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El asesinato de los clásicos: entre la devoción y la ignorancia

La referencia a una obra clásica suele estar precedida por la devoción o por la ignorancia, resultando muchas veces difícil determinar los límites entre una y otra. Lo que sí es seguro es que ambas tienen como consecuencia los mismos efectos.

Rafael Fernández Pimienta

Escritor y docente.

Domingo 28 de junio de 2015 | Edición del día

Raudales de tinta han corrido en la discusión de qué hace que una obra sea considerada clásica, y más allá de los alegatos que se esgriman para justificar la clasicidad de un texto hay un elemento que nadie puede poner en duda: lo clásico tiene que ver con la permanencia. Una obra que llega a esta calificación sobrevive. Ha vencido las distintas conjunciones de tiempo y espacio, ha mantenido su existencia a pesar de los cambios políticos, sociales, culturales, económicos. Ha resistido todos los fuegos, los metafóricos y los reales. De su existencia prolongada algunos hacen una fe. Tal libro es indiscutible, si ha llegado hasta nosotros es porque debe seguir viviendo, sin ni siquiera poner a prueba su derecho a tal título. Un clásico es un clásico y punto. La tautología se convierte en su muralla protectora. Por su parte, los ignorantes mantienen el rótulo no por un placer divino, sino por el interés de ser bendecidos al nombrarlo. Alguna vez el escritor y comunicador argentino Alejandro Dolina dijo en su programa La venganza será terrible que existe mucha gente que preferiría “haber leído” a leer, es decir, conocer lo que pasa en La Ilíada por ejemplo, sin gastar un solo segundo de esfuerzo. Estos simulacros de lectores querrían disfrutar del placer de ostentar un conocimiento sin haber vivido el disfrute laborioso del lector verdadero. Con sus posturas, paradójicamente, tanto devoto como ignorante, contribuyen en el asesinato de los clásicos. Una obra de este tipo no puede ser nunca una superstición pues ese estado implica su fin. Debe ser una existencia viva, cambiante, una especie de test de Rorschach en el que cada lector ve reflejada una parte de sí y una parte del mundo que lo envuelve. Las palabras, sus combinaciones, la estructura general de la obra, ha sido construida tan magistralmente, que cada vez que es tomada por un lector, más allá de las épocas y de los lugares, se vuelve un caleidoscopio que descubre ante los ojos formas y colores actuales. Permítaseme una aclaración: un texto clásico no presenta un tema actual. Como ya lo dijo Borges (este autor será una presencia permanente en esta columna), los temas de la literatura son muy pocos, lo que varía es la forma con que esos temas son abordados, y en esa forma radica la explicación de la permanencia del texto.

“Las emociones que la literatura suscita son quizá eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera de un modo levísimo, para no perder su virtud.”

“Sobre los clásicos” Jorge Luis Borges

La forma debe ser tan sólida como maleable, tan estupendamente articulada como potencialmente cambiante. Un clásico es permanente y mutable:

“Estos son en verdad los pensamientos de todos los
Hombres en todos los lugares y épocas; no son
Originales míos.
Si son menos tuyos que míos, son nada o casi nada.
Si no son el enigma y la solución del enigma, son
Nada.
Si no están cerca y lejos, son nada.

Éste es el pasto que crece donde hay tierra y agua,
Éste es el aire común que baña el planeta”

“Canto a mí mismo” Walt Whitman

El clásico no es mármol, no es estatua, no es museo; es un espejo. En el mismo, seres humanos de distintas épocas y lugares descubren los rostros de sus vicios y de sus virtudes, hallan, aunque sea por un instante, el reflejo de quiénes son y a partir de la imagen devuelta podrán actuar, si tienen el suficiente valor de asumir la cara que les fue revelada.

“A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo,
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.”

“Arte poética” Jorge Luis Borges

Este conocimiento es tan poderoso, que revelar y rebelar pasan a ser, después de todo, la misma palabra. Y en ese revelarse, y en ese rebelarnos, sobrevive no sólo el clásico, sino la esperanza de nuestra propia lucha y de nuestra permanencia.




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