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OPINIÓN

EEUU, gana el populismo de derechas

En las elecciones presidenciales del martes 8 Donald Trump le ha ganado a Hillary Clinton en electores, pero no en votos –de mantenerse la tendencia del recuento.

Antonio Liz

Historiador, Madrid

Miércoles 9 de noviembre | 17:15

Una mujer observa las portadas de los periódicos dras la victoria de Trump en el museo Newseum en Washington, Estados Unidos. Foto: EFE/Michael Reynolds

Además, el Partido Republicano ha vencido al Partido Demócrata en el Congreso ya que en las dos cámaras que lo conforman, el Senado y la Cámara de Representantes, los republicanos tienen un mayor número de escaños.

En las encuestas estaba depositado el interés de las grandes corporaciones, de sus medios de comunicación y de sus políticos profesionales, para formar un estado de opinión a favor de la “estabilidad”, es decir, de dejar las cosas como estaban. Pero no ha sido así. A pesar de la movilización de los grandes medios informativos, de Obama y de un buen número de artistas Hillary Clinton ha perdido las elecciones.

Los medios “democráticos” no se han cansado en presentar a la Clinton como una persona “estable”, es decir, predecible para los intereses del gran capital: facilitar el quehacer de las multinacionales con tratados de “libre comercio” y enfrentar directamente a la Rusia de Putin y a la China del Partido anti-Comunista. Razón tenían, auténticamente predecible era ya que es una política profesional de los intereses del gran capital con un gran currículum a sus espaldas. Precisamente fue este currículo pro-establishment el que le llevó a la derrota a pesar de sus llamadas mefistofélicas en contra del racismo y a favor de los derechos de la mujer.

Donald Trump se ha hecho con la presidencia con mensajes populistas de derechas que han conectado con unos miedos generales de la mitad de los votantes producidos por la deslocalización de las empresas estadounidenses y por el temor al incremento de la pauperización con la entrada de más inmigrantes. Los resultados muestran que no han parado estos miedos las actitudes racistas y machistas de Trump.

La esencia del programa populista macroeconómico de Donald Trump no se va a poder cumplir. Evitar que las multinacionales sigan produciendo fuera de los propios Estados Unidos, saltarse los tratados de “libre comercio” y gravar las mercancías venidas de China es algo que va a estar lejos del alcance de Trump. Él es el presidente, pero no se olvide que para llevar a buen puerto sus políticas tiene que contar con el Congreso y si bien ambas cámaras están en manos republicanas esto no quiere decir que estén al servicio de la política de Trump ya que el Partido Republicano no es su partido porque fue candidato y presidente a pesar de la burocracia política republicana. Incluso el incremento de los 10 dólares a la hora en el salario mínimo de la clase trabajadora no está garantizado, tendrá que pactar el presidente si quiere que se apruebe esta medida de gran aceptación popular. Eso sí, en lo que no va a tener ningún problema es en la bajada de impuestos a las grandes empresas y en que no se pague ni un dólar por los derechos de herencia.

Lo que sí podrá cumplir con relativa facilidad es la de evitar que entren musulmanes y sirios y libios en los EEUU, además de poner más trabas administrativas a nuevos inmigrantes. En lo tocante a levantar el muro en la frontera mexicana está por ver, ha sido un punto estrella, pero no será fácil que lo pueda realizar. En el tema medioambiental, Trump ha dicho que el cambio climático es un “mito” lo que indica que la atención a la salud del planeta puede que no sea ni cínica por lo que, en el mejor de los casos, la atención que le prestará no sobrepasará la existente.

Donde puede que el cambio sea bastante notable es en las relaciones entre los gobiernos de EEUU y Rusia. La Clinton representaba la faceta más guerrera. Posiblemente con ella el recrudecimiento de las relaciones con Rusia sería un hecho. Ahora es posible que un diálogo pueda surgir al asumir la administración estadounidense la obviedad de que la hegemonía de los Estados Unidos ha pasado página, que si bien sigue siendo la primera potencia mundial ya no es la única en el planeta. Más incógnitas despierta el proceder de la administración Trump con China, si permitirá que esta se consolide en Asia como superpotencia. En relación con la OTAN Trump dijo que el que quiera seguridad que la pague lo que podría llevar a que la Unión Europea se tuviese que replantear su modelo militar hoy bajo el paraguas estadounidense.

Está fuera de dudas que la elección de Donald Trump supone un fracaso directo de Barack Obama ya que Hillary Clinton fue su candidata como ha demostrado la implicación del presidente en la campaña de la candidata demócrata. No es de extrañar, nada cambió en lo fundamental en la sociedad estadounidense con el primer presidente negro. No sólo esto, inclusive los enfrentamientos raciales se han acentuado en su segundo mandato prueba evidente de que su presidencia no ha servido ni tan siquiera para mitigar el racismo que late en buena parte de la sociedad blanca estadounidense.

Trump y el Brexit son dos señales de alerta para las multinacionales y sus políticos ya que indican que una gran masa social, la mitad de los votantes, están hasta la coronilla de las políticas de deslocalización y de su justificación. Así, tanto en EEUU como en Gran Bretaña una parte importante de la clase trabajadora votó en contra del sistema. Esto es más que peligroso porque grandes sectores de la clase trabajadora al no tener un referente de masas importante por izquierda pueden caer directamente en manos de la ultraderecha. Así, no es casualidad que Trump y el Brexit tengan sido motivo de alegría para la extrema derecha europea empezando por la Marine Le Pen que ahora debe ver más que posible ganar las presidenciales francesas.

El bipartidismo estadounidense no tiene nada que ver con una verdadera democracia. Hoy que los EEUU son el reino de la libertad ya no se lo creen ni en los propios Estados Unidos. Ni tan siquiera se elige al presidente de forma directa sino a través de electores con lo que el candidato más votado puede perder las elecciones, como ya ocurrió con Bush junior y está ocurriendo ahora con Trump. Pero no sólo esto, la implicación directa de los grandes medios de comunicación a favor o en contra de un candidato y de que una campaña electoral sólo se pueda hacer con grandes sumas de dinero invalidan unas elecciones como un ejercicio realmente democrático. Para conocer a los otros dos candidatos, a Gary Johnson del Partido Libertario (sic) y a Jill Stein del Partido Verde, poco menos que hay que acudir al oráculo de Delfos.

El populismo de derechas y el populismo de izquierdas no son la solución ni para los EEUU ni para el Mundo. Tienen en común su verborrea. Ambos echan pestes del sistema, del establishment, y los dos dicen querer reformarlo. No obstante, en los hechos ambos simplemente le dan aire al sistema capitalista sembrando la ilusión de que se puede reformar el capitalismo, bien por derecha, haciendo de los inmigrantes los demonios, o bien por “izquierda”, diciendo que van a combatir los privilegios de la “casta”. Pero la tozuda realidad informa que el capitalismo no se puede reformar por lo que hay que derribarlo y eso está fuera del campo de acción de cualquier manifestación de populismo. Tal y como se están poniendo las cosas haríamos bien en recordar aquel tan certero eslogan que nos alerta entre las dos únicas opciones realmente existentes: “socialismo o barbarie”.




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