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El agropower y el kirchnerismo: (no tan) enemigos íntimos

En esta ocasión, ofrecemos al lector el capítulo 7 de La economía argentina en su laberinto, de Esteban Mercatante, porque cobra completa actualidad en estos días de mega granjas porcinas y trigo transgénico.

Sábado 24 de octubre | 02:35

Ilustración: Ana Laura Caruso

Como se explica en este capítulo, el enfrentamiento del gobierno de Cristina Fernandez de Kirchner (2007-2015) con el “campo” a partir de la (fallida) implementación del aumento en las retenciones agropecuarias en 2008 no fue más que un choque coyuntural, dentro de una política que favoreció los intereses de la burguesía agropecuaria y sus socios internacionales. También favoreció la extensión del cultivo de soja, la commodity “estrella” de la década ganada, con su secuela de agrotóxicos altamente contaminantes (Monsanto) y semillas transgénicas controladas por grandes pulpos internacionales. El grupo Vicentín, hoy quebrado y acusado de administración fraudulenta, recibió todo tipo de incentivos financieros.

El capítulo describe la modernización del agro argentino y el surgimiento de nuevos actores económicos. Los pools de siembra fueron una de las principales novedades que surgieron en las explotaciones agropecuarias desde finales de la década de 1990, los que crecieron de forma explosiva a partir del boom agropecuario iniciado en 2002. Es una asociación entre el dueño de la tierra, un contratista y un ingeniero agrónomo. El organizador del pool, una vez armado este, se lo ofrece a potenciales inversores: El desarrollo de los pools hizo posible que miles de millones de dólares en fondos comunes de inversión pudieran dirigirse al agro como una colocación financiera más. Ha sido una vía de penetración del capital financiero en el agro (pág. 205).

A su vez, este proceso hizo que un sector de pequeños propietarios se convirtiera en rentistas. Dejaron de producir y arrendaron sus parcelas.

El otro actor central del sector fueron las grandes sociedades agropecuarias, como los Grobocopatel. Fueron estas las que en muchos casos gestionaron la formación de pools. Según datos consignados en el libro, en el año 2008, 50 sociedades manejaban alrededor de 1,3 millones de hectáreas y facturaban 1.000 millones de dólares:

“Los Grobo llegaron a tener en producción 160.000 ha en Argentina, aunque se redujeron a 40.000 ha en 2013-2014. En su época de mayor expansión producían más de 400.000 toneladas de grano al año con sus pools asociados (Grobocopatel se define como un armador de pools) y contaban con miles de cabezas de ganado que engordaban bajo sistema feedlot. En los últimos años disminuyeron su participación en la producción primaria al mismo tiempo que crecieron hasta transformarse en el cuarto grupo molinero del país” (pág. 207).

En la cima de la pirámide se encuentra los actores globales del agronegocio: las grandes corporaciones cerealeras, que se encargan del acopio, comercialización y transporte del cereal (y algunas de ellas son también importantes aceiteras):

“Cargill posee una flota propia y en Argentina opera la Terminal 6 de Puerto San Martín, una de las plantas más eficientes del mundo. Algo similar ocurre con Bunge. También integran la propiedad de una gran parte de la capacidad de almacenaje. Aceitera General Deheza tiene en concesión más de 4.700 km del Ferrocarril Central Argentino. Sobre el río Paraná tienen sus puertos Cargill, Bunge, AGD, Vicentín, Dreyfus, Toepfer (Alemania), Molinos Río de La Plata y Nidera. En los sectores clave de la cadena agroalimentaria, especialmente en la exportación de granos, la extranjerización es muy elevada. En el control del sistema portuario y más aún, entre los grandes exportadores, la presencia extranjera es abrumadoramente mayoritaria. Un puñado de empresas, en su mayoría extranjeras, concentraron el 92 % de los embarques de granos y el 96 % de los deaceites y de otros subproductos, entre enero y noviembre de 2007” (pp. 214-215).

Aunque estos datos son un tanto viejos, brindan un cuadro elocuente del enorme poderío acumulado por las corporaciones durante el auge del kirchnerismo. Es poco probable que este cuadro haya variado mucho, en lo esencial, bajo el macrismo y los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner. Como afirma Mercatante:

“Esto [el peso exorbitante del capital extranjero] se mantuvo intacto con los Kirchner. Aunque desde sectores afines al oficialismo se buscó presentar el conflicto con las patronales agropecuarias suscitado por la Resolución 125 como una ruptura con el agropower, lo cierto es que sus vínculos con varios de estos grandes actores se mantuvierontan estrechos como antes. En los últimos años, las cerealeras han contribuido para que el gobierno pudiera administrar la escasez de dólares, adelantando parte de la liquidación de divisas para nutrir las arcas del Banco Central. Como contrapartida obtuvieron garantías como el seguro de cambio que les proveyó el gobierno para parte de la liquidación de dólares que adelantaron en 2013” (pág. 215).

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Transgénicos y glifosato: mayores ganancias, ecocidio y contaminación

Una de las tendencias económicas fundamentales ha sido el fuerte aumento en los rendimientos por hectárea y en la rentabilidad de los cultivos. Según Mercatante, hay dos factores que lo explican:

“El primero es el continuo mejoramiento de la semilla utilizada debido al desarrollo de la biotecnología. Esto [la modificación genética de las semillas] pega un salto en los noventa con la introducción de cadenas en el ADN de la semilla, como el gen RR que hace a la soja, el maíz y el algodón, resistentes al herbicida glifosato. El segundo factor es la mayor tecnificación del proceso de siembra y cosecha, que contribuyó a reducir la cantidad de fuerza de trabajo involucrada en dichas tareas y –con las sucesivas mejoras de la maquinaria– a disminuir la merma o desperdicio de grano” (pág. 216).

Esto redundó en el auge la soja, impulsado también por la fuerte demanda china de forraje destinado a alimentar a los cerdos:

“A pesar de un corrimiento de la frontera agropecuaria, gracias al cual el área sembrada total pasó de 22 millones a 31 millones de hectáreas, la soja ha avanzado en detrimento de otras actividades. […] Son 5 millones las hectáreas que la soja le ha ganado a otros cultivos.Lo más crítico, sin embargo, es la caída en la superficie dedicada a la ganadería y el desmonte de bosques. Según estimaciones, la deforestación realizada para incorporar las tierras a la agricultura ronda los 1,9 millones de hectáreas” (pág. 218).

La degradación del medio ambiente se agravó considerablemente este año, con incendios intencionales en varias provincias (Córdoba, Entre Ríos y San Luis), con el fin de convertir humedales y bosques en tierras destinadas al cultivo. Este auténtico ecocidio, que compromete el futuro ecológico del planeta, no surgió de un repollo: es la continuación, en forma más rapaz y decadente de fenómenos ya incubados en años previos. El uso extendido e intensivo del glifosato (un producto probadamente cancerígeno) no hace más que completar el cuadro de la negligencia y desprecio capitalista por la salud de las poblaciones rurales.

Como Mercatante denuncia:

“La ganancia capitalista y la garantía del acceso social a bienes fundamentales se muestran acá cada vez más irreconciliables. Las intervenciones del kirchnerismo, celosas de no afectar la propiedad privada, no hicieron más que agravar los problemas que solo pueden resolverse poniendo en cuestión el manejo capitalista del agro” (pág. 220).







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