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El Día de la Lealtad y la “invención” del peronismo

Se cumplen 72 años de la enorme movilización del 17 de octubre. Las paradojas de la política y de la historia definieron que un movimiento que está plagado de “traidores” tenga su Día de la Lealtad.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Martes 17 de octubre | Edición del día

Resulta evidente que el peronismo es el fenómeno más complejo de la política argentina del siglo XX. No solo el más complejo sino el más perdurable, con mutaciones, cambios, giros bruscos y un largo camino lleno de “traiciones” y “traidores”, que no cesan de redimirse y volver al “movimiento”, como vemos por estas horas.

A pesar de los vaivenes, su razón esencial de clase se ha sostenido en el tiempo. El mundo peronista es el mundo de la conciliación de clases y de la subordinación de los intereses de la clase trabajadora a la llamada burguesía nacional o mercado-internista. Proteste quien proteste. Allí está la onceava verdad peronista para recordarnos que “el peronismo anhela la unidad nacional y no la lucha”.

Hoy se cumplen 72 años de la enorme movilización del 17 de octubre. Es esa la fecha emblemática del movimiento peronista en su conjunto. Las paradojas de la política y de la historia definieron que un movimiento que está plagado de “traidores” tenga su Día de la Lealtad.

La tristeza de Perón

Pocos días antes de aquella masiva jornada, desde la cárcel de la isla Martín García, un detenido Juan Domingo Perón le escribía a Eva Duarte, quien por entonces no era aún Evita.

“Tesoro mío, tené calma y aprendé a esperar. Esto terminará y la vida será nuestra. Con lo que yo he hecho estoy justificado ante la historia y sé que el tiempo me dará la razón. Esperaré a escribir un libro sobre esto y lo publicaré cuanto antes, veremos entonces quien tiene razón”.

Perón escribe desde la resignación. No hay heroísmo, no hay épica, no hay teleología siquiera. Solo la promesa de redención futura por medio de las letras y la promesa de casarse e ir “a cualquier parte a vivir tranquilos”. Tan solo cuatro días después, volverá a ocupar un lugar en el poder político.

Una manifestación “bonachona”

Si en Perón no hay heroísmo ni llamado a la lucha por su liberación, el “secreto” del 17 de octubre tampoco puede ser encontrado en la radicalidad de la acción de masas.

El gran historiador marxista Milcíades Peña citará al eclesiástico diario El Pueblo que afirmará, una semana después de los hechos, que los manifestantes del 17 de octubre "si bien no revelaban mucha cultura, tenían por lo menos, en general, un sano sentido del respeto por la propiedad, por los bienes y por la honra ajena”.

Peña, que trágicamente se quitó la vida un 29 de diciembre de 1965, dirá que “los obreros eran el factor decisivo en esta historia, pero la historia pasaba sobre sus cabezas” (Historia del pueblo argentino, Emecé, 2012).

A menudo, esa concentración masiva ha sido contrapuesta con el Cordobazo. Una misma clase social, dos tipos de acciones distintas, dos objetivos esencialmente divergentes.

La imagen del Cordobazo es la de clase trabajadora tomando el bastón de mando, combatiendo duramente en las calles, derrotando a las fuerzas policiales y resistiendo en las barricadas. Las jornadas de mayo de 1969 son la negación de cualquier “respeto por la propiedad, por los bienes y por la honra ajena”, sea lo que esto signifique en boca de un diario de la Iglesia Católica.

Si el Cordobazo evoca las ideas de insurrección y revolución, el 17 de octubre remite a la unidad nacional y a la moderación de la propia clase trabajadora. No por nada, el mismo diario antes citado dirá “para no ser tan tremendamente injustos tenemos que reconocer por lo menos en el hombre aclamado el mérito de haber inspirado una manifestación de tal corrección”.

Las razones de Perón

En agosto de 1944, en un discurso que ha pasado a la historia, el por entonces Secretario de Trabajo y Previsión decía en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, “se ha dicho señores, que soy un enemigo de los capitales y si ustedes observan lo que les acabo de decir, no encontrarán ningún defensor, diríamos, más decidido que yo, porque sé que la defensa de los intereses de los hombres de negocios, de los industriales, de los comerciantes, es la defensa del mismo Estado”.

La definición es tajante. Perón se propone como el artífice de una nueva relación entre el Estado burgués y las llamadas “clases peligrosas”. Dirá entonces que “para que los obreros sean más eficaces han de ser manejados con el corazón”.

El peronismo se presentará como una forma “novedosa” de defensa de la propiedad capitalista, en oposición a la forma “tradicional” que había dejado al movimiento obrero en los márgenes sociales y políticos.

“En lugar de la Ley 4.144, Ley de Residencia, en lugar de la Semana Trágica, en lugar de la represión brutal y desembozada, la parlamentarización de la lucha de clases” dirá Alejandro Horowicz, en una suerte de resumen epigramático (Los cuatro peronismos, Edhasa, 2011).

Allí está la razón estratégica de la gestión de Perón al frente de la
Secretaría de Trabajo y Previsión. Enormes avances para la clase trabajadora, como el aguinaldo, las vacaciones pagas, las licencias por enfermedad y los derechos sindicales, entre muchos otros, deben ser leídos bajo esa lente.

Aquello que alteraba el estado de ánimo del empresariado se gestionará en nombre de evitar el “cataclismo” de una irrupción independiente de la clase trabajadora. Pero esto no debe verse como una graciosa concesión del poder político, sino como una resultante necesaria de las propias peleas de la clase trabajadora.

La vieja dirección sindical y la “creación” del peronismo

“Yo hice el 17 de octubre” dirá el dirigente laborista Cipriano Reyes muchos años después. Una de las paradojas de esta parte de la historia será que él, uno de los líderes sindicales más importantes del período, irá a dar con sus huesos a la cárcel poco tiempo después. ¿Motivo? Negarse a disolver esa organización al interior del recientemente fundado Partido Peronista.

El movimiento expresado en las calles aquel 17 de Octubre de 1945, no fue sólo una genial maniobra desde el poder político. Ya lo hemos visto líneas más arriba. Respondió también a los intereses de una franja importante del movimiento obrero preexistente. Las direcciones de éste o, por lo menos parte de ellas, requería y buscaba el apoyo del Estado frente a las patronales.

Perón, desde la Secretaría a su cargo, actuaría sobre esta corriente buscando una mayor integración de los dirigentes sindicales, combinando una política activa de concesiones y la creación masiva de nuevos sindicatos alineados al poder político.

En el clásico Estudios sobre los orígenes del peronismo Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero señalarán que “en el proceso de génesis del peronismo tuvieron una intensa participación dirigentes y organizaciones gremiales viejas, participación que llegó a ser fundamental a nivel de los sindicatos y de la Confederación General de Trabajo y muy importante en el Partido Laborista”.

Volver al 17 (de octubre) después de vivir un siglo

Daniel James, autor de ese gran trabajo titulado Resistencia e Integración señalará que “el éxito de Perón con los trabajadores se explicó, más bien, por su capacidad para refundir el problema total de la ciudadanía en un molde nuevo, de carácter social (…) esto se reflejó en la declamación de una democracia que incluyera derechos y reformas sociales” (Resistencia e integración, Siglo XXI, 2010).

Esa re-fusión -si se acepta el término- permitió integrar a la clase trabajadora en los marcos del Estado burgués. El peronismo será el vehículo de ese proceso histórico, que otorgará un fuerte poder social a la clase trabajadora a cambio de la pérdida de su independencia política.

Si el 17 de octubre pudo triunfar se debió a las múltiples contradicciones de un régimen político debilitado, donde Perón se había convertido en una figura esencial. La masiva manifestación puso de manifiesto que era él la figura capaz de encontrar un equilibro político en una precaria situación, en el marco de un mundo conmocionado que salía en ese entonces de la Segunda Guerra Mundial.

El “hombre del destino” pudo volver al seno del poder político por medio de la acción de una clase obrera que vio en él un vehículo para la satisfacción de demandas profundamente postergadas.

Alejandro Horowicz escribió que “el peronismo resultó el camino defensivo del movimiento obrero (…) a condición de que las diferencias se dirimieran parlamentariamente, pero mostró su incapacidad de defenderse eficazmente cuando la oposición política abandonó el terreno de la legalidad constitucional” (Los cuatro peronismos).

Esto se verá acabadamente en 1955. Una década después, cuando la lucha de clases desbordó abiertamente los marcos de la legalidad burguesa, la clase obrera se halló incapacitada para responder a la altura de la circunstancias. Combatió heroicamente a la Libertadora, pero el peso de la dirección peronista, de su aparato y de la burocracia fue un gigantesco elemento limitante.

Ese atolladero estratégico volverá a ponerse en evidencia, de manera aún más brutal, en el ascenso revolucionario de los años 70. Pero, en todo caso, es tema de otra nota.








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