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#TROTSKY2020

El Ejército Rojo, fortaleza de la revolución

La historia del Ejército Rojo es en muchos sentidos la historia de la Revolución de Octubre, sin su defensa armada la república soviética difícilmente hubiera podido subsistir.

Jueves 3 de septiembre | 13:00

La decisión de su creación en enero de 1918 debió superar varios problemas, comenzando por el agotamiento de los obreros y campesinos rusos, la devastación y desorganización de las tropas movilizadas provocada por la guerra imperialista. En otro campo, sortear una enorme resistencia política, incluso entre las filas revolucionarias, frente a lo que se presentaba como una novedad histórica: la creación de un Ejército regular, permanente, como institución del poder obrero recién creado, amenazado por la contrarrevolución interna y especialmente desde el exterior, de donde provenía el mayor peligro.

La construcción de un ejército regular, como señalaba León Trotsky, guardaba cierta ambigüedad como el régimen que lo creaba, la de un Estado de clase pero transitorio. Era sin duda un problema totalmente nuevo que ni siquiera había sido considerado suficientemente en los debates del marxismo ni en los años previos, y representó un enorme laboratorio de creatividad revolucionaria, un legado junto a otras conquistas de la experiencia de Octubre, de innumerables cuestiones de la guerra civil y de estrategia política proletaria en el terreno del arte militar.

Muchos de los escritos de León Trotsky recuperan hechos de interés histórico, pero lo hacen fundamentalmente como fuente de lecciones importantes para el proletariado. Y como suele ocurrir en los escritos de este período, a su manera, dan cuenta de las grandes orientaciones que realizó el Partido bolchevique antes y después de la toma del poder, que implicaron bruscos virajes políticos, ricos en enseñanzas como los que aportó la misma revolución como proceso de transformación social. En este sentido, el discurso que publicamos no es la excepción. Retratan al Ejército Rojo en una etapa distinta a la que le vio nacer, atravesado por otras urgencias y peligros, en un momento diferente del que emprendiera Trotsky en 1918, cuando fuera designado Comisario de Guerra por el Comité Central del Partido Bolchevique y el Ejecutivo de los soviets. Lo que apremia ya no es organizar un aparato militar caótico y desarticulado frente a la emergencia de la guerra civil sino mejorar y asegurar su instrucción, claridad de objetivos revolucionarios y recursos.

El texto que publicamos rescata las palabras que Trotsky pronunciara en el Segundo Congreso Panruso de las Secretarías de Educación Política, en octubre de 1921, que permiten conocer el estado de situación del Ejército y el de la revolución de Octubre en esta fase de su desarrollo. [1] A modo de introducción acompañamos el texto con unas breves notas de lectura.

El panorama mundial. El discurso de Trotsky es de finales de 1921, un período donde la perspectiva de la revolución europea, que había acaparado la atención de los bolcheviques desde el minuto cero de la Revolución de Octubre, no aparecía en el horizonte inmediato desde el ascenso revolucionario alemán, dejando atrás el que fuera para la burguesía como clase dominante el período más crítico desde el final de la guerra imperialista.

La burguesía había logrado conservar el estatus quo en sus Estados y estaba dispuesta a entablar negociaciones con los bolcheviques, hacer negocios en la vasta geografía rusa y preparar, por otros medios, su próxima embestida contra el poder soviético (de esta fecha datan los acuerdos comerciales con Inglaterra, Afganistán, Turquía e incluso la misma Alemania).

En ese contexto, el gobierno ruso que se había asegurado la derrota de la contrarrevolución interna, desde noviembre de 1920 con el aplastamiento del ejército blanco de Wrangel, se vio obligado a transformar la política exterior en un arma de negociaciones diplomáticas y comerciales con las potencias imperialistas que permitiera a la revolución, por el momento aislada, superar las insoportables penurias económicas y sociales.

Situación local. Mientras se mantuvo la guerra civil, a pesar del agotamiento y los sacrificios que ella requería, el campesino que constituía la mayoría aplastante de la población luchó firme junto al poder obrero ante el temor de perder su tierra en manos de la restauración blanca. Como explicaba Trotsky ante el IV Congreso de la Internacional Comunista en 1922, la guerra civil había consistido en un enfrentamiento militar pero sobre todo político, a través de los métodos de guerra, en el que el campesinado optó por el proletariado, suministrándole caballos, alimentos y la fuerza de las armas.

Pero el final de la guerra civil y el comienzo de la desmovilización militar vino acompañado de la necesidad de reorganizar la economía buscando “una gradual expansión de las fuerzas productivas del país, incluso sin la colaboración de una Europa socialista”. Este viraje se tradujo en el despertar de un fuerte descontento social, especialmente en el centro y sudeste del país. Así como el comunismo de guerra había garantizado los recursos para sostener la revolución, había llegado el momento de adoptar medidas marcadas por la conveniencia económica.

La adopción de la Nueva Política Económica (NEP), en el X Congreso del Partido de 1921, fue una medida circunstancial para reanimar la economía, un retroceso parcial habilitando formas capitalistas como el libre comercio dentro de la URSS y la coexistencia de ciertas empresas extranjeras con sectores nacionalizados y estatizados, que permitieron comenzar a superar la acuciante situación económica fortaleciendo la base de las relaciones sociales con el campesinado.

Ejército cohesionado. En este interregno, la clase obrera debía fortalecer sus posiciones, sacar lecciones, organizarse y ganar experiencia para los próximos embates. La rebelión de Kronstadt en marzo 1921 (la primera concertada contra el poder soviético desde 1918), [2] la más importante pero no la única, había dado muestras de que aún era necesario un ejército regular, mejor preparado para asegurar su cohesión interna y postergar la generalización de las milicias que venían siendo discutidas desde el IX Congreso partidario pero pospuestas, por no darse las condiciones internacionales y nacionales necesarias (situación económica, las tensas relaciones entre el campo y la ciudad). [3]

Sin embargo, no era este el sentido con el que muchos de los militantes, obreros y campesinos veían al Ejército Rojo en ese momento. Para Trotsky si políticamente la estabilización de la revolución permitía considerar las urgencias económicas, no debía traducirse en el debilitamiento de su brazo armado. El firme sentimiento de concentrar fuerzas para la superación de las dificultades productivas y la presión social de los campesinos agotados, permeables a la mano invisible de la reacción emigrada, se colaba entre las filas del ejército amenazando su disolución. Esto podía hacerse por la deserción, la falta de interés o la actitud pasiva. Aspectos que Trotsky siempre combatió. Sostenía que cada hombre, cada recluta en el Ejército Rojo llevaba el bastón de mariscal en su mochila, sabiendo que sumarse a sus filas suponía no sólo una firme disciplina sino la audacia que proviene de la claridad de los propósitos por los que se lucha.

En 1920 el Ejército Rojo contaba con cinco millones de hombres y a comienzos de 1922, incluyendo la flota, un poco más de millón y medio. Es decir, se había producido una importante reducción de casi un tercio y al mismo tiempo la renovación de sus filas, como resultado del traslado de los soldados politizados a ámbitos de trabajo, muchos de ellos obreros avanzados, o a causa del menor reclutamiento, como explica Trotsky en este discurso. Este nuevo semblante requería de un Ejército mejor instruido, entrenado, capacitado, poseedor de las mejores experiencias de la guerra civil y el combate, para evitar a todas luces encontrar “bajo la envoltura externa del Ejército Rojo, nada más que con un espacio en blanco”. Si el tamaño del ejército se reducía no debía hacerlo su capacidad para desarrollarse en caso de guerra y aún menos su fidelidad a la causa de la revolución social.

Ejército instruido. Por ello, señala Trotsky, la Secretaría de Educación Política tenía una labor de educación y sistematización de primer orden en los principios revolucionarios, en el arte militar y lo referido a la vida cotidiana del soldado. Lo que la insurrección, la toma del poder y la guerra civil habían enseñado a los soldados obreros y campesinos en los intensos años de la guerra, ese aprendizaje dependía ahora, como en otras áreas, en un alto grado de la intervención consciente del Estado obrero. Podemos concluir que la transformación permanentista de la revolución socialista como tal, también podía intuirse en el mismo ejército que ella había creado cuatro años antes.

La reducción del ejército había tratado de preservar el personal de mando, compuesto por campesinos y obreros (en 1921 representaban un alto porcentaje del total), que habían adquirido ese rango a partir de la experiencia en la guerra y de las escuelas militares, antiguos suboficiales y oficiales del viejo ejército zarista. Preservar y mejorar el nivel de la instrucción requería la colaboración de ex oficiales zaristas, muchos de los cuales habían ingresado como especialistas militares, desde su aprobación en el VIII Congreso del Partido (1919), y en 1921 ocupaban distintas funciones. Lo que en 1918 se presentaba como desconfianza y negativa a incorporarlos por temor a la traición, volvía en 1921 como prescindencia de su labor confiados de la experiencia que la guerra civil había aportado.

Desde la creación del Ejército Rojo la contradicción de un ejército revolucionario comandado en gran parte por ex oficiales zaristas había sido sopesado por los bolcheviques con la creación de los comisarios militares, formados por militantes políticos leales al poder de la revolución, en una especie de doble comando. Esta invención había permitido que oficiales de graduación superior como Budyonny, antiguo suboficial organizador de la caballería Roja, o Sergei Kamenev y el brillante Vatsetis o el mismo Tujachevsky se convirtieran luego en jefes principales del Ejército Rojo (se estima que para 1919, 30 mil oficiales zaristas habían sido reclutados para sus filas).

Trotsky siempre consideró que los recursos técnicos y culturales que el proletariado había heredado del capitalismo debían ser aprovechados en todos los ámbitos del trabajo económico y social, incluyendo el militar, para lograr los mejores resultados. Si en ese momento era necesario reorganizar las distintas instituciones como la Escuela Militar y Superior, las puertas estaban abiertas para todos los comandantes, incluyendo aquellos no partidarios, que habían demostrado en la acción su respeto al poder soviético. Su experiencia y conocimientos aún eran necesarios y la confluencia no podía descartarse. El despliegue del Ejército Rojo sobre Polonia (1920), aunque derrotado, había despertado entre antiguos jefes y teóricos militares del zarismo un sentimiento de identificación nacional, de lealtad patriótica hacia el gobierno soviético (aunque no ideológica). Por otro lado, colaboraba el clima de pacificación y un panorama internacional de aparente tregua con los regímenes capitalistas.

Lo que podía interpretarse como un reordenamiento administrativo y un poco más de propaganda organizada, en este discurso de Trotsky representaba en realidad un llamado a asegurar las fuerzas materiales y políticas que cohesionaran al Ejército Rojo, que incluía asegurar un relativo bienestar de sus integrantes en el cuartel y en su vida cotidiana, junto a una firme labor de educación revolucionaria, especialmente sobre el carácter internacional de la revolución. Como lo había demostrado la experiencia de la guerra civil no habían sido únicamente los fusiles, ametralladoras y cañones lo que había sostenido al Ejército Rojo, sino el impulso que provenía de de una fuerza de otro tipo, la de la cohesión de las ideas, de la conciencia de lo que estaba en juego para desplegar una firme voluntad de victoria.

Texto completo del Discurso:




[1"Speech". At the Second All-Russia Congress of Political Education Departments, October 20, 1921, publicado en The Military and Speeches of Leon Trotsky, How the revolution armed, Tomo IV, New Park Publications, Gran Bretaña, 1981. Traducido originalmente para la selección de textos publicados en Cómo se armó la revolución. Escritos militares de León Trotsky, Selección, Buenos Aires, CEIP, 2006, aunque finalmente no fue incluido en esta obra.

[2Ver “Sobre los acontecimientos en Kronstadt”, Pravda Nº 57, 16 de Marzo de 1921,; Kronstadt y la Bolsa de Valores, Pravda Nº 63, 23 de marzo de 1921, en Cómo se armó la revolución. Escritos militares de León Trotsky. Selección, Ediciones IPS-CEIP, Buenos Aires, 2006, pp. 389 y 392 respectivamente.

[3Se había implementado un sistema de milicias en algunas regiones que contaban con poblaciones obreras importantes como Petrogrado, Moscú y los Urales. Se puede consultar, “Discurso ante una reunión de los trabajadores militares en Ekaterinburg, sobre la cuestión del sistema de milicia”, 17 de febrero de 1921, en Cómo se armó la revolución. Escritos militares de León Trotsky. Selección, Ediciones IPS-CEIP, Buenos Aires, 2006, p. 495.







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