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El beso de la mujer araña: una obra maestra de Puig en clave pop

Manuel Puig publicó en 1976 la que fuera tal vez su novela más conocida y quizás también, la mejor. Llevada al cine por Héctor Babenco en 1985, e interpretada en múltiples teatros del mundo.

Facundo Tisera

@facu.tisera.11

Miércoles 3 de abril | 22:32

Es la obra del escritor argentino que más repercusiones tuvo a nivel mundial. Más allá de eso, se trata de una verdadera joya de la literatura nacional y es por eso que aún hoy, cuarenta años después, sigue siendo actual y conmovedora.

El libro trata de dos hombres -Molina y Valentín Arregui Paz- que se encuentran presos en una cárcel de Argentina. El primero es homosexual y está a la espera de su sentencia por corrupción de menores. Valentín es un militante de izquierda detenido por “subversivo”.

Casi toda la novela transcurre dentro de la celda y la historia se va a ir construyendo a partir de los diálogos de los personajes. Molina y Valentín nos irán contando acerca de sus vidas y sus pensamientos. Dividida en dos partes, el final de la primera va a implicar un movimiento que re-significa todo el argumento.

El beso de la mujer araña es un sinfín de recursos que se suceden. Desde sus primeros libros Puig había dado un giro conceptual incluyendo elementos de la cultura popular dentro de la literatura, sin embargo el autor va más allá en esta novela porque el mensaje pareciera ser que toda escritura es potencialmente en sí misma una pieza de literatura.

El primer aspecto interesante es la ausencia total de narrador. Los personajes dialogan sin un otro que modere el discurso y guíe al lector. Eso implica un primer momento de confusión y un segundo momento de apropiación del texto. La fuerza discursiva de los protagonistas es tal que gradualmente se naturaliza la falta de objetividad que implicaría un tercero y se empieza a jugar con las subjetividades que se despliegan.

En segundo lugar nos encontramos con que la novela está escrita en lo que podemos pensar como tres niveles distintos de información. En el nivel de la superficie encontramos el discurso del cine. Molina le relata a Valentín distintas películas de Hollywood que recuerda (La mujer pantera, Yo caminé con un zombie, El gran amor) y es a través de ese acto discursivo superficial que se filtra el segundo nivel, el del discurso histórico, donde accedemos a la vida de los protagonistas. Así es como entre escena y escena los personajes asocian el cine a sus vivencias y nos cuentan sobre ellos mismos.

El tercer nivel, que podemos pensar como nivel informativo, es el que se despliega a través de las notas al pie que Puig va dejando a lo largo del texto.

Desde allí se genera una suerte de novela paralela en la que el autor nos comparte ensayos, escenas de las películas que no son comentadas por los personajes o artículos científicos. El trabajo que Manuel Puig hace con estos tres niveles es minucioso.

Para terminar, Puig juega con los distintos canales para su mensaje. Desde el diálogo sin narrador, siguiendo con las notas al pie, diálogos estilo obra teatral, informes policiales y legales y demás, la trama avanza y atrapa hasta el final. No por nada el recordado y querido Ricardo Piglia definió a Puig como una de las tres vanguardias argentinas.

Una novela experimental y controversial como pocas que siempre vale la pena volver a leer.







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