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Dos cuentos prohibidos por la dictadura que no quieren que los chicos lean

La campaña del gobierno y Clarín en contra de hablar de Maldonado en las aulas es un homenaje a la censura bajo la dictadura. Dos cuentos que no quieren que los chicos lean.

Viernes 1ro de septiembre de 2017 | Edición del día

Los gremios docentes, tomando nota de la iniciativa espontanea de muchas maestras y maestros, lanzaron una campaña para debatir el caso de Santiago Maldonado en las aulas. El gobierno y los medios oficialistas respondieron con furia. Alertaron contra el “adoctrinamiento” y la “politización”. Así, llamaron a los padres a oficiar de botones y marcar un 0800 para denunciar a los profesores que osaran hablar de Maldonado en clase.

Dentro de las cosas que Clarín, como vocero de la campaña oficial, llamaba a denunciar estaban los materiales que propuso CTERA para discutir en las aulas. En ellos, se recomienda la lectura y debate de dos joyas de la literatura infantil: “La planta de Bartolo” (Laura Devetach, 1966) y “Un elefante ocupa mucho espacio” (Elsa Bornemann, 1975). No es realmente una novedad. Estos cuentos ya se dan en la escuela. Incluso están disponibles en páginas del Estado. Lo novedoso es discutirlos en el marco del caso Maldonado, es decir, no como una pieza de museo, sino como una literatura viva, que interpela a la actualidad.

Casualmente ambos cuentos fueron prohibidos durante la última dictadura militar. En el decreto de prohibición de “Un elefante…” se usa la misma palabra a la que ahora recurre el gobierno: adoctrinamiento.

Fechado el 13 de octubre de 1977, el decreto dice que se trata de un cuento “con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica del accionar subversivo.”

“La planta de Bartolo” por su parte fue prohibido en 1976, junto con todo el libro del que forma parte: La torre de cubos. En el decreto de prohibición se dice que “del análisis de la obra se desprenden graves falencias tales como simbología confusa, cuestionamientos ideológicos-sociales, objetivos no adecuados al hecho estético, ilimitada fantasía”.

Y, más adelante, explica que la obra “atenta contra el hecho formativo”, porque centra su temática en “los aspectos sociales como crítica a la organización del trabajo, la propiedad privada y al principio de autoridad enfrentando grupos sociales, raciales o económicos con base completamente materialista, como también cuestionando la vida familiar, distorsas y giros de mal gusto, la cuál en vez de ayudar a construir, lleva a la destrucción de los valores tradicionales de nuestra cultura”.

En un artículo escrito para la revista Imaginaria, Devetach da una explicación sobre la prohibición: “Creo que incomodaba sobremanera (y sigue incomodando en algunos medios) que los chicos vieran claro, que tuvieran como deseo cambiar su realidad y, por lo tanto, esperasen que el adulto también cambiara”. Parece que a muchos esto les sigue incomodando, y hasta le roban las palabras a Videla para expresarlo.

Afortunadamente, en esos oscuros años, fueron las maestras las que se pasaron estos libros mano en mano y los metieron igual en las aulas, a pesar de la prohibición. Por eso, cuando Laura Devetach pudo publicar de vuelta La Torre de Cubos, en 1985, agregó el siguiente epígrafe: "A todas las maestras y todos los maestros que hicieron rodar estos cuentos cuando no se podía, ¡muchas gracias!"

Ahora, tendríamos que volver a escribir un epígrafe, pero escribirlo en las calles: “gracias a todas las maestras y a todos los maestros que no se callan, gracias por denunciar que en Argentina detuvieron a una persona en una protesta y la desaparecieron”.







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