Cultura

DOS VISIONES DE LA HISTORIA EN DEBATE

El Bicentenario M y el K

Claudia Ferri

@clau.ferriok

Jueves 30 de junio de 2016 | Edición del día

No hay visiones imparciales del pasado, mucho menos inocentes. La historia nacional que se difunde en los manuales y en los actos escolares, en las fiestas patrias y en los discursos oficiales busca construir una “identidad nacional” que tendría en cuenta los intereses de los sectores explotados, los trabajadores.

El Bicentenario M y el Bicentenario K son muestras claras de esto: los relatos, la simbología y la utilización política en el presente de estos festejos tienen una “mística” diferente pero no dejan de ser dos miradas que pretenden legitimar a las clases dominantes.
A 200 años del 9 de Julio de 1816, los marxistas tenemos la tarea de desmitificar las versiones de la “historia oficial” y reflexionar acerca de la noción de independencia en un país como el nuestro.

El bicentenario M: una historia liberal y la visita de un Rey

El macrismo va a concentrar los festejos del Bicentenario de 1816 en Tucumán, aunque se realizarán eventos en todo el país. El presidente comenzará las celebraciones el 8 de julio desde Humahuaca y, al día siguiente, encabezará un acto en la famosa Casa de Tucumán junto a todos los gobernadores (quiere mostrar un país federal), funcionarios políticos, judiciales y militares, representantes de la Iglesia. Pero lo que es realmente escandaloso es que invite nada menos que al mismísimo rey emérito de España Juan Carlos I. No pueden evitarse las comparaciones con la visita de Obama al cumplirse 40 años del último golpe de Estado en Argentina, promocionado por la CIA y los EE.UU.

El relato oficial de Cambiemos presenta al Bicentenario como el festejo que dará inició al tercer siglo de los argentinos, el de la inclusión (“de todos los argentinos” según las propias declaraciones del gobierno), luego de un primer siglo de organización y un segundo, de los derechos y de la democracia. Esta visión muestra una historia lineal y continua que oculta las contradicciones del proceso histórico – además de obviar por completo a las dictaduras militares del Siglo XX– y tiene como fin exaltar la imagen de los grandes “héroes de la patria”.

Es una versión lavada de la “historia oficial mitrista”, la liberal, que desde el último cuarto del Siglo XIX se propuso construir un panteón nacional y delineó las políticas educativas necesarias para someter a las clases populares. Los grandes hitos en la historia que destacan como fundadores de la Nación argentina son: la revolución de mayo, la batalla de Caseros (en 1852, donde Rosas es derrotado) y la “Conquista al desierto”.
En síntesis, la visión que Mitre y los liberales sostienen de la historia es la que reivindica a la oligarquía ganadera y a los comerciantes del puerto de Buenos Aires como los constructores del Estado. Los mismos que fomentaron la entrega y la dependencia al imperialismo inglés, y en el siglo siguiente, al estadounidense.

El Bicentenario K: ¿Un relato nac & pop?

El kirchnerismo, en sus 10 años de gobierno, buscó instalar un discurso y una mística propia aprovechando los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo de 1810. Como parte de ese relato fomentó la reconciliación con las FF. AA. que encabezaron un gigantesco desfile militar el día 25, como ya lo habían hecho Menem en el 90 y De la Rúa en el 2000.

A través de la creación del Instituto Manuel Dorrego (por decreto de CFK) se buscó recuperar la visión revisionista de la historia nacional, enfrentada a la liberal desde mediados de Siglo XX. El relato k partía de criticar la mirada liberal del pasado y construir una nueva versión con otros próceres y otros hitos marcando hilos de continuidad con el presente: San Martin, Juan Manuel de Rosas, Yrigoyen, Perón y finalmente Néstor Kirchner.

Pero ¿Qué tiene de popular esta historia? Nada. Aunque se mencione a los sectores populares, a las masas montoneras o a los grupos más marginales, el eje está puesto en personajes históricos como el propio Dorrego o Rosas, éste último fue uno de los hacendados más poderosos de Buenos Aires y jefe de la Mazorca (milicias rosistas que torturaban y asesinaban opositores).

El pueblo no ocupa un lugar central sino que aparece siempre aliado a los dirigentes de la revolución (en el caso de 1810), a algún caudillo federal o más adelante, ligado a la emergente burguesía nacional. Como ya dijimos a la hora de contar la historia no hay ingenuidades: el relato K le da una impronta progresista a los sectores de las clases dominantes que retoma el revisionismo para reivindicar la conciliación de clases planteando los intereses que tienen común: una identidad nacional. El entonces gobierno kirchnerista necesitaba que “el pueblo” confíe en los sectores de la burguesía que éste representaba.

Esta línea de interpretación histórica nacionalista y con tintes antiimperialistas no logró ocultar los negociados que los K impulsaron con las grandes corporaciones multinacionales que hoy continúan extrayendo salvajemente los recursos naturales de nuestro país, ni los acuerdos que realizaron con los “fondos buitres” y los bancos tenedores de la deuda argentina; tampoco pudieron ocultar su rol como pagadores seriales de la deuda externa.

La versión liberal (la M) presenta a la oligarquía como democrática y moderna que supo comandar los destinos de la Nación y la revisionista (la K) presenta a la burguesía como una clase progresista en la que tenemos que confiar. Ambas miradas, que supieron alternarse como “oficiales” dependiendo del gobierno que asumía el poder, sostienen en su discurso que transitamos “doscientos años de vida independiente”. Sin embargo, hoy en día, Argentina es un país semicolonial, como gran parte de las naciones sudamericanas, sometidas al capital extranjero. La independencia política de la monarquía española no le restó peso a la creciente dependencia económica primero de Inglaterra, en el siglo XIX, y después de EE.UU., en el siglo XX.

Ninguna de las dos visiones expresa los verdaderos intereses de los explotados ni de la clase trabajadora. Por eso es muy importante que las nuevas generaciones de trabajadores y de jóvenes no sólo critiquen y cuestionen estas visiones de la historia sino también que adopten una propia, científica y materialista, como sólo el marxismo puede dar.







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