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El carnicero y la maestra

Corina De Bonis, la maestra secuestrada y torturada por organizar ollas populares para chicos hambreados. Daniel Oyarzún, el carnicero liberado por matar a un pibe que le choreó 5000 pesos (unos 120 dólares a la fecha). Dos casos, dos postales en tiempos de crisis.

Sábado 15 de septiembre de 2018 | 10:52

La maestra es un ejemplo de solidaridad entre una mujer que cobra un salario de miseria pero algo cobra, con chicos y familias que están peor que ella, hambreados.

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El carnicero es un ejemplo de enfrentamiento entre alguien que tiene un pequeño negocio (que rinde cada vez menos) y otro que está peor. Enfrentamiento sangriento y salvaje, porque el hombre -ya fuera de peligro- persiguió al chico con su camioneta hasta reventarlo contra un poste.

Las dos son postales de tiempos de crisis: mientras más hambre, surgen más lazos de solidaridad entre los pobres, que se ayudan entre sí para sobrevivir. Mientras más hambre también más desesperación, más odio, más resentimiento, más delito por parte del que no tiene nada, más gente que teniendo una pequeña propiedad está dispuesta a asesinar para defenderla.

Solidaridad entre pobres y enfrentamientos entre pobres: dos cosas que pasan en tiempos de crisis.

Los que generan la crisis con sus políticas, con sus pactos con el FMI, con su corrupción, no practican la solidaridad ni tampoco se manchan las manos con la “justicia por mano propia”: pero condenan la primera y festejan la segunda.

Los que hambrean a los chicos, los que recortan presupuesto educativo, los que dejan las escuelas sin gas y mandan una vianda fría e insuficiente no van a los barrios a revolver la olla. Por el contrario: atacan a las maestras que sirven el guiso. Empiezan a tirar frases como “el paro docente es político” y de repente, por “arte de magia”, aparecen paredes pintadas con “den clases, no hagan política” y a Corina De Bonis la levantan en un auto, le ponen una bolsa en la cabeza, la golpean y le escriben con un punzón en la panza: ollas no. O sea: solidaridad no. Ni siquiera quieren que los pobres tengan eso.

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Los que devalúan la moneda, inflan los precios, destinan miles de millones a “los mercados” y empujan con ello al pibe pobre a robar y al carnicero a la desesperación asesina, festejan la "justicia por mano propia", la celebran, la defienden, pero ellos no se manchan las manos de sangre.

Ellos tienen otros que cuidan su propiedad: seguridad privada, policía, gendarmería, ejército. Tampoco pierden nada si les roban 5000 pesos por la calle porque tienen cuentas en el exterior con millones de dólares y subiendo. Incluso debe parecerles muy económico que los carniceros se encarguen directamente de los ladrones de gallinas, para no tener que gastar recursos policiales y judiciales en menudencias como 120 dólares y bajando.

No: los que generan la crisis no practican ni la solidaridad ni la justicia por mano propia. Pero condenan la primera y festejan la segunda. La maestra que alimenta a los pobres, torturada como en tiempos de la triple A. El carnicero que los aplasta contra un poste, celebrado como héroe nacional.

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Eso quiere el poder. Porque hay dos salidas a la crisis: o los pobres y los no tan pobres se unen y luchan en común contra los que generan la crisis y el hambre, o se matan entre ellos mientras los otros siguen saqueando el país.

La trampa es que en la solidaridad hay algo para ganar y en el enfrentamiento entre pobres no.

Con la solidaridad los chicos ganan un plato de comida que no tendrán que salir a mendigar o robar. Las maestras ganan apoyo de las familias para sus paros, mayor poder de movilización para defender salarios y escuelas y, si tuvieran una conducción sindical combativa que en vez de esperar a 2019 peleara contundentemente en 2018, quizá ganarían algo más, como ganaron esta semana los trabajadores y trabajadoras del Astillero Río Santiago. En la solidaridad, en la unidad de los trabajadores, los desocupados, los pobres, hay algo para ganar. Y si esta solidaridad se potencia puede ir de conjunto en contra de los que nos saquean todos los días.

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En cambio, el carnicero no ganó nada. Ganó, si se quiere, una libertad que jamás hubiera perdido si no se le hubiera dado por matar al chico que le robó. No ganó nada más. Esos 5000 pesos que salió a buscar desesperadamente la noche del 13 de septiembre de 2016 valían por entonces unos 335 dólares. Hoy valen 120. Al carnicero lo saquearon y lo seguirán saqueando: pero “los mercados” no se pueden perseguir con la camioneta y reventar contra un poste.







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