Cultura

20 de noviembre de 1845

El combate de Vuelta de Obligado, ¿un hito en la soberanía nacional?

El 20 de noviembre se conmemora el “Día de la Soberanía Nacional”. El verdadero trasfondo del combate de Vuelta de Obligado.

Liliana O. Caló

@LilianaOgCa

Lunes 20 de noviembre | Edición del día

Entre las múltiples facetas que los conflictos bélicos suelen exponer, la dimensión política es una fundamental. Como asunto de Estado, pueden actuar para legitimar poderes públicos, afianzar identidades o agudizar controversias. El combate de Vuelta de Obligado pertenece a este género de eventos. Su importancia en la historia nacional no se debe a la magnitud ni al volumen de recursos que puso en juego, sino al sentido histórico con el que ha sido interpretado y reconstruído en distintos momentos políticos.

¿De qué hablamos?

Situemos los eventos históricamente. En noviembre de 1845 dos de las principales potencias europeas de la época, Francia e Inglaterra, con flotas de guerra secundadas por casi un centenar de barcos mercantes, deciden avanzar sobre las costas del territorio del Río de la Plata, más precisamente sobre el río Paraná.
El nombre con el que se recuerda esta avanzada y el combate emprendido se debe al lugar donde el cauce del río se angosta y gira (Vuelta de Obligado), sitio en el que las tropas de la Confederación rosista, al mando del general Lucio N. Mansilla, intentaron bloquear con audacia y firmeza el paso de esas fuerzas extranjeras. Este hecho se recuerda como “Día de la Soberanía” instaurado como feriado nacional por el kirchnerismo, reivindicando la figura de Rosas.

Las potencias extranjeras apelaron a pretextos varios para llevar adelante esta avanzada. Alegaron buscar “pacificar” la Banda Oriental. Esa ciudad estaba atravesada por un prolongado conflicto interno que definía reagrupamientos de distintos actores de la región. Brasil había abandonado su prescindencia inicial, una vez alejado el peligro sublevacionista de Río Grande del Sur, y junto a Francia, Inglaterra y los porteños exiliados, apoyaban al caudillo oriental Rivera (el ala burguesa mercantil vinculada al comercio exterior) enfrentado al bando oribista que con apoyo de Rosas mantenía el sitio de Montevideo. Años antes Oribe se había negado a colaborar con Francia en el bloqueo a Buenos Aires. Las potencias alegaban también actuar en defensa del comercio en la región y la libre circulación de los ríos Paraná y Uruguay, que habían sido clausurados a la navegación de toda flota extranjera por Rosas.

Si bien las fuerzas de la Confederación no lograron su propósito militar en el combate y son superadas rápidamente, las potencias extranjeras tampoco consiguen todos sus objetivos. Victoriosas en los enfrentamientos, descubrieron que los mercados internos del litoral no poseían el dinamismo económico con el que especulaban y la presión del gobierno británico para normalizar los negocios hizo lo suyo para iniciar su retirada.

Objetivos británicos

Entonces... ¿había sido Inglaterra doblegada en sus ambiciones? La respuesta es contradictoria. Revolución industrial mediante, la crisis económica que hacia finales de la década del 1830 impacta en ese país, puso en evidencia que su adelantado desarrollo industrial había saturado de productos sus mercados y necesitaba ampliar sus áreas de influencia, acorde a la potencia económica en que se había transformado. Mejorar su situación en el sur del continente se presentaba como una opción viable de negocios y prometedora de una nueva etapa en el histórico vínculo con la región.

Por otro lado, la cuenca del Río de la Plata fue durante décadas uno de los ejes más dinámicos para la producción pecuaria y el comercio, área en la que los ríos Paraguay y el generoso Paraná actuaban como vías de integración de ese territorio, cuyo destino de ultramar, tanto para la importación, como la exportación se realizaba a través de los puertos de Buenos Aires y Montevideo. Sin dudas, el control del litoral y la libre navegación de sus ríos era vital para cualquier Estado por los recursos públicos que generaban. Según J. A. Ramos, “los ingleses planeaban en su correspondencia diplomática la balcanización, como lo demuestran las investigaciones contemporáneas en los archivos del Foreing Office. Un agente británico escribía a Londres: El reconocimiento del Paraguay; conjuntamente con el posible reconocimiento de Corrientes y Entre Ríos, y su erección en estados independientes aseguraría la navegación del Paraná y del Uruguay. Podría así evitarse la dificultad de insistir sobre la libre navegación que nosotros hemos rechazado en el caso del río San Lorenzo”.

Ante la posible rendición de la Banda Oriental a Buenos Aires, que parecía cada vez más cercana en noviembre de 1845, agotadas las negociaciones y ultimátum presentados a Rosas, las potencias decidieron romper por la fuerza las amarras que imponían los hacendados porteños. La superioridad militar, técnica y de recursos alentaron a la corona británica a emprender esa aventura que finalmente no ofreció todas las perspectivas esperadas. ¿Este revés supuso para Inglaterra pérdidas irrecuperables? De ninguna manera. Lo mejor sería definirla como un fracaso táctico, pues su política colonialista no desapareció, adoptó un nuevo ropaje: abandonaba la intervención armada, “la política de las cañoneras” como se la llamó, para reemplazarla por la diplomática.

Hacia 1846 Lord Palmerston, el nuevo ministro a cargo de las relaciones, impone finalmente una línea de negociación que culminó en los acuerdos de 1849 (tratado Arana-Southern) en los que Gran Bretaña no resigna el que era su objetivo primario, la liberación de Montevideo (y con ella su estratégico puerto), pues Rosas se comprometía a retirar sus fuerzas de esa ciudad. A cambio Inglaterra asumía el compromiso de evacuar la isla Martín García, poner fin al bloqueo y el reconocimiento de la navegación del Paraná como un asunto interno de la Confederación. Negociación que le permitía, resignando el interior, continuar los negocios con Buenos Aires y evitar la estratégica incorporación de la Banda Oriental a la Confederación, conservando también esa base naval estratégica. Se preservaba un antiguo propósito de la diplomacia británica desde la época de lord Ponsonby, evitar que los negocios en las costas orientales del Río de la Plata quedaran en manos de dos estados (Brasil y Argentina), otorgando protección a la Banda Oriental para lograrlo. Un año después se sellaría el tratado Arana-Leprèdour con Francia, bajo términos similares.

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¿Y Rosas?

En este punto comienza el debate. ¿Encabezó Rosas la resistencia a un nuevo capítulo de la opresión nacional inglesa? Desde el punto de vista de los objetivos británicos es claro que Rosas, sin cuestionar los vínculos estratégicos, no estaba dispuesto a permitir la intervención militar de las potencias extranjeras y obligó a Inglaterra a replantear su táctica. Pero... ¿es posible reducir la epopeya a la osadía? ¿Reivindicar el gesto excluyente de la batalla? Claramente no.

Como engranajes de las guerras las batallas pueden considerarse sus instrumentos, formas de continuar relaciones y motivaciones políticas con otros medios. ¿Cuáles eran los de Rosas? ¿Qué propósitos tuvo? Si bien las rivalidades y conflictos entre los dos puertos se extendieron por varias décadas (al menos desde la creación de la Aduana oriental en 1778), la intervención directa extranjera amenazó en otros términos la privilegiada situación de Buenos Aires. Los límites que Rosas impuso a la política militar colonialista británica y francesa no tenían una pizca de defensa del interés “nacional”. Al presentar batalla, Rosas se propuso asegurar el control absoluto de los recursos de la Confederación, más precisamente los intereses vitales de Buenos Aires; buscó consolidar y preservar la inicial acumulación de capital de los hacendados porteños y sus saladeros, que desde la década de 1820 con la expansión de la frontera productiva y el aumento del stock ganadero, sin grandes inversiones de capital, habían logrado elevar el nivel general de la producción de la campaña y la producción para la exportación. Como señala agudamente Peña “es indiscutible que defendió la independencia del país – de su país, el país de los estancieros porteños, contra todos los intentos de colonización”.

En ese sentido más que un ideario nacionalista, el rosismo supo resolver, en la diversidad de coyunturas, los problemas que enfrentaron los sectores hacendados vinculados a la estancia y al saladero (“la pequeña industria del cuero, la sal y el tasajo”), a costa de las potencialidades relegadas del resto de las provincias.

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Rosas impuso a los sectores comerciales porteños, dependientes e intermediarios del capitalismo europeo y favorables al libre comercio, los intereses del sector terrateniente vinculado más directamente a las fuerzas productivas del país (asentados en la gran propiedad de la tierra), sostén principal de la producción y fuente genuina de la centralización política durante sus mandatos. Sus intereses (los de la elite comercial y terrateniente) confluirán, luego de la derrota de Rosas en Caseros (1852), en los años siguientes ante la oportunidad de negocios que ofrecía el refinamiento del ganado ovino asociado a la “fiebre del lanar” en el mercado mundial, casualmente el inglés.

El combate de Vuelta de Obligado puede recuperarse como un acto de reafirmación política contra la injerencia extranjera. Pero como señala Peña la única “bandera” que Rosas defendió se llamaba puerto de Buenos Aires. Su política buscó preservar las bases económicas fundamentales de la precaria hegemonía política de una clase en formación, que no estaba interesada en desarrollar ningún camino autónomo o nacional como demostró en 1852 el proyecto secesionista de Buenos Aires.

Vuelta de Obligado dejó un legado menos recordado, el de la pax rosista. Rosas logró utilizar los conflictos externos para construir su poder y liderazgo, apelando al respaldo de los sectores populares y el establecimiento del orden interno que incluía el control de los conflictos civiles, la persecución indígena y la transformación del gaucho/peón, condiciones necesarias para favorecer la expansión de la campaña ganadera y los intereses de clase de un capitalismo atrasado y semicolonial en formación.

Fuentes

  •  Peña, Milcíades, Historia del pueblo argentino, Buenos Aires, Planeta.
  •  Jorge Abelardo Ramos, Revolución y Contra Revolución en la Argentina. Las Masas y las Lanzas.
    (https://issuu.com/movidorrego/docs/ramos_jorge_abelardo._las_masas_y_l/160)






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