Cultura

DECLARACIÓN DE LA INDEPENDENCIA

El 9 de julio de 1816: una independencia amañada

El 9 de Julio de 1816, cuando las Provincias Unidas del Río de La Plata reunidas en el Congreso de Tucumán declararon la independencia de la monarquía española, es considerado como el momento fundacional de la soberanía de nuestro país, el suceso que marcaría el nacimiento de la "nación argentina".

Paula Schaller

Licenciada en Historia - Conductora del programa Giro a la Izquierda

Domingo 9 de julio | Edición del día

Acuarela realizada Por Antonio Gonzáleez Moreno

La independencia y sus caminos

Si desde 1810, con la conformación del primer gobierno patrio, las Provincias Unidas del Río de la Plata se habían dado múltiples formas de gobierno que actuaban “en nombre del Rey Fernando VII”, depuesto por las tropas napoleónicas, en 1816 por primera vez se daba curso a una abierta ruptura de la autoridad de la monarquía española.

Hace varias décadas Milcíades Peña analizaba que el trasfondo de los procesos de independencia sudamericanos se vinculaba a la tensión entre los intereses propios desarrollados por las oligarquías terratenientes y comerciales hispano-criollas y la permanencia de una extendida jerarquía burocrática de virreyes, gobernadores, capitanes generales, que tenían la misión de salvaguardar los intereses de la Corona de España (objetivos declarados por las reformas borbónicas que propendían al reforzamiento del control de la decadente monarquía española respecto a sus dominios americanos). La independencia, tomada como proceso de conjunto, vino a barrer con esa estructura burocrática en nombre de los intereses de las capas dominantes locales, pero no trastocó las bases sociales del régimen existente avanzando hacia el desarrollo de una nueva estructura de clases, sino que tuvo un carácter esencialmente político. Es por esto que Peña afirma que “esa burocracia importada fue el único grupo social dominante que la independencia vino a liquidar”: las clases dominantes continuaron siendo los terratenientes y comerciantes hispano-criollos, igual que en la Colonia.

La crisis de la monarquía española ocasionada por la invasión napoleónica brindó el marco de oportunidad para que el Estado colonial, que oscilaba entre aquellos dos polos, pasara más directamente a manos de las oligarquías locales, que comenzaron a ejercer el poder en nombre del rey depuesto, sosteniendo la soberanía en manos de la metrópoli.

Por lo tanto, inicialmente, las oligarquías criollas no fueron ni se propusieron ir contra el rey, contra la versión sostenida por la historiografía liberal que edificó el mito de “la máscara de Fernando” como una especie de táctica usada por los primeros gobiernos patrios para cubrir unas acciones con objetivos pretendidamente rupturistas.

En realidad, lo que determinó el desenlace de ruptura materializado en la declaración de Independencia firmada en el Congreso de Tucumán fue el recrudecimiento de la actitud de la decadente monarquía española que se aferró con uñas y dientes a sus dominios americanos una vez que Fernando VII fue restablecido en el trono en el año 1813. Sugestivamente, escribía en una carta en el año 1814 el vizconde inglés Strangford “Los habitantes del Plata han agotado prácticamente todos los medios de sumisión, pero es en toda forma evidente que las autoridades españolas legítimas prosiguen la contienda, no con el propósito de retrotraer su fidelidad a las provincias rebeldes, sino para permitir que España les de un castigo espantoso y ejemplar”.

Guerra anticolonial, guerra civil y unitarismo

El recrudecimiento de la guerra de reconquista llevó a la pérdida del Alto Perú por parte de las Provincias Unidas en la Batalla de Sipe Sipe de 1815, donde fueron derrotadas las tropas al mando de Rondeau. Martín Güemes quedaba a cargo de la resistencia en Salta, al tiempo que una insurrección de indígenas y mestizos detuvo el avance del ejército realista hacia el sur. Los restos del ejército de Rondeau continuaron su marcha hasta alcanzar Tucumán en las Provincias Unidas, donde pronto se realizaría el Congreso.

Paralelo a la profundización de la guerra, las Provincias Unidas adoptaron una forma de gobierno marcadamente centralista. Ésta había emanado de la Asamblea del año XIII convocada por el Segundo Triunvirato con el objetivo de debatir la independencia, una constitución y una forma de organización para las Provincias Unidas, que deliberó hasta el año 1815. Lejos de avanzar en los objetivos declamados, imperó allí una posición moderantista de dilatar la resolución de la cuestión de la independencia y avanzar hacia una forma de gobierno unitaria y centralizada en Buenos Aires. Acorde a estos propósitos se había impedido la participación de los diputados de la Banda Oriental, cuyo máximo dirigente, Artigas, era favorable a la independencia definitiva.

La Asamblea del año XIII había establecido como nueva forma de gobierno el Directorio, creando la figura de un Director Supremo a cargo del Ejecutivo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, centralizando el poder en un individuo. Desde su nombramiento, Alvear conspiró para convertir las Provincias en un protectorado inglés: “Estas provincias desean pertenecer a Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso…", escribía en una carta al ministro de Relaciones Exteriores inglés Robert Stewart a dos semanas de asumir. Expresaba de esta manera el punto de vista de un sector de la oligarquía comercial importadora porteña que aspiraba a estrechar los lazos con los comerciantes ingleses y consolidarse como clase intermediaria de un poderoso y renovado flujo comercial. Al respecto, en su Método de interpretación de la Historia argentina, Nahuel Moreno plantea que la división entre unitarios y federales se correspondía a grandes rasgos con la división entre la oligarquía comercial, de tendencia librecambista, y las oligarquías productoras del interior, de tendencias proteccionistas. Claro que con contradicciones de intereses entre sí, considerando que por entonces no existían clases con extensión e intereses nacionales sino regionales, que oponían a federales del interior y el Litoral, que reclamaban la producción aduanera y la apertura de los puertos, respectivamente, con los federales porteños, que se negaban a la apertura de otros puertos y sostenían el monopolio de los ingresos de la aduana. Por otro lado, la oligarquía productora bonaerense adoptó tempranamente una orientación librecambista.

Alvear expresó un gobierno fuertemente centralizado en Buenos Aires que no había consolidado base en el interior y recrudeció el enfrentamiento con Artigas, que estaba extendiendo su influencia al litoral. Cuando ordenó atacar la Banda Oriental sus propias tropas, al mando de Álvarez Thomas, se sublevaron contra su autoridad ya que no querían distraer su concentración de la guerra contra los realistas en una guerra civil, y Alvear cayó. Bajo el mandato de su sucesor, Álvarez Thomas, se convocaría al Congreso para apresurar la ruptura con España.

El Congreso, la unidad territorial y los modelos de desarrollo

Se ha querido ver que por haber sido convocado el Congreso en Tucumán, las provincias del interior lograban imponerse frente a Buenos Aires y sus pretensiones hegemonistas. Lo cierto es que este se llevó a cabo allí como demostración de fuerzas frente al poder realista, que avanzaba en el Alto Perú, y muy lejos estuvo de doblegar los intereses de la oligarquía porteño-bonaerense. Al igual que en la Asamblea del Año XIII en el Congreso estuvieron ausentes la Banda Oriental, el Litoral (Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, Misiones) y también Paraguay, que se había declarado República en el año 1813 y luchaba no sólo contra los realistas sino contra los intentos del hegemonismo porteño.

Artigas expresaba un modelo de desarrollo alternativo al de la oligarquía porteño-bonaerense. En su “Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados” de 1815 tomaba como ejemplo el modelo de desarrollo farmer norteamericano, basado en el fortalecimiento de la pequeña y mediana propiedad agrícola orientada hacia la consolidación del mercado interno (proyecto que más adelante Sarmiento, una de las mentes más lúcidas de la oligarquía argentina, trataría, sin éxito, de implantar aquí). El objetivo principal del Reglamento de 1815 era evitar la concentración de tierras en grandes latifundios como vía para el incremento de la productividad agraria. Aunque lejos de impulsar una reforma agraria radical, puesto que él mismo era terrateneniente, Artigas formuló un programa avanzado de reparto de las tierras públicas (en muchos casos, pertenecientes a españoles, muchos emigrados, o americanos pro-realistas), es decir un programa burgués de desarrollo del capitalismo agrario, que incluía un programa social progresivo de reparto de la tierra entre negros libertos, “indios” y criollos pobres. Un modelo de desarrollo opuesto por el vértice al de la oligarquía porteño-bonaerense, sustentado en la preservación del latifundio que retrasó por décadas el desarrollo agrícola y la consolidación de un mercado interno.

Estos modelos contrarios, sumados a la rivalidad por la existencia del puerto de Montevideo (que para la oligarquía porteña representaba el peligro de ser desplazada por los comerciantes orientales), llevaron al recrudecimiento de la disputa contra Artigas y a que el Directorio avalara mediante un pacto secreto la invasión Luso-Brasileña –y por tanto inglesa– sobre la Banda Oriental entre 1816-1820. Estas tierras no formarían una unidad territorial común con la actual Argentina.

Asimismo, en el Congreso fue derrotado el programa propuesto por un grupo de diputados del Alto Perú que plantearon la necesidad de una nación fuertemente centralizada, que integre a todo el territorio virreinal con capital en Cuzco. Expresaban el punto de vista de la oligarquía minera, que aspiraba a recuperar su producción y organizar el país según sus intereses.

En el marco de la disputa de proyectos en danza, el 9 de Julio, finalmente, los diputados presentes consagraron la Independencia de la Corona Española.

La independencia es festejada por Inglaterra

Si bien Inglaterra, frente a la situación conservadora que reinaba en la Europa post-napoleónica ante el restablecimiento de las monarquías absolutas, no podía reconocer formalmente a un gobierno surgido de una revolución, pocos días después que el Congreso de Tucumán de 1816 declaró la ruptura de “los violentos vínculos” que unían las “Provincias del Sud América” a la corona española, los comerciantes ingleses residentes en Buenos Aires decidieron reconocer de hecho la independencia del Río de la Plata nombrando un representante ante el nuevo Estado americano.
La independencia definitiva de las Provincias Unidas del Río de La Plata, que ya habían quebrado el monopolio comercial español, proporcionó a Inglaterra, en plena expansión de su capitalismo industrial, ubicarse como la nueva potencia hegemónica en Sudamérica. Estas tierras no sólo se convertirían en un prometedor mercado para la exportación de manufacturas sino asimismo de capitales ingleses por la vía de inversiones y empréstitos que endeudaron al naciente Estado.

Para esto, el capitalismo británico encontró un poderoso aliado interno en la oligarquía porteño-bonaerense cuya producción se orientaba hacia el mercado exterior. Una tarea enormemente progresiva como la independencia en manos de esta clase social vino a significar la edificación, no sin un extendido proceso de guerras civiles, de un Estado nacional subordinado a los intereses de la principal potencia imperialista de la época. La modificación introducida por Medrano al acta de Independencia, que agregó a la fórmula del juramento, luego de “(nos proclamamos) independientes del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”, la frase “y de toda otra dominación extranjera”, quedaría en letra muerta.








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