estábamos haciendo el día del partido contra los ingleses, a qué seres queridos nos abrazamos cuando Argentina salió campeón en el ´86 ante Alemania, qué pensamos cuando “le cortaron las piernas”, en qué lugar lo vimos tirarse de panza bajo la lluvia con el gol de Palermo, toda la vida nos vamos a acordar de este día que pasó: el día en que el mundo se conmovió con el 10.

Hasta siempre, Diego.







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