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El aprendiz de brujo: Donald Trump y la extrema derecha*

La campaña presidencial de Donald Trump tuvo un éxito relativo en galvanizar a la extrema derecha de la base republicana. Aunque él es casi por seguro un candidato inelegible a nivel nacional, la escalada actual de xenofobia racista a la que él da voz y cuya campaña está movilizando, presenta una amenaza que continuará más allá de las elecciones de 2016.

Jueves 11 de febrero de 2016

En Boston, un indigente de 58 años fue golpeado y orinado por dos hombres blancos inspirados por la campaña de Trump. No es inusual que la retórica racista de la élite política estadounidense resulte en actos de violencia contra los inmigrantes, negros o musulmanes. Lo que hizo de este suceso algo excepcional fue la respuesta de Trump: “debo decir que la gente que me sigue es muy apasionada. Aman a este país; quieren que este país sea grande otra vez, pero son muy apasionados”.

Aunque Trump dio un paso atrás después de este incidente, su declaración efectivamente aceptaba y embellecía a los agresores en una manera que no se había visto en mucho tiempo en la política tradicional estadounidense. Mientras que ambos partidos no han tenido dudas en azuzar sentimientos islamófobos y xenófobos de manera amplia, esto generalmente ha sido acompañado de un repudio a quienes se han salido del marco de la ley para infligir violencia a los sectores vulnerables y minoritarios de la sociedad estadounidense.

El mismo Trump demostró su verdadera opinión sobre los hispanohablantes en EE.UU. cuando sacó al periodista Jorge Ramos de Univisión de su conferencia diciéndole que “regresara a Univisión”.

Después de que un seguidor Trump haya gritado “White Power” (“poder blanco”, consigna usada por sectores supremacistas) en uno de sus mítines, el director de campaña de Trump respondió diciendo que él no sabía nada de aquel individuo, pero que sí sabía que “había 30 mil personas en ese estadio […]que quieren estar orgullosos de ser estadounidenses otra vez”. Aceptar abiertamente la consigna de “poder blanco” sería suicidio político y sin duda por fuera del espectro incluso de las políticas de Trump. Sin embargo, la tolerancia abierta y la incentivación que su campaña política tradicional tiene hacia estos elementos es donde yace la verdadera amenaza de la campaña de Trump: el fortalecimiento y legitimación de la derecha dura estadounidense.

¿Qué representa Trump?

Donald Trump es en muchos aspectos la quintaescencia del capitalista estadounidense moderno. Heredó su fortuna y expandió su riqueza en bienes raíces a través de una explotación despiadada y efectiva de sus trabajadores, de alianzas con los gobiernos locales y lagunas en el Sistema legal. La especulación —y no la producción— ha sido la piedra angular de sus negocios.

Su nombre y su marca se han convertido en sinónimos de una especie de ostentación de mala educación, la cual podría dejar perpleja tanto a la burguesía más aristocrática de Europa como a los falsos revolucionarios de Silicon Valley. Llegó al punto de que incluso armó un reality show en el que despedía a los concursantes uno por uno hasta que el que quedara ganador iba a dirigir una de sus compañías.

Habiendo comprado a varios políticos a lo largo de su carrera, Trump puede fácilmente acusar a sus competidores de haberse vendido a donadores corporativos. Esta ha sido una de sus fortalezas principales en las primarias del Partido Republicano, donde ha sido capaz de apelar al sector más de derecha y conservador de la clase obrera; su apoyo en el Partido Republicano es de los más altos entre la gente blanca sin títulos universitarios.

Ha tenido éxito en dar una imagen de una historia profunda con resonancia en la sociedad estadounidense: la paradoja del populista rico que moviliza una rebelión anti-intelectual contra la “élite liberal”. Es una fórmula que a diferentes tiempos ha conjurado el fenómeno político de personajes tan diversos como George Wallace, Ronald Reagan y Ross Perot.

Está enraizada en un profundo resentimiento blanco y racista hacia tanto la apertura creada por el movimiento de derechos civiles como hacia el legítimo descontento (aunque haya sido desviado) de las clases con las élites consideradas como responsables del dramático descenso en el nivel de vida de la clase obrera (en especial el sector blanco y masculino) en los últimos 40 años.Su éxito ha dejado continuamente anonadados a los estrategas democráticos que se quedan pensando en el fenómeno de los obreros blancos que votan en contra de sus propios intereses económicos.

Como estrategia para un partido nacional, ha comenzado a mostrar sus límites. El terreno político de EE.UU. ha cambiado fundamentalmente a medida que se vuelve un país cada vez más multirracial. Las victorias de Obama de 2008 y 2012 son prueba de que los políticos ya no pueden apelar solamente a los hombres blancos si quieren tener éxito electoral nacionalmente. Pero lejos de desvanecerse como algunos liberales podrían esperar, en lugar de eso ha habido un resurgimiento y fortalecimiento del profundo resentimiento blanco y conservador.

La emergencia del Tea Party capturó a parte de este resentimiento en un movimiento dominado por la pequeño burguesía y respaldado por los elementos más conservadores de la clase capitalista estadounidense. Provee a su base militante, la cual ha permitido a los republicanos mantener su posición en el Congreso. La élite republicana ha jugado cuidadosamente un juego tanto de alentar como de controlar al movimiento con la intención de usar su energía en la base mientras lo contiene dentro del marco aceptado por la élite del partido.

Donald Trump, respaldado por sus propios recursos financieros inmensos, se ha adentrado a la arena política y se ha colocado a la cabeza del movimiento que pretende “hacer Grande a EE.UU. otra vez”. Ha arrastrado tras de sí a un sector inmenso de la base del Tea Party al mismo tiempo que su inmensa fortuna personal le ha dado en los hechos independencia de la maquinaria electoral del Partido Republicano. Se ha guardado la amenaza de correr como candidato independiente en las elecciones generales como una herramienta importante para asegurar complicidad con el establishment del Partido Republicano.

La extrema derecha y la intolerancia contra los inmigrantes

Su promesa de campaña central es la de transformar la frontera con México en una fortaleza amurallada parecida a la Zona Desmilitarizada entre las dos Coreas. La retórica racista y xenófoba alrededor de los inmigrantes mexicanos lo ha llevado a calificar a los latinos como criminales locos, flojos, violadores y traficantes de drogas. Su intención es la de revocar la ciudadanía por nacimiento y de deportar a todos los trabajadores indocumentados.

La escalada en sus propuestas no tiene precedentes, pero la culpa del sentimiento antiinmigrante que lo impulsa yace en los dos partidos capitalistas. Obama ha deportado más trabajadores indocumentados que cualquier presidente en la historia reciente y los Demócratas que no han apoyado medidas antiinmigrantes más duras han sido cómplices con la política horrenda de su partido.

Trump es uno de los primeros candidatos en mucho tiempo que llama el apoyo de sectores de la extrema derecha. Un artículo del New Yorker da una investigación bastante profunda de un poco del apoyo que ha emergido alrededor de él. Sin embargo, incluso echar un vistazo a los blogs de uno de los sitios webs Neonazis más grandes de la internet —Stormfront.org— revela el tremendo enganche que ha tenido la campaña de Trump. Las vigorosas polémicas contra Trump (por parte de los elementos Nazi más tradicionales), así como las exhortaciones a agruparse tras de él, muestran el efecto electrizante que ha tenido en los sectores más reaccionarios de la población blanca en EE.UU.

Estos sectores ven en su cruzada antiinmigrante la oportunidad de pelear por una mayoría blanca contra la posibilidad de unos EE.UU. cada vez más no-blancos. Más que eso, correctamente ven que su emergencia como figura política tradicional que impulsa una purga racial en EE.UU., ya sea que gane o pierda, ha creado una apertura ideológica más grande entre los sectores blancos de la sociedad estadounidense.

Perspectivas para el 2016 y más allá

Es posible —aunque poco probable— que el establishment del Partido Republicano permita que Trump gane la nominación; al establishment del Partido Demócrata no le encantaría nada más que un duelo entre Clinton y Trump en la elección general, un conflicto del cual Hillary estaría garantizada como la ganadora casi en automático.
Desde la perspectiva de una mayoría electoral del Partido Demócrata, Trump no es una amenaza. La política, sin embargo, va más allá de votar por mayorías: la profundidad y la envergadura de los actores políticos es también importante. La consolidación de una derecha dura y blanca más comprometida en usar a los inmigrantes como chivos expiatorios es un peligro sustancial. Un ala derecho activa que movilice más allá de las elecciones y que lleve a cabo ataques de terror como la golpiza al indigente en Boston es un peligro real.

Para luchar contra la venenosa influencia de Trump y el movimiento que se agrupa tras sus banderas no es posible confiar en el Partido Demócrata. El propio historial de Obama de deportaciones masivas, complicidad demócrata ante el ascenso de la intolerancia antiinmigrante y el estatus del partido como un instrumento más del Capital lo convierten en un elemento incapaz de luchar contra el racismo y de plantear una alternativa para la clase obrera. Será necesario un movimiento de masas independiente para luchar contra el racismo y conquistar igualdad legal para los trabajadores inmigrantes.

Es necesario no solo unir los intereses de los trabajadores nativos e inmigrantes, sino que también se necesita unir la lucha de la clase obrera estadounidense con la lucha de los trabajadores en México, China y en todo el mundo.Solamente una resistencia globalizada de la clase obrera puede dar una alternativa real a las mañas de división nacional e intolerancia racista que son usadas para intentar atar a los obreros con los intereses de los patrones.

*Este artículo fue publicado originalmente en LeftVoice el 1° de septiembre de 2015. Si bien algunas cuestiones políticas han cambiado, creemos que la reflexión general sobre la lucha contra el racismo y la extrema derecha sigue vigente.







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