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Editorial #ElCírculoRojo: “El conflicto del subte y el periodismo de guerra”

Escuchá el editorial de Fernando Rosso del octavo programa.

Lunes 28 de mayo | 09:21

El audio que acabamos de escuchar pertenece a un reportaje que hice hace dos años a Julio Blanck, en ese momento editor general del diario Clarín y hoy uno de sus columnistas más destacados.

La “confesión” tuvo cierta repercusión porque fue un reconocimiento hecho desde las entrañas del monstruo, al hecho de que en el último tiempo la dirección político-periodística del diario se había desviado de su ubicación histórica.

Había dejado esa “neutralidad” que fue la marca de agua que el fundador Roberto Noble legó al Grupo. Hacer que el medio más dependiente (del Estado o luego de sus propios intereses económicos) aparezca como sí fuese independiente.

Hace unas semanas, entre las invitaciones para el programa o para el diario, le escribí a otro editorialista de un importante medio para un eventual diálogo. Me contestó tan amable como escuetamente que me agradecía “pero no comulgo con el periodismo de periodistas. Otro mal de época”, me dijo textualmente.

Y la pregunta que surgió es ¿por qué no se puede poner en cuestión al periodismo? ¿Cuál es el aura inmaculada e intocable que debería blindar a un oficio y una industria que son como cualquier otra?

Aclaro de entrada que esta puesta en cuestión no apunta a quienes trabajan en este oficio, a los laburantes que hacen lo que pueden en un tiempo complejo y difícil, sino a quienes deciden las orientaciones de los medios.

Seguramente, algo tienen que ver las disputas de los últimos años, cuando después de haber tenido la alianza más empática y haber empoderado como nadie al Grupo Clarín, el kirchnerismo decidió colocar a Héctor Magnetto como el enemigo principal y el eje del mal.

Con la contradicción de que lo hacía atrincherado desde un “periodismo de Estado” (y un conglomerado de medios privados en manos empresarios estafadores) en muchas ocasiones no menos parcial y sesgado que el periodismo de guerra.

678 fue la expresión grotesca: la mayor amplitud la tuvieron cuando invitaron Beatriz Sarlo: quien desde mi humilde punto de vista, vapuleó desde su lógica y con una sola mano a todo el panel acostumbrado a aplaudirse a sí mismo.

Pero eso no implica que muchos de los cuestionamientos que surgieron al calor de esa disputa no tuvieran aspectos de verdad.

Esta semana con el conflicto del Subterráneo de Buenos Aires volvió a salir a la luz la decadencia del periodismo. En la era Macri se fusionó periodismo de guerra y periodismo de Estado.

“Hay una interna gremial”, “una minoría violenta”, “un grupo que tiene de rehenes a los usuarios” (como los docentes tienen de “rehenes” a los chicos), “es un sindicato ilegal”, por lo tanto el “paro es ilegal”, “la Corte los declaró fuera de la ley” y podríamos seguir toda la noche con ejemplos de muchos medios encabezados por La Nación y Clarín.

Todo esto no tenía el menor chequeo -como conversamos en el primer bloque-, cruce de fuentes, consulta de documentos que incluso hoy están al alcance de todos: los fallos de la Corte o las resoluciones ministeriales.

Y aunque muchas veces en el artículo escrito por el periodista estaban los datos más completos, el diablo está en el detalle de los títulos que colocan los editores, bajo la conducción política de las direcciones de los diarios.

¿Saben cuánto es el tiempo promedio que los lectores se quedan en la home de Clarín?

35 segundos

¿Y en Infobae?

50 segundos

Título... y a lo sumo bajada es lo que alcanza a leer una importante porción de lectores. Esto lo tienen clarísimo los estados mayores del periodismo de guerra.

También es cierto que alrededor del conflicto del subterráneo hubo otros medios importantes que le dieron una cobertura (incluso en algunos casos con un obrerismo de recién llegado que de tan exagerado, parecía poco creíble). Muchos son los mismos que en el año 2014 “se les pasó” un conflicto que tuvo 14 represiones y un gendarme carancho: el de la Autopartista Lear en la zona norte de Buenos Aires. No digo que no lo cubriesen (y vuelvo a destacar la labor de movileros o periodistas que hacían todo lo posible por informar), digo que si no lo ocultaron, lo escondieron bastante bien.

Es que el periodismo (de guerra o no) es la continuación de la política por otros medios, valgan todas las redundancias. Está cruzado por intereses políticos y la política, como se dijo, es economía concentrada.

No siempre fue así, el periodismo independiente como mercancía es un producto de la industria cultural que surge en el momento en el que los dueños de todas las cosas se dieron cuenta que también era muy importante ser los dueños de la verdad.

La mala fama del “periodismo militante” no debe llevar a tirar al niño con el agua sucia.

La Gaceta de Buenos Aires, fundado por Mariano Moreno -ya estamos en días aniversario patrio- era un diario militante, agitador de la revolución. La prensa de partido fue la primera forma del periodismo (por eso pusimos en uno de los lemas de “El Círculo Rojo”, un programa para tomar partido); Rodolfo Walsh no fue un escritor genial al margen de su militancia, sino producto de ella: el “Semanario CGT” está ahí para confirmarlo; esto sin hablar de la formidable tarea de la agencia cubana Prensa Latina – anterior a su estatalización- dirigida por Jorge Masseti y Rogelio Garcia Lupo.

Los textos o los trabajos que hicieron época y se volvieron memorables surgieron de ahí (John Reed en la revolución rusa es otro ejemplo), no del descafeinado “periodismo independiente”.

Entre otras cosas, porque la imparcialidad (ni hablar de la objetividad, largamente discutida en las carreras de comunicación y el periodismo) no es tal cuando de un lado tenés a poderosos amparados por todo el aparato del Estado y del otro a trabajadores que cuidan sus mínimas condiciones de vida y la de su familia. La “neutralidad”, la objetividad, las dos campanas, en esos casos se convierten en la forma más perversa y engañosa de tomar partido... por el más fuerte.

El periodismo de guerra descendió bajó tierra para apuntalar con discurso a los bastones de la Infantería. Hasta Jorge Asís tuvo que pararlo en seco a Alejandro Fantino y decirle: “No podés estar siempre del lado de la Policía, hermano”.

Y esto deja una lección que no es esencialmente para los trabajadores y las trabajadoras del subte que -como el viejo topo- nunca mejor la metáfora, seguirán cavando su trinchera de resistencia.

Deja otra lección: el mal de nuestra época no es el periodismo de periodistas. El mal de nuestra época es el mal periodismo. Aquel que cuando las papas queman, cuando se tocan intereses fundamentales, en la inmensa mayoría de los casos, se pone del lado de los malos.







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