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OPINIÓN

El affaire Galapagar, Podemos y el sueño clasemediero

La compra que hicieron Pablo Iglesias e Irene Montero de una casa de 660.000 euros se ha transformado en la mayor crisis política de Podemos. No es un problema privado ni una trampa de la derecha. Es la última metáfora de la liquidación conservadora de Podemos.

Diego Lotito

Madrid | diegolotito

Martes 22 de mayo | Edición del día

Pablo Iglesias e Irene Montero durante su comparecencia este sábado en rueda de prensa. Foto: EFE/Victor Lerena

Pablo iglesias e Irene Montero, la pareja que hoy lidera los destinos de la formación morada, han comprado una casa de 660.000 euros (con una hipoteca a 30 años) en la coqueta zona de Galapagar. La noticia, filtrada el pasado miércoles por el execrable Eduardo Inda, ha desatado una polémica que hoy ocupa las portadas de toda la prensa.

En un intento de salir del atolladero, el secretario general de Podemos e Irene Montero, portavoz en el Congreso, además de su pareja, convocaron de urgencia este sábado una rueda de prensa en la que anunciaron que ponen a disposición sus cargos mediante un plebiscito. A la pregunta: “¿Consideras que Pablo Iglesias e Irene Montero deben seguir al frente de la Secretaría General y de la Portavocía de Podemos?”, la afiliación de Podemos deberá responder “Sí, deben seguir” o “No, deben dimitir y dejar el acta de diputados”, aunque la devolución del chalet no está contemplada.

Como era de esperarse, la derecha rancia y corrupta está utilizando el affaire para echar lodo sobre Podemos, mientras la pareja es perseguida por paparazzis y los neonazis de Vox cuelgan pancartas xenófobas frente al chalet. Pero las críticas no sólo vienen por derecha y ni siquiera son las más sangrantes. El sentimiento de estafa, rabia o desmoralización (o una mezcla de las tres), recorre a buena parte de las bases de Podemos y, mucho más, a las filas de sus votantes, que ven con impotencia y estupefacción un gesto que en modo alguno los “representa”.

Gesto político y contenido social

Los procesos de metamorfosis política por los cuales capas dirigentes de las clases subalternas se pasan al campo de la clase dominante son un fenómeno propio de la política burguesa. Gramsci identificaba este fenómeno con el concepto de “transformismo”.

En sus escritos sobre el Risorgimiento, el revolucionario italiano distinguía dos momentos: el transformismo “molecular”, que opera cuando “las personalidades políticas individuales elaboradas por los partidos democráticos de oposición se incorporan individualmente a la ‘clase política conservadora-moderada’”, y el “transformismo de grupos extremistas que pasan enteros al campo moderado”. El caso de Iglesias se corresponde con el primer momento.

Podemos se formó en 2014 alrededor de un discurso centrado en la denuncia a la “casta política”. Cuando sus diputados llegaron por primera vez al Congreso anunciaron que la “gente común” y “plebeya” entraba a las instituciones. Pablo Iglesias construyó su figura pública como vecino del popular barrio de Vallecas, profesor precario vestido en Alcampo y crítico de los políticos “pijos” que se “aislaban en un chalet”. Esta imagen, por momentos sobredimensionada como estrategia de marketing político, nutrió buena parte de su capital político. Pero “¿qué queda del viejo Pablo Iglesias?”, se pregunta Emmanuel Rodríguez en una ácida nota de opinión publicada en CTXT: “nada, o quizás la sensación de que todo fue una mentira.”

Aunque Iglesias siempre fue promotor de una estrategia gradualista (reflejo de su escepticismo en cualquier posibilidad de modificación radical de las relaciones sociales imperantes), en poco menos de cuatro años ha pasado de ser el “látigo de la casta”, el joven irreverente, representante de “los de abajo” y con un programa al menos tibiamente redistributivo (aunque lejos de un programa anticapitalista para terminar con el paro, la miseria y la precariedad), a mostrarse como un político con responsabilidad de estado, que promete ser buen gestor de negocios capitalistas y un fiel defensor de la democracia liberal del 78 (incluso contra los derechos democráticos elementales de los catalanes). En definitiva, a ser el epitome de una nueva casta “de izquierda”. Pero que es tributaria no sólo del programa, sino de las aspiraciones, los gestos, la ambición… y también los privilegios y el modo de vida de la clase media acomodada. Este es el contenido político y social que condensa el gesto de comprar junto a su pareja un casoplón de 660.000 euros en una zona reservada para los ricos… para “construir un proyecto de vida”. ¿O no es este acaso el sueño de las clases medias con “buen vivir”, que proyectan a futuro en un país que ha superado la “catástrofe” económica y pueden pensar en la “estabilidad” por más de tres décadas?

El transformismo de Iglesias, sin embargo, ha sido consustancial al de su propio partido (el segundo momento de la taxonomía de Gramsci). Aunque nadie puede acusar a Podemos de haber sido nunca un “grupo extremista”, si de haberse transformado rápidamente en una formación cada vez más anclada en sus posiciones institucionales en el estado capitalista y más alejado de la vida de la clase trabajadora y el pueblo.

Por ello, la compra del chalet de Iglesias y Montero, puede entenderse también como parte del giro político conservador de Podemos. El discurso “anticatastrofista” de Errejón, reivindicando los buenos vientos de la recuperación económica, el “orden” y la normalidad institucional, es complementario a un discurso que reivindica en abstracto el derecho a “vivir bien” y consumir como la clase media acomodada. Y es abstracto porque a la mayoría de la población trabajadora esa buena vida le está vedada inexorablemente por el sistema capitalista.

Iglesias y Montero han explicado que pagarán su casa en cuotas a 30 años, ayudados por ahorros familiares y con sus propios ingresos, diferenciándose de los políticos corruptos que se han enriquecido en base al robo del dinero público. Esto es cierto, pero, aun así, lo que genera malestar entre muchos votantes de Podemos es que la “gente común”, o más precisamente, la mayoría de los trabajadores, no pueden acceder ni en sueños a una casa las zonas donde viven los ricos pagando cuotas de casi 2000 euros mensuales.

Quien más claramente ha expuesto este relato para las clases medias con aspiraciones de prosperidad quizá ha sido Pablo Echenique. Para el actual secretario de Organización de Podemos es una cosa “normal” que Iglesias y Montero se hayan comprado un chalet de 660.000 euros. "Es algo que muchas familias españolas han hecho", argumentó en una radio. La idea de una “clase media decente” que puede tener “un buen sueldo y una buena casa y querer un país mejor en el que nadie lo pase mal” (Echenique) es la culminación de este relato.

Así las cosas, lo “normal” es que muchos comparen el “viaje” de Vallecas a Galapagar con el viaje de la casta socialista a principios de los años 80, comprando casas en Pozuelo y Las Rozas, el chalet como representación de un partido que abrazaba el consumismo de las clases medias acomodadas como “marca”. No se equivocan.

La decisión de Montero e Iglesias choca más en un panorama social donde la crisis no ha “pasado” para todos; para gran parte de los trabajadores y trabajadoras españoles ha dejado más precariedad, contratos temporales, reducciones salariales, hipotecas usurarias que han consumido a las familias o inestabilidad. Eso sin mencionar a los cientos de miles que han perdido sus casas y ahora luchan mes a mes contra el aumento de los alquileres, o los jóvenes que aun teniendo “dos másteres” no pueden abandonar la casa familiar porque no alcanza el dinero.

En este contexto, el que los dos principales dirigentes de un partido que se jacta de “representar” a los castigados por la crisis compren una casa de 2000 metros cuadrados para vivir como los ricos y privilegiados no sólo parece una estafa. Lo es.

Bonapartismo y “pequeña política”

Analistas de todo tipo y color sostienen que la consulta a todos los afiliados de Podemos por la compra del chalet con el órdago “o nos refrendan o nos vamos”, es un despropósito. Cuando Iglesias y Montero deciden convertir la compra de su casa en un referéndum personal no caen en ninguna trampa de la derecha, están ellos mismos convirtiendo a su partido en una maquinaria al servicio de legitimar sus ambiciones personales. Un nuevo gesto bonapartista del líder morado. No por nada el plebiscitarismo ha sido un sello de distinción de Iglesias desde los inicios de Podemos.

No es exagerado que se compare a la pareja con el matrimonio Kirchner, una pareja que siendo una fracción del principal partido burgués de Argentina, el peronismo, y parte de la casta política argentina, se enriqueció primero durante la dictadura y en una década aumentó su patrimonio de 7 millones de dólares a 82. Pues de esta gente Iglesias opina maravillas, como cuando en su reciente visita a Argentina reivindicó “las raíces peronistas de Podemos” y se quedó impresionado por la “personalidad” y “dimensión de liderazgo” de Cristina Kirchner.

Con ejemplos así Podemos no debería quejarse si las críticas, no ya de sus adversarios, sino de sus propias bases son demoledoras. Pero cada vez que hace alguna trapisonda, el procedimiento favorito de Pablo Iglesias, como en general de todos los reformistas -en especial los que tienen tendencias al bonapartismo- es identificar cualquier crítica como un ataque que le “hace el juego a la derecha”. Un mecanismo de victimización que no sólo trata a la opinión pública, y mucho más a sus militantes, como imbéciles, sino que desnuda la infinita capacidad de identificar sus intereses propios con los intereses comunes. Una mala costumbre liberal que ha nutrido sobremanera a la izquierda vernácula en general, y a Podemos en particular. “No se lo pongáis tan fácil a los poderosos”, brama Monedero. Pero quien más fácil ha puesto todo a los poderosos, no ahora, sino hace ya tiempo, ha sido Podemos.

“La política reserva los órdagos para asuntos importantes y no para una crisis del ladrillo tan peculiar que sólo afecta a dos personas. Lo que los aduladores llaman valentía es una mayúscula irresponsabilidad que traslada al partido una trivialidad disfrazada de trascendencia y que pretende convertir temerariamente a los inscritos de Podemos en jueces de la rectitud, cuando no en avalistas hipotecarios”, señala con tino Juan Carlos Escudier en un artículo de Público.

Hace poco escribíamos que Podemos era un partido hecho para la “pequeña política”, en el sentido gramsciano del término. Es decir, la política de parlamentaria, de corredores, de intriga, en oposición a una “gran política”, que se proponga destruir el orden existente para conquistar uno nuevo. Pero la realidad no deja de sorprendernos. El affaire Galapagar ha llevado el empequeñecimiento de la política podemita hasta el paroxismo.

Podemos, crisis y oportunidad

El plebiscito que comienza este martes (y durará hasta el domingo) tendrá seguramente como resultado la legitimación del líder y sus decisiones. Pero de aquí no se vuelve. Una vez cruzado este Rubicón plebiscitario, el camino hacia una mayor justificación de todo privilegio queda zanjado. Podemos está a punto de sancionar mediante referéndum que es el partido de las clases medias “decentes” que “viven bien”. Una nueva confirmación, por si hacía falta, de su rechazo a cualquier aspiración de cambio profundo. Porque justamente lo que buscan esos sectores sociales es “orden”, “estabilidad” y “propiedad”, aunque la mitad de la población se muera de asco… al menos para los próximos 30 años.

El viejo chiste de la derecha contra la izquierda, “a los 20 años radical, a los 40 empresario”, puede tener ahora una nueva forma popular: “a los 20 activista universitario, a los 30 diputado de Podemos, padre de familia y propietario en Galapagar”. Bien podría ser este el Communio de un Réquiem para Podemos.

No se puede descartar que la crisis de Podemos de lugar a un momento de desmoralización. Pero al mismo tiempo, la consolidación del bonapartismo reformista y clasemediero de Podemos crea las condiciones para que surja una nueva hipótesis. Allí esta el desafío. Construir otra izquierda, que sea de la clase trabajadora, las mujeres y la juventud. Una izquierda orgullosamente de clase, anticapitalista, combativa, revolucionaria.







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