Política

DICTADURA

Dos nuevos testimonios obreros en el juicio a los genocidas de la Ford

Eduardo Pulega y Ricardo Ávalos son sobrevivientes de la dictadura. Trabajan en la planta de Pacheco, fueron entregados por la patronal y la burocracia cómplice del Smata y terminaron secuestrados y torturados.

Andrea López

CeProDH Zona Norte del Gran Buenos Aires

Jueves 17 de mayo | Edición del día

La primera audiencia del mes de mayo se realizó el jueves 3, donde declaró Eduardo Norberto Pulega. Este martes declaró Ricardo Ávalos. Ambos eran obreros de la planta que la multinacional Ford tiene en la localidad de General Pacheco, en el norte del Gran Buenos Aires. Los dos, al igual que sus compañeros, denunciaron la responsabilidad de la automotriz por el secuestro y torturas de 25 trabajadores durante la dictadura.

Como lo viene reflejando La Izquierda Diario, desde diciembre del año pasado se viene desarrollando en los tribunales federales de San Martín el juicio contra los dos exgerentes de la Ford Pedro Müller (85) y Héctor Sibilla (90) y contra el exmilitar del Ejército Santiago Omar Riveros (94).

Los obreros secuestrados fueron entregados por Müller, entonces gerente de Manufactura, y Sibilla, jefe de Seguridad de la planta (quien después de la dictadura trabajó para la embajada estadounidense). Carlos Propato, uno de los obreros sobrevivientes y querellante en el juicio, recordó que “este señor Sibilla tenía un lápiz grueso como un palo de luz: anotaba a morir. Estaba en todas las puertas, conocía a todo el mundo, tenía espías dentro de la planta, tenía infiltrados que trabajaban para la Seguridad de la empresa. Estaban infiltrados en las filas de los obreros”.

Pero, obviamente, Müller y Sibilla no lo hicieron solos. Nicolás Enrique Julián Courard (en aquel entonces presidente de Ford) y Guillermo Gallarraga (gerente) murieron impunes gracias a los casi 42 años en que el Poder Judicial les negó a los sobrevivientes llegar al juicio.

No sorprende. Ese mismo Poder Judicial jugó un rol central durante el genocidio, encubriendo todos sus crímenes, como en el Plan Sistemático del Robo de Bebés otorgando adopciones falsas, como en el caso de los jueces Wagner Gustavo Mitchell y José Martínez Sobrino.

El otro juzgado, Santiago Omar Riveros, es un genocida ya condenado a perpetua y durante la dictadura fue director de Institutos Militares y de quien dependía la guarnición Campo de Mayo.

Pero vale recordar que hay un actor sumamente responsable en estos crímenes de lesa humanidad y que sin embargo está ausente en el banquillo de los acusados: la conducción del sindicato Smata, que como consta en el auto de elevación a juicio entregó la lista de los delegados al quienes entonces se habían apoderado del Poder Ejecutivo. El gremio conducido por José Rodríguez fue partícipe de la desaparición de los obreros de Ford, así como de los de Mercedes Benz y otras empresas. Su tarea de “policía del capital” fue una herramienta fundamental en el plan genocida.

Obreros víctimas y sobrevivientes

El exobrero Eduardo Pulega brindó su testimonio el último 3 de mayo. Lo hizo vía teleconferencia ya que reside hace años en Estados Unidos. Allí decidió irse tiempo después de ser liberado ya que le resultó imposible encontrar un trabajo.

En su testimonio Pulega relató que Sibilla fue quien estuvo a cargo de su detención, ocurrida el 20 de agosto de 1976 a las 19:30 en el interior de la planta Ford de Pacheco. Fue brutalmente torturado tanto en la Comisaría Primera de Tigre como cuando fue trasladado a la Unidad 9 de La Plata.

Pulega estuvo preso junto a Roberto Cantello, otro trabajador que ya prestó declaración en el juicio y fue quien hizo el trabajo de investigación con el que los trabajadores de Ford descubrieron que la contaminación por plomo era la causa de las muertes de muchos de sus compañeros y de las enfermedades de otros.

El obrero contó por teleconferencia que, producto de las torturas, perdió uno de sus testículos, lo que le impidió tener hijos. Al llegar a este punto de su testimonio la emoción irrumpió en la sala y en los ojos del propio Pulega. Todavía hoy perduran las marcas en su cuerpo, tanto como la convicción de seguir luchando por el juicio y castigo a estos empresarios genocidas.

La defensa de los gerentes enjuiciados, en una de sus habituales maniobras, le preguntó a Pulega cómo conocía El Quincho (ubicado dentro de la planta de Pacheco y donde fueron alojados los detenidos) si él no había sido torturado allí. A esa provocación Pulega respondió que “trabajaba dentro de la planta buscando y llevando repuestos, por lo tanto pasaba siempre por el Quincho, donde lo veía a Sibilla hablando con personal militar”.

La patronal de Ford en aquel momento acusó a Pulega de “sabotaje industrial”, y con tal cinismo le envió un telegrama cuando ya habían sido secuestrados, como lo hizo con los otros obreros sobrevivientes, diciendo que si no se presentaban a trabajar se debían dar por despedidos.

Ricardo Ávalos, otro sobreviviente, trabajaba en el sector Montaje de Ford y, al igual que sus compañeros, era muy joven al momento de su secuestro ocurrido en su puesto de trabajo el 21 de abril de 1976.

Ávalos declaró ante el Tribunal Federal 1 de San Martín el martes. Allí dijo que “no era delegado, pero siempre estaba tratando de resolver los problemas del resto de los compañeros. A las dos y media de la tarde (de ese 21 de abril) mi capataz me dice ‘te tengo que entregar’ y ahí caí con los demás”.

El sobreviviente agregó que desde que entró a la Ford “lo único que quería era trabajar para que mi familia estuviera mejor”. También fue llevado al Quincho, el centro clandestino que la multinacional tenía dentro de sus instalaciones. Allí fue encapuchado y torturado. Durante once meses su vida estuvo a merced de los genocidas, primero secuestrado en la Comisaría de Tigre, luego trasladado al Penal de Devoto y posteriormente a la Unidad 9 de La Plata.

Empresarios y burócratas sindicales responsables

Basta transcribir parte del auto de elevación a juicio de la causa Ford, firmado por la jueza federal Alicia Vence, para ver lo que el propio Estado argentino reconoció: que los empresarios y la burocracia sindical son responsables del genocidio.

En un extracto de esa elevación a juicio, Vence demostró la dura disputa entre la burocracia sindical y las expresiones clasistas y antiburocráticas del movimiento obrero. Dice que los dirigentes sindicales que “lideraban las bases, pues su cercanía a los empleados y trabajadores fomentaba una relación más directa y consciente de los inconvenientes diarios que reclamaban sus pares”, tenían diferencias que trajeron no pocos problemas “con la llamada ‘burocracia sindical’ que según su sentir no reclamaba sus problemas ni luchas por mejoras tangibles”.

El escrito agrega que “la eficacia y productividad tan añorada por los empresarios se topaba con su enemigo puntual, ‘la comisión interna’, y pareciera que este análisis de la situación fue compartida con las fuerzas armadas que usurparon los poderes del Estado, fueron los obreros quienes más sufrieron la violencia del régimen. En definitiva, los grandes grupos empresarios hicieron mucho más que apoyar la acción de las fuerzas militares. La aquiescencia de Ford y su cooperación para que personal militar detuviera a ciertos empleados que no cooperaban con la exagerada necesidad de mayor producción y eficacia, a esta altura, es incuestionable”.

A más de 42 años los burócratas sindicales y los empresarios siguen impunes y amasando grandes fortunas. El juicio de Ford es un emblema para todo el movimiento obrero y los sectores populares.

No se puede permitir que la impunidad que les fue garantizada durante más de 4 décadas se mantenga, porque eso los fortalece para atacar las luchas actuales y las que vendrán.

La pelea por los puestos y mejores condiciones de trabajo, contra el ajuste, es necesario darla de la mano con la lucha por el juicio y castigo en cárcel común y efectiva para todos los genocidas.








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