Política

ANÁLISIS/OPINIÓN

El cambio cultural en tiempos de CEO

El Gobierno macrista intenta impulsar un “cambio cultural” basado en la meritocracia como el gran valor de época. Una idea que se sustenta en la falsa premisa de una supuesta “igualdad de oportunidades” que no existe.

Paula Schaller

Licenciada en Historia - Conductora del programa Giro a la Izquierda

Martes 26 de septiembre | Edición del día

Meritocracia a lo Tracímaco

Mucho trabaja el sistema comunicacional para ocultar a las grandes mayorías que las ideas que dominan el discurso público son en realidad las necesidades del empresariado, más o menos mediadas. Periodistas que constantemente citan “lo que piensa la gente” para darse credibilidad y apariencia de neutralidad presentan como un sentido común ideas que buscan instalar un común sentido de las cosas.

Afirmaciones como “la educación es un fracaso porque no se estimula a los que se esfuerzan”, “hay demasiados vagos”, “al que hace méritos le va bien”, “hay que esforzarse más”, dominan la esfera político-mediática. Es que en los tiempos macristas no sólo se busca aumentar la productividad y rebajar el salario, sino que se apunta a una suerte de coucheo masivo donde se exige que quienes serán ajustados lo vivan con la satisfacción de aumentar su “cultura del esfuerzo”. Una idea “a lo Tracímaco”, el filósofo antiguo que sostenía que lo justo no era otra cosa que el interés del más fuerte.

El verdadero desafío de lo que el Gobierno llama el “cambio cultural” está en instalar la meritocracia como el gran valor de época. “Al que se esfuerza y hace méritos le va bien”, porque hay “igualdad de oportunidades”, nos dice el macrismo en una combinación de liberalismo decimonónico y discurso motivacional new age. Relato de la cultura del esfuerzo que torna burlesco en boca de quienes no realizaron más esfuerzos que gestionar sendas fortunas familiares previas o hacer pingües negocios con el Estado (Bullrich, Macri, Peña-Braun, por poner pocos ejemplos).

Homus emprendedor

En un artículo para Le Monde Diplomatique Ezequiel Adamovsky señala que el discurso cambiemita guarda sus matices con el crudamente neoliberal del menemismo que azuzaba la idea de un Estado chico y un individualismo desenfrenado a nivel social. Más bien es un intento de retorno al individualismo por otros medios, 2001 mediante.

Luego de la enorme respuesta social a la crisis de ese año, al retorno de la clase obrera como activo sujeto de lucha a lo largo de todos estos años, al protagonismo creciente de la juventud en la militancia política–relación de fuerzas bajo la cual tuvo que gobernar el kirchnerismo intentando relegitimar el dominio burgués-, no se puede volver sin más a un discurso típicamente neoliberal sin guardar algunas formas. Las formas adquieren el relato del emprendedorismo, donde los individuos aparecen como interlocutores de un Gobierno que los llama a “desplegar sus talentos”.

¿Pero cuánto de neoliberalismo enterró verdaderamente el kirchnerismo? Mucho menos de lo que admite su relato. Nadie podría negar que las ideas-fuerza del relato cultural kirchnerista fueron distintas a las del macrismo. Pero la restauración del Estado en el centro de la vida política de la que hizo gala no sirvió ni para revertir los problemas estructurales de las grandes mayorías ni para empoderar a la clase trabajadora, que siguió en una medida importante sin acceso a la “ciudadanía sindical”, precarizada, y donde los sectores estables y en blanco fueron atacados por el discurso estatal como “privilegiados” frente a los sectores más humildes.

El kirchnerismo gobernó alentando una férrea división entre lo que Emilio Pérsico llamó la crema, la leche y el agua (un 20 % de los trabajadores estables y en blanco, una enorme mayoría precaria, y una considerable cantidad de trabajadores de sectores informales, mucho más humildes). En esas condiciones, avanzar en una ideología del individualismo tornó considerablemente más fácil.

Libertad e igualdad

Es sabido que el encumbramiento de la burguesía a clase dominante entre el siglo XVIII y XIX vino acompañado de un sistema propio de creencias alrededor del cual interpretar el mundo, un mundo que la burguesía construyó “a su imagen y semejanza” al decir de Marx y Engels. El nuevo ideario burgués, que sepultó siglos de ideología al servicio de la nobleza feudal, tuvo como pilar la coronación del individuo como agente central del proceso histórico, como su nuevo amo y señor mediante la razón como la “palanca de Arquímedes” capaz de mover el mundo, lo que significó un enorme progreso histórico.

Concurrentemente, el ideario burgués se sustentó en la noción de la libertad individual como nuevo articulador de las relaciones sociales, que la burguesía entendió antes que nada como libertad de comerciar. Lo propio sucedió con la idea de Igualdad, que proclamaba en su estrechez meramente jurídica de “igualdad ante la ley” sus concretos límites de clase. La igualdad ante la ley propia del Estado y el derecho moderno burgués vino a instalar el credo liberal de la igualdad de oportunidades. El mundo burgués se presentó como el vergel de las posibilidades donde todo avance dependería del esfuerzo propio, de los méritos alcanzados.

Marx dijo que la burguesía corrió todos los velos de santidad que envolvían las relaciones sociales, pero lejos del reino de la libertad y la igualdad, la supresión de los privilegios de sangre instauró un nuevo despotismo, el del interés, “tanto más mezquino, más indignante, cuanto mayor es la franqueza con la que proclama que no tiene otro fin que el lucro.” El leitmotiv del mundo “a imagen y semejanza” de la burguesía fue organizar el conjunto social en torno al lucro, la acumulación, el incremento y la realización permanente de ganancias para una minoría. Cualquier semejanza con la apuesta macrista no es pura coincidencia.

Los verdaderos cruzados reaccionarios

En un artículo de Jorge Fernández Díaz publicado recientemente en La Nación se sostiene que los sectores que se oponen al modelo de ajuste macrista y sus nociones culturales serían reaccionarios por negarse al cambio: “Adolescentes de colegios secundarios no buscan subirse a las flamantes reformas y aun extremarlas; sólo aspiran a detenerlas para que todo siga igual. Lo hacen con el apoyo de padres presuntamente progres que sostienen el statu quo, resisten con vehemencia la recuperación de la escuela pública e impiden su conexión con el mundo real, algo que constituiría una vacuna contra el futuro desempleo de sus propios vástagos.”

El hueso de la cuestión es que se presentan como ideas de avanzada (“Secundaria del futuro” se denomina la reforma educativa pro-mercado que busca el macrismo en la Ciudad de Buenos Aires) nociones profundamente reaccionarias. Una verdad de perogrullo: no hay igualdad de oportunidades allí donde hay desigualdad social, que condiciona el acceso a la educación, a los bienes culturales, materiales, y un largo etc.

No debería ser necesario aclarar que mientras algunos niños reciben una educación privada de privilegio otros van a la escuela para poder comer. La igualdad ante la ley no es igualdad ante la vida. Nadie lo desconoce, menos aún los CEO que hoy gestionan el Estado.

El relato meritocrático busca naturalizar socialmente que las mieles del progreso están reservadas para pocos. A aquel elitismo que la República conservadora oligárquica admitía sin tapujos el macrismo lo camufla de eficientismo empresarial, pero sigue siendo igual de reaccionario. Una educación “eficiente” al servicio del lucro descarado, como mostró sin disimulos el Ministro de Educación, Esteban Bullrich, que frente a la UIA se presentó como “un gerente de recursos humanos a su servicio” (sic), aparece como central en el cambio cultural que impulsa el gobierno –con la inestimable ayuda de la “pesada herencia kirchnerista” que permitió el sistema de pasantías-.

Se buscan fomentar las presiones al academicismo y la competencia por la productividad profesional como inhibidores de la articulación del movimiento estudiantil como sujeto de crítica social, de lucha y aliado de los trabajadores que salen a pelear.

Pero históricamente, fue la clase obrera la que se ganó el derecho de portar la bandera de la fraternidad entre pueblos y oprimidos, opuesta por el vértice al egoísmo inherente al ideario burgués. Ahí donde la burguesía encumbró al individuo, al sujeto emprendedor y consumidor atomizado y enfrentado al resto en el mercado, el movimiento obrero habló el lenguaje de la unidad de clase, de la comunidad, de la solidaridad que solo emana de la búsqueda desinteresada de un mundo social sin miserias ni explotación, donde el derecho al lucro no esté por encima del derecho a la vida.

Una juventud que se proponga enfrentar el ajuste en las calles también tiene que batallar contra las ideas que el macrismo busca instalar como nuevo sentido de época y buscar los mejores aliados en ese camino. Mucho de eso adelantan los secundarios de Buenos Aires, que defienden el derecho a la educación pública y al pensamiento crítico, mal que le pese a Rozitchner.






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